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La entrevista con Ernesto Cardenal tiene lugar en una tarde especialmente delicada para España. El nicaragüense asegura que le llegan pocas noticias de lo que ocurre en Europa. «Los medios de comunicación no informan, solo engañan. Solo me entero de algunas cosas...», se lamenta. Al final asegura, decidido: «El problema es todo lo que han robado los bancos en casi todo el mundo. Bueno, menos en Cuba. Creo».
Los que conozcan al ensayista y poeta sabrán que la referencia a la isla no es ni de lejos casual. Cardenal fue revolucionario sandinista y después del triunfo del movimiento ocupó el Ministerio de Cultura del régimen (del que más tarde se apartaría). Su actividad política y su defensa de la Teología de la Liberación, la llamada «iglesia de los pobres», le costaron un tirón de orejas del Papa Juan Pablo II. El poeta se arrodilló ante el pontífice, y éste se dirigió a él como un padre corrigiendo a un hijo rebelde.
También se quitó la boina, esa que lleva para que el pelo no se le caiga encima de la cara. «Lo llevo así de largo desde la época de los hippies», explica. La década de los 60 afloran en la conversación después de preguntarle si cree que los jóvenes están perdiendo los valores con los que educaron a sus padres. «Puede que algunos... pero están descubriendo otros que no conocíamos. La indignación, la política sin líderes, sin ideologías, sin partidos».
«Hay un abismo de separación entre el Vaticano y el verdadero cristianismo»
El papel de la ciencia
Esta tarde no. Esta tarde la conversación no gira en torno a la literatura porque Cardenal no quiere. Le cuesta sostener la mirada con su interlocutor y todas las preguntas terminan muy lejos de donde empezaron. Esta tarde no se habla de su Canto Cósmico, un hito en la lírica hispánica de nuestro tiempo; ni de sus romances, figurados, con Walt Whitman y Ezra Pound; de sus memorias y del revelador título de un tomo de ellas, La revolución perdida.
No se habla de otra cosa que no sea política, religión y ciencia. Reconoce que desde hace unos años es la fuente de inspiración de su poesía. También de sus ensayos. El último de ellos, el que da título al libro Este mundo y otro (2011), reflexiona sobre el origen del cosmos y el lugar del ser humano en la inmensidad del universo. «Leo libros de temas científicos como una oración. Me descubren la grandeza y el misterio que imaginamos que es Dios», explica.
«La ciencia es un camino más directo hacia Dios que la religión»
El escritor afronta alicaído las últimas preguntas ajenas del día. No encuentra la medida justa para expresarse. ¿Le faltan palabras? «Siempre me faltan palabras, esta tarde todavía encuentro alguna», sonríe. Habla muy despacio, carraspea, la alergia interrumpe de cuando en cuando su discurso. «Creí que aquí ya no había primavera. Si lo sé, no vengo», dice. Lo que tampoco sabe es que al terminar la entrevista, un hombre con traje se llevó la poca que quedaba este año.





