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El presidente de Mercadona no habla demasiado. Pero cuando lo hace tiende a sentar cátedra en román paladino
Los hay que no se apean del PowerPoint ni para una declaración de amor. El mundo solo es explicable desde su atalaya de elaborados gráficos con alambicadas estadísticas macroeconómicas, muy coloridas ellas, pero difuminadoras de la pura realidad. Y los hay que son más del román paladino, que es el lenguaje que entiende todo el mundo, al margen de crisis coyunturales o estructurales, de déficit o de deuda, o de apalancamiento y liquidez. Juan Roig, presidente de una de las pocas empresas españolas que sigue navegando a buen ritmo en esta tormenta perfecta, no habla demasiado, pero cuando lo hace tiende a sentar cátedra con pocas palabras, y sencillas. Lacónico en sus declaraciones y claro en sus augurios, para nuestra desgracia, suele acertar. En 2011, cuando todo el mundo fiaba sus esperanzas al previsible cambio de Gobierno que llegaría en unos meses, y casi descontaba un 2012 como antesala del advenimiento de los esperados brotes verdes, largó un desolador «2011 tiene una cosa buena, que será mejor que 2012». Y ahí nos dejó. Y aquí estamos.
Ahora, en el marco de la reunión de los jurados de los premios Rey Jaime I, cuando España entera da por asumido que es una confabulación de los mercados internacionales la que asedia nuestro futuro como país, ha vuelto a verbalizar nuestra situación actual con un ilustrativo «A los españoles lo que nos falta es ponernos las pilas; si no, nos van a intervenir». Y poco más. No ha sido el estremecedor «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» de Winston Churchill, ni el electrizante «No preguntes qué puede hacer tu país por ti sino qué puedes hacer tú por tu país» con el que JFK se ganó a los norteamericanos. Ni siquiera el irónico «A largo plazo, todos muertos» soltado por el idolatrado economista John Maynard Keynes. No, lo suyo ha sido mucho más prosaico. Pero mejor vamos subiendo ya las mangas de la camisa






