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En La Panera de Lérida ha derribado metafóricamente los muros del centro, mientras en La Fábrica, dota de movimiento a sus habituales dibujos con vinilo. La incorporación del vídeo en los montajes ha abierto a Juan López (Cantabria, 1979), nuevas posibilidades expresivas en su trabajo. Y en esas está: analizando su alcance, su persistencia, su huella. Ese será el siguiente paso. Ahora hablamos con él de sus golpes de efecto más recientes.
Dos exposiciones en curso, en La Panera y La Fábrica, con una filosofía similar: animar sus murales con el vídeo. ¿Cómo nace esta necesidad?
Ya había realizado proyectos en los que incluía el vídeo, como el anterior en Madrid o el de la Fundación Miró. Pero era una inclusión del vídeo más tosca, con proyecciones en marcos convencionales, cuadrados, a modo de pantalla. Sin embargo, si indagas en la técnica, las posibilidades son múltiples, si bien siempre me ha interesado su aspecto más manual, es decir, conseguir los resultados del mappeo sin emplear el software que le es propio, de forma que funcionen como una edición de vídeo normal. He estado empleando vídeos para documentar piezas y en ellos me he ocupado de cuestiones como la animación o el stop-motion. Eso convertía esos ejercicios en piezas autónomas. Ahora, lo que estaba latente se abre paso en obras definitivas, las de los murales con cinta, lo que anima unos dibujos estáticos.
¿Cómo se bifurcan los interesas en ambas citas?
El de La Panera es un proyecto específico para su sala de las columnas. He tenido muy en cuenta la arquitectura del centro y su relación con la ciudad. Cuando entras en ese espacio lo primero que se te pasa por la cabeza es intervenir las columnas. Me planteé remarcar su presencia «eliminando» las paredes del centro. Las vídeo-proyecciones que ocupan las paredes dan la sensación de que estar rotas, porque lo que se ve en ellas es lo que está sucediendo en la calle. En cierta manera, planea la idea de abrir el museo a la ciudad o de que la ciudad entre en el museo. La lectura es muy abierta.
En Madrid, cambia de tercio.
Lo de la planta de arriba no deja de ser obra en papel intervenida con la cinta, un proceso que llevo haciendo tiempo, pero que no es lo más conocido de mi trabajo. La serie la conforman fotos de lugares que tenían que haber sido urbanizados pero en los que incidió la crisis. Las cintas sustituyen a lo que falta, mientras que las siluetas de esos «no edificios» recuerdan a ciertos gráficos o estadísticas. En la planta de abajo, donde rezuma cierta proclama social, juego de forma poética con los carteles de la ciudad.
Se le define como dibujante. Pero el vídeo cobra más peso y complejidad en su obra.
Ha pasado de ser un medio de documentación a protagonizar las piezas. El dibujo es la técnica que más me interesa, y es lógico que evolucione. Precisamente por eso me he ido interesando en técnicas de animación y de time laps para dotarlo de vida. Eso aporta una dimensión temporal básica. El dibujo se crea ahora ante los ojos del espectador. Y se incluye el concepto de duración.
Siempre se ha dicho que es un artista «urbano». ¿Qué es la ciudad para usted?
El sitio en el que pasan cosas y en el que nos encontramos todos. No nos damos cuenta, pero el cómo me sienta yo hoy o tal oferta en la frutería se sitúan en el mismo nivel. Es el ámbito en el que encuentro ideas y las comparto. Todo eso dibuja un paisaje, un decorado en el que se desarrolla mi vida, la íntima y la social.
¿Su labor es la de crear, recrear o reciclar?
Se repite que me sirvo de materiales de reciclaje, cuando es posible que lo menos biodegradable que hay es el plástico. Lo que sí que es más efímero es el gesto y el montaje. Yo recreo más que nada, porque los dibujos nacen de fotos o de imágenes que voy encontrando y que reciclo a mi manera. Siempre me ha interesado no acumular, no generar más objetos, pero, a la vez, dejar constancia, aunque los resultados, por su carácter efímero, acaben en la basura.
No quiere generar más objetos, pero sus proyectos cada vez son más grandes.
¡Y generan más basura! Pero lo importante es el gesto, una idea que se desarrolla en un lugar y en un momento determinado, para luego, no tanto desaparecer como mutar o variar. Es ese aquí y ahora. En muchos dibujos incluyo alguna composición con los sobrantes. Si tengo que volver a montar esta obra en otro sitio, esos restos ya no van a ser iguales. Quizás mañana no monte lo mismo o lo haga de otra forma. Eso también es la obra.
Eso, y la huella que deja.
Para mí, sin duda. La memoria es parte de la obra. Y de hecho, es una de las líneas de investigación: su resto, su persistencia. Hay un paso más que estoy intentando dar basado en qué sucede en ese momento posterior y qué puedo hacer con él.
«A la derriba» y «Superados de confianza» son títulos que inciden en su gusto por los juegos de palabras, pero encierran también una crítica.
Se trata de fomentar cierta resistencia poética. Quiero posicionarme con los títulos. Estos nacen de conversaciones tontas, de ir con mil ojos por la calle, de lo que veo en la televisión o la prensa... Son juegos de palabras que me parecen un ejercicio mental muy sano. Volvemos a lo de construir sobre lo ya construido. Y que conste que me cuesta ponerlos. Pero es un proceso continuo que se ha convertido en un vicio. Así leo la ciudad.
En su trabajo se enfrenta la solidez de la arquitectura con la fragilidad del dibujo. Y parece que el segundo vence. ¿Qué gana la arquitectura?
Es una buena pregunta. Y me gustaría hablar con arquitectos sobre la incidencia de mi trabajo. Yo creo que aporta otra mirada, otros puntos de vista tanto de lo que son esos edificios como lo que representan. Solemos ver la arquitectura como un poder establecido que se impone y perdura. Yo propongo afrontarla de otra manera y resistir ante esas primeras lecturas. Los grafiteros, con los que erróneamente se me asocia, hacen eso cuando intervienen una pared. Lo mío es mucho más naif. No deja de ser un boceto que luego se borra. Queda ahí un deseo latente entre lo que me apetece hacer, que es tirar el muro abajo, y la ficción que propongo.




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