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En el marco de PHotoEspaña, Elba Benítez rescata a Claudia Andujar

Las imágenes comprometidas de Claudia Andujar, fotógrafa pionera del documentalismo brasileño, son recuperadas por la galería Elba Benítez

Día 15/06/2012 - 12.04h
En el marco de PHotoEspaña, Elba Benítez rescata a Claudia Andujar
CLAUDIA andujar
Fotografía de la serie «Marcha de la familia» (1964)

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Faltan dos semanas escasas para Río+20. Y en medio de pánicos bancarios diarios, profecías catastróficas autocumplidas y tragedias más o menos griegas, la cumbre medioambiental acabará pasando por nuestras mentes y nuestras pantallas (perdón por la redundancia), sin pena ni gloria. Un desastre, porque el asunto que toca es mil veces más importante que las urgentísimas emergencias que servirán de pretexto para descafeinarla.

Así que ya se ve que la exposición de la brasileña Claudia Andujar llega en un momento muy oportuno. Brasileña, todo sea dicho, de adopción y por convicción: pidió la nacionalidad en 1972 por motivos políticos, precisamente para poder trabajar de cerca con las comunidades indígenas de la Amazonía sin que los militares de la dictadura amenazaran con expulsiones y cancelaciones de visado. Ahora PHotoEspaña trae a la memoria los temas de los que se ocupó esta gran histórica del fotoperiodismo y la foto documental del siglo XX. Y recuerda que no es que sigan siendo de actualidad: es que son ya más acuciantes que nunca. Andujar fue publicando, a finales de los setenta, sus trabajos de investigación fotográfica entre los indios del Amazonas, su paraíso perdido.

Sus libros Amazônia y Yanomami fueron toda una revolución visual y más: una conmoción política y social que acabó llevando a la creación de la Comisión por la Creación del Parque Yanomami y la demarcación de la Tierra Indígena Yanomami en 1992. En un país como Brasil, siempre en las manos del todopoderoso lobby agropecuario (el mismo que no dudó en su momento en cargarse a otros pioneros de la conservación como Chico Mendes), las fotos de Andujar sirvieron para hacer arrancar un debate que no acababa de abrirse. Y supo usar a favor de la causa indígena el poder elocuentísimo y mudo de unas imágenes que a estas alturas ya están en las colecciones del MoMA y la George Eastman House.

Activismo fotográfico

Andujar siempre ha tenido muy claro lo que es: una «activista de la foto». La concibe abiertamente como instrumento con fines sociales y efectos palpables en la política brasileña. Y no hay forma de negarle su eficacia. Porque no era que sus fotos desvelaran al mundo un presente de rapiña ambiental que convenía a muchos mantener oculto. En realidad anticipaban un futuro que se nos ha echado encima. Hace dos semanas, la presidenta Dilma se conformaba con pronunciar un veto descolorido a la reforma del Código Forestal brasileño, que concede la amnistía de facto a los grandes deforestadores y que abre la puerta a la destrucción a cámara lenta mediante nuevas carreteras, aeropuertos y asentamientos en el corazón de los Estados de la cuenca amazónica.

Así que, aunque el lujoso Instituto Inhotim, cerca de Belo Horizonte, anuncie que abrirá un pabellón especial para ella el año que viene, y aunque sus fotos hayan podido verse en las últimas bienales de São Paulo y Estambul, no puede decirse, siendo exactos, que Claudia Andujar esté de moda. Es simplemente que el mundo y sus problemas decisivos han acabado por alcanzar el punto de vista desde donde ella los fotografiaba. Nos faltaban en España expos como esta para acabar de darnos cuenta. En Elba Benítez, el comisario Rodrigo Moura lo da por hecho y propone un criterio interesante: demostrar que el trabajo de Andujar va mucho más allá de sus series en el Amazonas. Rastrea pistas en su obra previa para entenderla sin caer en la leyenda simplista y hagiográfica del one hit wonder.

Brasil de noche

Porque en los sesenta ya vendía fotos a algunos de los periódicos más importantes de Brasil y del mundo. En São Paulo, fotografía la hiperactividad de una metrópoli que crece desbocada y de un país que acaba de inaugurar –literalmente y de la nada– una nueva capital. De la mano de Kubitschek y Goulart vivía un periodo infelizmente breve de euforia colectiva y progreso social. En ese sentido, su fotografía de la inauguración de la Bienal de São Paulo de 1961 es todo un manifiesto mudo del optimismo de ese momento de la Historia del Brasil: las multitudes que abarrotan las escaleras helicoidales del pabellón de Ibirapueradiseñadas por Niemeyersirven de emblema de la interesantísima variante de la Modernidad que supo construir Brasil desde los años treinta hasta el golpe militar de mediados de los sesenta.

Por otra parte, sus fotos a pie de calle poco antes del putsch funcionan un poco como lo harán en los setenta sus fotos de la Amazonía: recuerdan asuntos cerrados en falso y reavivan su actualidad: solo ahora Dilma –antigua torturada por la represión militar– se lanza a abrir en Brasil la primera Comisión de la Verdad sobre los veinte años de dictadura conservadora.

Quien ha sobrevolado Brasil de nocheno puede olvidar el espectáculo literalmente infernal de los mil focos de incendios madereros extendiéndose por toda la superficie oscura de la tierra hasta perderse de vista, como un averno de El Bosco puesto al día. Si tenemos en cuenta que incluso para un veto a medias y para un descenso siempre incierto de las tasas de deforestación han sido necesarias décadas de lucha y del trabajo de miles de personas, encontramos aún un valor suplementario al testimonio de esa lucha en las imágenes de Andujar.

Claudia Andujar

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