Cultural / libros

Tolstói, ideario de vejez

Día 20/06/2012 - 20.45h

El escritor, el lector, el amante de la perfección, el asceta. Todos los hombres que fue Tolstói caben en «Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana» (Fórcola)

Fotograma de «La última estación», filme basado en la vida de Tolstói

El 28 de octubre de 1910 Lev Tolstói viajaba en un humilde vagón de pasajeros, la mayoría eran campesinos. Iba de Belev a Kozelsk acompañado de su médico, el fiel Dushán Makovický. Acababa de huir de su casa, de Sofía Tolstaia, abrumado por un dramático sentido del deber que no le daba respiro. Tenía ochenta y dos años y estaba enfermo. De hecho, le quedaban unos pocos días de vida. Sin embargo, como era habitual en él, entabló una agradable conversación con el campesino que tenía enfrente y a ella se irían sumando otras personas. La escena era observada por la maestra del Gimnasio de Belev, que reconoció de inmediato a Tolstói, a pesar de su voluntad de pasar desapercibido. En aquel compartimento se habló de muchas cosas: de los problemas de los campesinos, de la vejez, de Dios, de los avances tecnológicos (alguien comentó que la gente ya podía volar).

Al llegar a la estación de destino, de noche, Tolstói sacó de un bolsillo de su abrigo una linterna eléctrica y la maestra, que había escuchado su rechazo a dichos avances un momento antes, le dijo: «¡Ya ve lo útil que es la ciencia!». «Sí, es cierto –repuso Tolstói–, pero es algo sin lo cual podemos vivir. De hecho, la linterna me causa preocupación porque es incómoda de llevar y se estropea con frecuencia. Mi pregunta es si nos puede mejorar como personas».

La anécdota, en su sencillez, es reveladora de la última y atribulada etapa del escritor, cuando la cola de gente en su casa se formaba ya a primeras horas de la mañana. Llegaban de todas partes buscando un consejo, consuelo, ayuda económica, una entrevista, una foto, una dedicatoria, pasar a la posteridad junto al gran hombre. A Tolstói le daba la impresión de tener en sus manos un altavoz: «No se pueden decir tonterías a través del altavoz». Y eso le hacía sentir un gran peso sobre sus hombros, porque todo cuanto decía adquiría una resonancia extraordinaria.

El bien de todos

La convicción del gran novelista ruso de que el hombre debía vivir de acuerdo con la naturaleza, idea que había radicalizado con los años, le condujo a una moral ascética que puede interpretarse como una llamada a un cambio de gran envergadura en relación a las convenciones sociales que imperaban en la Rusia zarista hacia 1900. El cambio se produciría, en efecto, pero no en la dirección en la que él creía profundamente.

Para Tolstói, el bien de cada uno ha de servir al bien de todos, de modo que el mejor interés del individuo debe ser actuar en beneficio del bien general. Vivir de acuerdo con la naturaleza, como defendía, equivale a vivir de acuerdo con la razón (aquella que nos lleva a desear algo más que el interés particular), y su mayor preocupación acabó siendo el modo en que podía desempeñar su parte en este designio cósmico.

El contexto en el que se movía el escritor, sobre todo en sus últimos años, el papel que concedía a los avances técnicos era, en efecto, minúsculo. ¿Podían mejorar el interior del hombre? Me pregunto cuál sería su actitud de saber lo alejados que los seres humanos vivirían en el siglo XX –y en lo que llevamos del XXI– tanto de la naturaleza como de los principios éticos que él defendió con su ejemplo hasta el final. Aunque el debate «ecología versus tecnología» se mantiene vivo; de hecho, más vivo que nunca.

Las preguntas surgen a raíz de la lectura de la selección de veinte entrevistas y conversaciones con Lev Tolstói (de un total de ciento seis) que publica Fórcola por primera vez en castellano, a partir del original ruso preparado por Vladímir Lakshin en 1986 y que recoge el ideario de vejez del escritor.

Noventa tomos

Se diría que lo sabemos todo –todo lo que puede llegar a saberse– de Tolstói. Sus obras completas alcanzan en ruso los noventa tomos, y tras su muerte brotó un verdadero flujo de memorias, recuerdos y correspondencias de personas que lo conocieron y lo trataron. Pero de ese magma tolstoiano quedó exento el material periodístico y testimonial publicado en los periódicos, al hilo de la progresiva curiosidad y admiración que despertaba el novelista.

Fue Lakshin –estudioso también de la obra de Chéjov, Bulgákov y Solzhenitsyn– quien se decidió a exhumar ese material, buscando en hemerotecas, archivos y blibliotecas. La edición castellana, sin ser exhaustiva, permite una aproximación fresca y vivaz a la cotidianidad del escritor. Por sus comentarios sabemos que seguía muy de cerca la obra de Ibsen y que lamentaba su evolución literaria hacia el simbolismo, estética que aseguraba no entender; o bien que admiraba apasionadamente a Herzen y a Chéjov.

Caldo y pan negro con sal

Conocemos su ritmo diario; la frugalidad de sus comidas –una taza de caldo, un trozo de pan negro con sal, huevos, fresas, kéfir–; la sencillez del vestir –siempre la misma indumentaria: una ancha blusa de mujik ceñida por un cinturón, botas altas para las largas caminatas con nieve o barro y un gorrito redondo–; su afición a la música; su rechazo a la poesía –«su tiempo ha pasado, ahora no dice nada»– y, sobre todo, la difícil tarea de seguir siendo quien era a medida que se convertía en una figura pública solicitada, observada, admirada, criticada. Las menores noticias sobre cómo se vivía en Yásnaia Poliana, donde se ubicaba la hacienda del escritor, a unos doscientos kilómetros de Moscú, eran tratadas en los periódicos al nivel de cualquier novedad política.

En cierto sentido, Tolstói representaba la piedra de toque de lo moralmente bueno y eso daba una trascendencia a su figura que pocos escritores –tal vez Voltaire o Samuel Johnson– han alcanzado, pero también lo exponía a un sufrimiento excepcional.

Su afán de perfección, de ascetismo, emparejado con la conciencia de su imperfección (sus diarios o los de su esposa, Sofía Tolstaia, así lo muestran), apuntaban, para el autor de Ana Karenina, al ser superior que había sembrado tal aspiración: «Creo en Dios porque reconozco su presencia en mi alma», comenta a uno de los periodistas que se le acercan. Y es precisamente este inquebrantable arraigo en la creencia, que se aprecia en Tolstói, lo que hoy nos resulta tan extraño. «La base de la vida es la probidad [la rectitud, la honradez]. Si hay probidad, entonces se tiene todo.»

La frase, dicha con esfuerzo al salir de una de sus últimas crisis de salud, resuena ahora, en nuestras actuales circunstancias, como un puñetazo en la boca del estómago. ¿Qué se hizo de ella? ¿En qué momento nos perdimos a la búsqueda de lo insustancial? ¿Qué puede mejorar el interior del hombre?

«Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana»

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