«Ojalá el futuro sea sólo tan malo como dicen». Así, plenamente visionario, concluía Antonio Mingote su Historia de la Gente, en Los Domingos de ABC, el 27 de noviembre de 1983 —desde octubre de 1980—. Veía la luz en color y sin la guadaña de la censura de los años 50: «Dije las cosas que antes no pude decir e hice dibujos que no se habrían tolerado». Hoy, sus palabras son plenamente vigentes. Y es que, al comienzo de todo, la gente eran solo dos: Antonio y Mingote. Si la Humanidad se hubiera clonado en solo Mingotes mejor nos habría ido...
Con «(Breve) Historia de la Gente» —hasta el 2 de septiembre—, el Museo ABC (Amaniel 29-31) principia los homenajes a Mingote con la exposición, por vez primera, de 316 originales (de los 554 de la serie) de su «Historia de la Gente», prevista con antelación a su fallecimiento. Está en proceso una antológica del maestro y de su obra.
La vocación primera de Antonio Mingote fue la pintura, y su primera pretensión «pintar una o varias capillas sixtinas o, en su defecto, preciosos retratos al óleo de señoras guapísimas con collar». Al verse dispensado de subir al andamio, Mingote comenzó a historiar a la gente. Devoró el Espasa y cualquier libro de historia que caía en sus manos. Y sintó una sensación que él nunca supo explicar: «A la gente yo la quiero de verdad». Y así la historia, sin manías. Como recordaba en el Museo ABC Isabel Vigiola, su alma, su amor, el maestro tenía la manía de no tener manías, y por no tener «no era ni antituberculoso». «Eso sí, tenía una enorme curiosidad por todo, y consultaba libros de Historia. ¡Todo lo que sabía era sin google!; lo suyo era leer, leer y leer, y nadie le anotó jamás que hubiera algún error», añadía Isabel, que visitó la exposición por la mañana con Soledad Luca de Tena, vicepresidenta de ABC, e Inmaculada Corcho, directora del Museo ABC.
Con su «Historia de la Gente», dibujada y escrita, reflexionada y coloreada, con rigor y primor, Antonio Mingote se proponía —como le contaba a Pilar Trenas en ABC, en 1980— explicar, si es que tenía (o tiene) explicación, la conducta de sus congéneres. En un principio quiso hacer una serie de dibujos de gente de todas las épocas con unos pies explicativos, una especie de comentarios. Después, crecieron los pies, el cuerpo y el talento de Mingote abrazó la Prehistoria, Mesopotamia, Egipto, Creta y Micenas, Grecia, Roma, los bárbaros, Bizancio, el Barroco, la máquina de coser, el ferrocarril, el Islam, la Edad Media, América, el Renacimiento, siglos de pasión... Inmaculada Corcho explica que la selección se ha realizado teniendo en cuenta «los dibujos más generales para contar las peculiaridades de la gente a lo largo de la Historia, siempre con el sello inconfundible de Antonio Mingote, lleno de humor y acidez, para describir lo humano o inhumano de las personas».
(Asimilando la civilización: el maestro dibuja a una estupenda señora, que delinea sus curvas en un traje celestial para intentar meter en vereda a una cuadrilla de bárbaros. En una pizarra les muestra la declinación del verbo amar: Amo, amas, amare... Los ojos de la mesnada de vikingos se dirigen al todo curvilíneo de la moza, no a las partes de la enseñanza...)
Antonio Mingote tomó la Historia de la gente antigua como pretexto para hablar del comportamiento estrafalario del personal, de la capacidad del gentío para las grandes heroicidades y las enormes tonterías, los aciertos pequeños y los inmensos errores. Su objetivo no era predicar la virtud, ni la sensatez, ni nada. Las utopías no le gustaban, «eran más aburridas que la historia real y, lo que es peor, perfectamente inútiles», fulminaba. Noticias, sucesos, políticos... todo ello eran eventualidades para Mingote; la gente era lo permanente. A veces, él tenía la sensación de haber adivinado en un chiste algo que iba a suceder años después, «pero no he adivinado nada —se desplomaba—, es que siempre pasa lo mismo».
Antonio Mingote era un ecologista sensato —no coñazo, como la mayoría de la gente—, y así dibujaba últimamente al dorso de papeles usados, incluso de dibujos, con la consiguiente amonestación verbal de su santa y, antes de que le sacara la tarjeta, argumentaba: «Es que es papel muy bueno y caro, Isa».
«Antonio también ha escrito la “Historia de los Pérez”, que él siempre me decía que no se quería morir sin terminarla, anuncia Isabel. Es un maravilloso repaso por el devenir de la Humanidad a través de unos personajes inventados: los Pérez. «Él decía que era su obra maestra; el texto está escrito hasta 1936», abunda su esposa. También abordó el maestro la «Historia del amor». ¿Cuántos dibujos pudo realizar don Antonio?, se le pregunta a Isabel. «Entre cien mil y un millón, le puedo decir», contesta. Mingote laboró hasta el último día cuando pidió en el hospital un ordenador para trabajar. «Guardo los blocs de los bocetos del Quijote, que es pura maravilla», comenta Isabel. Cada día echa en falta más y más a su «extraterrestre» Antonio, que cuando comenzó a descubrir el ordenador le declaró a Isabel su amor, en verso y en prosa, jugando con todo tipo de letras...
A la gente, el único que nos puede rescatar, a los pobrecitos habladores, es Mingote. Santiago Castelo, que convivió en ABC durante cuatro décadas con el latir diario del maestro, era uno de los pocos privilegiados que disfrutaba con los dibujos de Mingote y de su Gente antes de que se publicaran en ABC. El maestro, con ese ligero temor del principiante, con el balbuceo —que nunca perdió— del que está aprendiendo, le preguntaba a su querido Castelo: «¿Tú crees, poeta, que ha quedado bien? ¿Que se entiende?» Es la humildad de uno de nuestros grandes: Antonio Mingote.



