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Las autoridades del Peñón escenificarán su discurso de confrontación con la inauguración de la terminal del aeropuerto, construida en suelo español
«Estamos “mu” contentos de que el Príncipe Eduardo haya “venío” a vernos», gritaba una mujer a un micrófono de televisión mientras una chiquilla apuntillaba detrás: «¡Digooo!». La Main Street de Gibraltar se convirtió en el vértice desde donde las autoridades del Peñón construyeron toda su escenografía propagandística. Día libre en el trabajo, reparto de banderas británicas y coloridos bombines que rechinaban con ese peculiar «british-andaluz« de los gibraltareños.
«¡Aquíii!», chillaban para tratar de llamar la atención del hijo menor de la Reina Isabel II y su esposa, Sophie Rhys-Jones, en el inicio de su polémico viaje de tres días a la Roca para celebrar el 60 aniversario de la coronación de su madre. Un gesto que se produce en un momento de deterioro de las relaciones con el Gobierno de España y en el que el nuevo giro de tuerca es la inauguración por parte del Príncipe de la terminal del aeropuerto construida sobre suelo español.
Ambiente tenso
El reciente conflicto entre el Gobierno español y el gibraltareño a raíz de los enfrentamientos entre la Royal Navy y los pescadores de Algeciras (Cádiz) enervó ayer el sentimiento patriótico de los «llanitos». Una salva militar acompañó la bajada del avión de los condes de Wessex, que eran esperados por el gobernador de la colonia, Adrian Johns, y el controvertido ministro principal, Fabian Picardo. Numerosos gibraltareños se apostaron en la calle principal del Peñón para poder vitorear una nueva visita de un miembro de la Casa Real británica, lo que que se ha convertido en tónica general cuando las autoridades locales quieren reafirmar su independencia.
El Ministerio de Asuntos Exteriores ha expresado al embajador británico en Madrid, Giles Paxman, su «disgusto y malestar» por permitir un viaje que tensa unas difíciles relaciones a las que en las últimas horas también se ha unido un vertido de combustible procedente de las gasolineras flotantes que ampara Gibraltar y unas maniobras de aviones de combate británicos ante las que el Ejecutivo central no protestará.
Picardo, que desde que tomó posesión de su cargo ha apostado por la confrontación con Madrid como escaparate, aprovechó los actos de ayer para hacer un ejercicio de afirmación británica frente a España y resaltó el «orgullo» de los gibraltareños por poder «mostrar nuestro respeto, afecto y lealtad» a la Reina Isabel II en su año de Jubileo. El ministro principal de la Roca no dudó en afirmar que la fervorosa respuesta de los gibraltareños era consecuencia de los «ataques» de los españoles. El Príncipe Eduardo se mostró cercano con los habitantes del Peñón, con los que dialogó durante su trayecto por la avenida principal y a los que agradeció sus muestras de cariño. Tras este paseo, se desplazó a la sede del Gobierno de Gibraltar —Convent Place— para almorzar y después plantar un árbol en conmemoración del Jubileo. La tarde dio para mucho a los condes de Wessex, con distintas visitas a asociaciones e infraestructuras de la colonia, y finalizaron la jornada con la colocación de la primera piedra de un monumento a Isabel II.
Mano de obra barata
El lujoso hotel Rock es el alojamiento desde donde el Príncipe Eduardo y Sophie Rhys-Jones partirán para visitar hoy el cuartel general de las Fuerzas Británicas y descubrir una placa en honor de los marroquíes que trabajan en el Peñón y que se han convertido en mano de obra barata. También presenciarán el desfile de cumpleaños de la Reina, se entrevistarán con líderes religiosos y visitarán la Misión de los Marinos y la Autoridad Portuaria.
La parada más polémica será la inauguración de la nueva terminal del aeródromo, construido en el istmo que ocupan ilegalmente desde el siglo XIX, después de que España les cediera temporalmente ese espacio para que pudiesen atender a los enfermos de una epidemia de fiebre amarilla.





