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«El cuervo blanco»: la lengua española, según Fernando Vallejo

Con los mimbres de la biografía, más que con los de la novela, teje Fernando Vallejo «El cuervo blanco» (Alfaguara). La última obra del polémico e irreverente escritor colombiano

Día 12/06/2012 - 11.27h

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El 30 de septiembre de 1878, en la ciudad alemana de Halle, el más importante filólogo del mundo en aquel entonces, August Friedrich Pott, se entrevistó con un joven gramático de la lengua española. Impresionado por su talento e inteligencia, dijo de él, en una carta escrita en latín, que era tan insólito como un «cuervo blanco». La broma desvela el propósito de Fernando Vallejo, creador de una novela biográfica cuyo protagonista es el lingüista colombiano Rufino José Cuervo.

Solo dos breves fragmentos al principio y al final del texto caben en puridad dentro del concepto tradicional de novela, porque –como suele suceder con los libros de este singular autor colombiano, dispuesto siempre a torturar el género para obligarlo a someterse a su propio molde expresivo– a partir de una breve recalada en el cementerio de Père-Lachaise, cesa toda intención narrativa y asistimos a un diálogo entre el autor y su personaje.

El biografiado se va revelando a través de cartas y documentos que el biógrafo aprovecha para reflexionar, a menudo volviendo sobre temas recurrentes que han suscitado ya sus obras anteriores y que constituyen las más íntimas y personales obsesiones de este escritor. Lo distintivo aquí es el grado de identificación entre autor y personaje, lo que lleva a Vallejo a decir de sí mismo, con palabras de Abd el-Rahman, que habla «una parte de mi alma a otra parte que allí habita».

El Atlántico a nado

El propósito tiene algo de insensato, pues nadie que se acerque a la vida del célebre árbitro del idioma puede siquiera sospechar el carácter novelesco del personaje, ni mucho menos que en la suma de hechos y anécdotas que componen sus sesenta y siete años de existencia se dibuje el perfil de una biografía aventurera, sorprendente o siquiera azarosa. El bueno de don Rufino no tuvo mujer ni hijos y repudiaba la relación carnal. Dejó su patria colombiana dos veces para viajar por Europa. El primer viaje, en 1878 –con la socorrida excusa de visitar la Exposición Universal–; el segundo y definitivo, en 1882, hasta asentar sus reales en París.

En la capital francesa residió hasta el final de sus días, dedicado a una labor de cartujo, leyendo pesados volúmenes en la Biblioteca Nacional, extrayendo citas que le permitían justificar sus razonamientos gramaticales y coleccionando fichas en las que anotaba sus prácticas de laboratorio, ejemplos para la composición de sus principales títulos: las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano y el instituto caro y cuervo –del que apenas llegó a la letra «d»–. Esta última obra, una empresa que hoy se nos antoja tan descabellada e imposible como cruzar a nado el Atlántico.

Legendaria tenacidad

Para dar una idea de las dimensiones de lo que quería compilar, pensemos en las primeras 160 páginas, en diez pliegos, que incorporaban únicamente las palabras que Cuervo encontró dignas de comentar entre la preposición «a» y el verbo «acrecentar»; o en que el conjunto de entradas que compendiaban la «a» y la «b» constaba de 531 monografías –el primer tomo del hiperbólico diccionario inacabado tenía nada menos que 922 páginas–. Él se empeñó en intentar hacer una obra equivalente al Deutsches Wörterbuch, glosario alemán que comenzaron los hermanos Grimm en 1838 y se terminaría en 1961; o equiparable al Oxford English Dictionary, cuya compilación duró desde 1858 a 1929. La tenacidad de don Rufino era legendaria, como reconoció Tamayo y Baus, secretario entonces de la Real Academia, cuando le presentaron el prospecto del diccionario.

Pero el tema –es decir, la biografía y las ideas lingüísticas de Rufino José Cuervo– se convierte en algo secundario en manos de Fernando Vallejo. Este desgrana anécdotas, exhibe cantidades ingentes de datos, discute algunas de las soluciones dadas a los problemas planteados por el insigne prócer y hasta aprovecha para revisar la convulsa Historia política de su país.

Con irreverente saña se desahoga contra la clase dirigente de su patria, contra la Iglesia, contra los gachupines –es decir, los españoles–, contra los académicos de la lengua, contra la «lengua cocinera» de la santa de Ávila. Y todo ¿para qué? Para encontrarse con Rufino José Cuervo y con el lector en lo que de veras importa a todo gran escritor: la lengua. La misteriosa, inasible, huidiza y caprichosa, mágica lengua. Desde el español judeocristiano que él escuchó una sola vez en Roma –entonces sintió las voces de una jerigonza que le hablaba a través de los siglos– hasta las pedantes y ceremoniosas cartas de los contemporáneos del gramático, en las que apenas se puede avanzar sin tropezar con un «usted» en cada línea. «¡Qué buen idioma el nuestro!», parece decirnos Vallejo a través de tanta crítica exacerbada y de tanta fobia irrefrenable.

Río de palabras

El cuervo blanco es ese encuentro entre el escritor Fernando Vallejo y el gramático Rufino José Cuervo a través de los hilos del idioma. Por momentos, da la impresión de juzgarlo como un desatinado que trata de amonedar conceptos gramaticales, someter el flujo del incesante río de las palabras a unos pocos paradigmas que lo apresen, gobiernen y expliquen. Cuando observa con consternación que las reflexiones del gramático colombiano están hoy envejecidas es para subrayar que su noble empeño está, sin embargo, más vivo que nunca. Sometiendo a juicio a las personalidades de cuantos lo conocieron y lo elogiaron o lo olvidaron, en el fondo Vallejo no hace otra cosa que exaltar la figura de un gramático empecinado en tratar de descodificarel instrumento con el que anudamos cuanto sabemos.

Al dedicarse al estudio del lenguaje, y no de otra materia que, como la política –su condiscípulo Manuel Antonio Caro alcanzaría la presidencia del gobierno en Colombia–, le hubiera reportado mayores beneficios materiales, don Rufino estaba poniendo en el centro de sus intereses lo esencial humano. Porque es la lengua la que nos hace humanos.

«El cuervo blanco»

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