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Una Documenta 13 desquiciada

Tono desmesurado el de Documenta 13, pero con algunos aciertos destacables. Carolyn Christov-Bakargiev, su responsable, saca partido de la crisis reinante y de la anarquía

Día 15/06/2012 - 18.34h
Agencias
El galgo Humano forma parte del proyecto de Pierre Huyghe «Doce baladas...»
afP
Un visitante fotografía «The Disobedient (The Revolutionaries)» del croata Sanja Ivekovic
agencias
Una mujer mira atentamente una de las obras de Thomas Bayrle
agencias
«Limited Art Project» (2011-2012), del artista Yan Lei
agencias
Uno de los proyectos de cariz más sociológico de Documenta
afp
«Ghost Keeping (2012)», del rumano Istvan Csakany
agencias
«Leaves of Grass (2012)», collage madedel canadiense Geoffrey Farmer
agencias
William Kentridge es uno de los platos fuertes de esta edición de Documenta
efe
«Doormat Cut-outs», del artista italiano Fabio Mau
agencias
Uno de los proyectos específicos de Kassel
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Entre todas las desmesuras del bienalismo, Documenta encarnaba una suerte de imaginaria línea de resistencia, como si cada cinco años reapareciera la esperanza de algo que no fuera estricto dictado del mercado o complicidades varias con el galerismo y sus agentes glamurosos apoltronados en el mundo curatorial. Tras la sobredosis documental del proyecto de Okwui Enwezor y la mezcla desordenada de revisionismo y pretenciosidad que administró Roger Buergel en 2007, con aquel patinazo gastronómico-mediático del Bulli, asistimos a la Documenta del número de la mala suerte, que tiene un tono desmesurado pero con aspectos interesantes y discutibles que superan de largo la decepción que generaron ediciones precedentes.

La filosofía escéptica

Carolyn Christov-Bakargiev quiere plantar cara a la crisis con una singular «filosofía escéptica» que le lleva a desconfiar tanto de la retórica de la interdisciplinariedad cuanto de las ínfulas curatoriales, lo que no impide que cuente con científicos, escritores o filósofos, que, junto a lo que llama «agentes», vendrían a plantear una escena que trata de sacar partido de lo anárquico. La oferta es descomunal y está deliberadamente desubicada, con lo que el desafío al espectador es bestial, que no podría ver la Documenta en su integridad salvo que tuviera todo el tiempo del mundo y estuviera dispuesto a desplazarse a Banff (para experimentar el «quitarse de en medio» en Canadá), Alejandría (una localización que asocia con la «esperanza» tras las revueltas del año pasado) o Kabul (la zona del estricto «estado de sitio»). Desde el principio –advertía la «curadora que no pretende serlo»– que la experiencia en Kassel va a ser «perturbadora e incompleta», pero que además lo que los participantes plantearan no tenía por qué ser etiquetado necesariamente como «arte».

Pierde relevancia en Documenta la foto y son escasos los vídeos, abundando lo cuasi-performativo o una combinación de estética relacional y obras cuyo soporte principal es el relato. La reivindicación de una perspectiva fenomenológica y corporal se mezcla con sugerencias sobre la sincronicidad en la era de las conexiones hiper-tecnológicas. Es manifiesto que a Christov-Bakargiev le interesa sacar partido de los lugares, que no está interesada en la ideología de la virtualización, combinando un discurso vagamente politizado con una sensibilidad derivativamente «ecológica».

Una de las apuestas más decididas ha sido la deokupar el gran parque de Karlsaue, donde podemos contemplar el enorme patíbulo de Sam Durant. Junto a la Orangerie está el jardín que ha montado Song Dong con los objetos que su madre obsesivamente acumuló durante sesenta años. En una zona boscosa se escucha un bombardeo preparado por Janet Cardiff y Georges Bures Miller. Es significativo que la mayor parte de los artistas estén «refugiados» en casetas montadas para la ocasión, lo que revela su incapacidad para afrontar las condiciones espaciales naturales. Mientras Rosemarie Trockel presenta un trabajo de una trivialidad pasmosa, los paisajes de Tacita Dean son magníficos. Lo traumático puede afrontarse de múltiples maneras, sea en una indagación cartográfica como la obsesión por el One Hotel de Kabul que emprende Mario García Torres, con un tono paródico como en el sanatorio de «vudú positivo» de Pedro Reyes o haciendo que retorne lo reprimido como sucede al contemplar a Lee Miller.

El meteorito errante

Pasamos de la fascinación de Francis Alÿs por los juegos infantiles en Afganistán a los cuadros monumentales de Julie Mehretu o a las obras de Dalí y las cerámicas de Antoni Cumella, un tanto fuera de lugar. Los trabajos de Wally Raad son excelentes; la biblioteca de Mark Dion es una de las piezas más imponentes y la película de Javier Téllez sobre Artaud, memorable.

Merece la pena ir hasta un almacén periférico para contemplar el proyecto The refusal of time, de William Kentridge. El deseo de Guillermo Faivovich y Nicolás Goldberg de transportar un enorme meteorito de 37 toneladas hasta Kassel desde Argentina quedó frustrado, aunque tomaron la decisión de sublimar esa ausencia por medio de un cubo metálico tristemente instalado en la explanada del Fridericianum.

El arte actual parece que ha terminado por desembarazarse del corsé minimalista para ofrecer un montón de anécdotas. El «apartamiento del mundo» que Documenta plantea no es el de los estilitas y ascetas, ni el del «preferiría no hacerlo» de Bartleby, glosado admirablemente por Vila-Matas, uno de los escritores que harán acto de presencia en el restaurante chino Dschingis Khan que forma parte de este rizoma expositivo.

No estamos ante un proyecto expositivo frívolo. «No hay fronteras para el arte», declaró la comisaria; ella y sus agentes quieren replantear los conceptos de espacio y tiempo, pero su Documenta apasionadamente excesiva viene a imponer una verdad shakesperiana: el mundo está desquiciado.

Documenta 13

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