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Dos condiciones inmutables marcan la estrategia de comunicación del Gobierno. Por un lado, y en primer lugar, la creencia de que en la actual vorágine económica dar una rueda de prensa es comprar papeletas para tener que desdecirse. «Imagina que el lunes por la mañana salimos a decir qué buena acogida ha tenido la ayuda a la banca en los mercados. A las tres horas, todo cambió, la Bolsa cerró en números rojos y la prima subió», argumentan en Moncloa, convencidos de que antes que comunicar hay que dar confianza.
El segundo aspecto es el carácter reservado, e incluso tímido, del presidente. La comunicación según Rajoy es la antítesis de la comunicación según Zapatero. En sus siete años en Moncloa, el ex presidente estuvo de gira permanente por estudios y platós, motivo por el que tuvo que recurrir en exceso al donde dije digo. ¿Recuerdan aquello de «el año que viene estaremos mejor»? Esa es la trampa en la que no quiere caer Rajoy, aunque le caigan palos un día sí y otro también. Es un político a la vieja usanza, se resiste a que los tiempos mediáticos marquen la agenda parlamentaria. Lo que pasa es que en el punto medio, como siempre, se halla la virtud. O dicho de otro modo: ni tanto ni tan calvo.
El Gobierno cree que dar una rueda de prensa es comprar papeletas para desdecirse
Con todas las cautelas, aseguran que el tiempo les dará la razón y consideran que en lo que queda del mes de junio sólo habrá dos novedades que comentar: las elecciones griegas y en la cumbre de la Unión Europea de finales de mes. Todo lo demás sería repetir y repetir y para eso mejor no marear a la prensa.
Con la llegada de la primavera, al Gobierno le ha entrado cierta alergia al Parlamento. No es necesario decir que esto le sucede siempre a los que mandan, más aún si su mayoría es aplastante, pero recurrir a la política del «y tú más» no es suficiente. Dicho lo cual, el PP ha vetado la petición unánime para que Rajoy explique el rescate a la banca, también ha impedido que se investigue el «caso Bankia» y ha retrasado al máximo la comparecencia de Carlos Dívar.
No hay duda de que el Gobierno es humano, porque tropieza de nuevo en la misma piedra. El primero en explicar el rescate será Luis de Guindos, en versión parlamentaria del mayúsculo error del sábado y que el mismo Gobierno reconoció al comparecer Rajoy el domingo por la mañana no por iniciativa propia, sino presionado por las crecientes críticas mediáticas y la certeza de que su ausencia ponía en riesgo el éxito conseguido.
Mientras tanto, se produce en el Congreso el espectáculo de ver a sus señorías discutir una propuesta de hace seis años que derivó en un nuevo sainete de banderas y silbatos en tribuna. El miembro del PP encargado de presentar la propuesta contra las pitadas al himno se vio abandonado a su suerte por su propio partido. Estas cosas contribuyen también al alejamiento entre ciudadano y clase política.





