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Wilkie Collins fue uno de esos tipos peculiares, peculiarísimos, que solo se pueden concebir en la Inglaterra del siglo XIX. Fue un escritor cuya obra, claro precedente de lo que sería la novela policiaca y de misterio, no ha hecho sino crecer con el tiempo, y ganar en originalidad y trascendencia.
Pero la vida de Collins no puede ser entendida sin la presencia y la alargadísima sombre de su mentor, padrino literario, amigo íntimo y hasta finalmente familiar directo, Charles Dickens. Ambos coloboraron asiduamente y, los dos fueron precursores en la publicación por entregas de sus obras en revistas y periódicos.
Igualmente compartieron el hecho de ser profetas en su tierra (en el caso de Dickens también al otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos), y ser autores de una gran popularidad, mayor aún que la de mucha gente del espectáculo o de las artes de su tiempo. Incluso, fueron realmente admirados por las clases populares, ya que en sus obras fueron reflejadas con ternura y con pasión. De hecho, la última parte de la carrera literaria de Wilkie Collins (denostada sin embargo por la critica) tuvo un marcada carácter de denuncia social y un claro tono reivindicativo.
Collins, drogodependiente
Sin embargo, antes de eso, Collins había escrito sus obras fundamentales:«La dama de blanco», «Armadale» y «La piedra lunar». Esta última escrita bajo los efectos del láudano que Wilkie Collins empezó a usar para tratar una artritis gotosa dolorosísima y droga de la que acabó siendo absolutamente dependiente, hasta el punto de que desarrolló trastornos paranoicos y aseguraba que le acompañaba un clon suyo al que familiarmente llamaba Ghost Wilkie (Wilkie el Fantasma).
Pero antes de ser el escritor famoso y popular, mientras empezaba a curtirse en las lides literarias, Wilkie Collins ya era un apasionado de las artes y la cultura. Lector incansable, habitual en todos los estrenos teatrales y frecuentador de cuanta exposición pictórica se le pusiera a tiro (de hecho, en algún momento de su vida pensó en dedicarse a la pintura), Collins reflexionó en voz alta en sus «Misceláneas» sobre cuestiones que hoy más de cien años después están en el centro de la diana del debate cultural.
Educar y entretener
Collins defiende las revistas populares (con novelas por entregas, consultorios sentimentales, anuncios de crecepelo...) con tiradas millonarias, y espera que algún día esos millones de lectores también busquen un autor de calidad. Asume con naturalidad que las novelas «también» deben entretener, se plantea lo que es comercial y lo que no, o piensa sobre la gran obra de arte como objeto de consumo, algo que a estas alturas ya ha tiempo que asume nuestra sociedad como algo normal, cuando las subastas de cuadros y los récords se siguen como partidos de fútbol.
Las opiniones de Collins se recogen ahora por Siruela en «Wilkie Collins, ese desconocido», con fantástica edición, traducción y prólogo de Miguel Martínez-Lage, fallecido desgraciadamente hace ahora poco más de un año.
A Vargas Llosay sus sabias reflexiones sobre la cultura, la soeciedad y el espectáculo, le encantarán estas reflexiones de Collins, si es que no las conoce ya, que es lo más probable, sabiendo como sabemos de la insaciable curiosidad del maestro.
Sin más, les dejamos con una frase de Collins que viene que ni al pelo en estos momentos de crisis del mundo editorial: «Mi emprendedor librero, que trata de llamarme la atención sobre toda clase de libros que no quiero leer, acaso porque ha comprado la tirada entera de un título por hallarla a un precio razonable...». Profético, el prócer Wilkie Collins.





