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A no ser que los «hombres de negro» comiencen hoy mismo el rescate de la banca española —rescate suave, dicen—, la noticia de la semana ha sido, sin duda, el descubrimiento —¡alehop!— de un claustro románico en el jardín de un casoplón en la Costa Brava. Lo sacaba El País a principio de semana, y la cosa ahora está en descubrir si se trata de una obra original o de una falsificación. Casi es lo de menos, porque lo verdaderamente interesante es la historia en sí misma, el rocambolesco periplo de un conjunto del que, por el momento, se sabe que se plantó en la finca de Palamós en 1958. Antes había estado en un solar de la Ciudad Lineal madrileña, a donde llegó en 1931 sin que aún se conozca su procedencia.
El profesor Gerardo Boto, que dio noticia de la existencia del conjunto y que ayer se paseaba extasiado entre columnas y capiteles, apuntaba a la autenticidad de la obra. Otro profesor, René Payo, hilaba más fino y sugería que podía proceder del desaparecido Monasterio de San Pedro de Gumiel de Izán, próximo al de Silos. De ser así sería un excepcional caso de «arte viajero», uno de cuyos ejemplos más impresionantes es el conjunto The Cloisters de Nueva York, que reúne hasta cinco claustros medievales de Francia y España trasladados piedra a piedra a principios de siglo.
Sí, había una época en que con dinero —no mucho, por lo que parece— y un poco de vista uno podía hacerse con un retablo gótico para adornar el salón, la misma época en que avispados coleccionistas diezmaron el Pirineo catalán de arte románico, nutriendo las colecciones y el fondo de los mejores anticuarios del mundo. «Sí, no se preocupe, yo le arreglo el tejado de la capilla. ¡Ah!, por cierto, bonito pantocrator, tranquilo, ya se lo quito de ahí». Si alguien ha podido mantener en casi secreto que tenía un claustro románico en el jardín, imaginen qué no hay escondido en los interiores.



