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«En mi país desconocido», la desgarrada confesión de Hans Fallada

Además de publicar «En mi país desconocido (Diario de la cárcel, 1944)», Seix Barral reedita ahora una novela magnífica que Hans Fallada escribió a escondidas: «El bebedor» (1950)

Día 05/06/2012 - 12.02h

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Uno de los más sorprendentes descubrimientos de estos últimos años, el escritor alemán Hans Fallada, seudónimo de Rudolf Ditzen (Greifswald, 1893-Berlín, 1947), popular y encumbrado internacionalmente durante la época de entreguerras, famoso por su descripción de gente corriente en épocas muy poco corrientes o, si se prefiere, en esos «tiempos oscuros» de los que hablaba Brecht, dejó tras su desaparición varias obras maestras, además de una atormentada vida personal, jalonada por escándalos y por la entrada y salida de prisiones y psiquiátricos con el fin de curarse de sus diversas adicciones.

Hijo de un magistrado, se negó a seguir la carrera de jurista. Ya a los 18 años intentó suicidarse tras haber matado a un amigo en un duelo. Gravemente herido, fue acusado de asesinato y entró por primera vez en un hospital para enfermos mentales. Al salir, trabajó como agricultor, contable, periodista y en la editorial del que más tarde sería su gran amigo, Rowohlt.

Al mismo tiempo, comenzó a escribir, consiguiendo desde el primer momento, en 1932, un éxito descomunal: su novela Pequeño hombre ¿y ahora qué? (Maeva) sería llevada al cine. Una obra enclavada en la «Nueva Objetividad», una especie de neorrealismo que reaccionaba contra el subjetivismo, la emotividad y la abstracción del expresionismo, y a la que pertenecían obras como Sin novedad en el frente, de Remarque, y otras de Erich Kästner, Arnold Zweig o Hermann Kesten. Una escuela que tenía como fin la autenticidad y el culto al reportaje.

¡Soy alemán!

Si en aquella novela, ambientada en el Berlín de la época de Weimar, el «pequeño» héroe era un empleado de grandes almacenes que va siendo despedido de todas partes y vive en sus propias carnes, junto a su joven esposa y su hijo recién nacido, la pérdida de sus trabajos y de un sentido de seguridad progresivamente sustituido por una atmósfera de violencia callejera y de deshonestidad entre sus compañeros debido a la salvaje crisis económica de aquellos años, en el caso de su no menos magistral Solo en Berlín (Maeva) estamos ante un clásico del nazismo, definido por Primo Levi como «uno de los más bellos libros de la resistencia alemana antinazi». Basado en un caso real que Fallada encontró entre los archivos de la Gestapo al acabar la guerra, en él se narra la lucha solitaria y espontánea emprendida por una pareja de humildes trabajadores que, tras perder a su único hijo en la contienda, inunda los buzones de todo Berlín con postales contra Hitler.

Desde que Pequeño hombre ¿y ahora qué? fue llevada al cine en Hollywood, con productores judíos, Fallada empezó a tener problemas con los nazis. Aunque él siempre se empeñó en declararse apolítico, desde la llegada al poder de Hitler en 1933, tal y como dice en su espléndido diario recién aparecido (En mi país desconocido. Diario de la cárcel, 1944), los periódicos y revistas nacionalsocialistas lo tacharon con apelativos como «el pornógrafo de peor fama».

Escogió retirarse con su familia a una finca en el campo y quedarse en Alemania, en contra de lo que hicieron muchos intelectuales de su época, judíos o no, que emprendieron el camino del exilio: «He actuado correctamente quedándome en Alemania ¡Soy alemán y prefiero hundirme con este pueblo desafortunado-bienaventurado que disfrutar en el extranjero de una falsa dicha!», dijo.

Desesperación abismal

Este es el comienzo del desacuerdo, haber escogido el «exilio interior», sobre lo que no pocas veces tendría que defenderse. El más famoso de sus críticos fue Thomas Mann, que había huido de la represión y la brutalidad nazi y que siempre expresó su más dura condena por escritores como Fallada, que, aún oponiéndose al nazismo, al quedarse, se vieron obligados a determinadas concesiones en sus obras, ya que Goebbels y Göring, como narra Fallada, vigilaban personal todos los proyectos culturales del Tercer Reich.

En su diario –escrito en penosas condiciones, al haber sido encarcelado bajo la acusación de intentar asesinar a su mujer tras una borrachera, cosa luego desmentida por ambos–, Fallada se defenderá de estas acusaciones diciendo que escogió lo más difícil.

Durante su reclusión conseguiría escribir a escondidas una novela magnífica, de extrema dureza: El bebedor (1950), que Seix Barral reedita ahora. El sincero retrato de alguien que se va hundiendo «en la desesperación más abismal». Una desgarrada confesión que se convirtió en un relato autobiográfico, con nombres disfrazados, de la devastadora destrucción de un matrimonio.

En mi país desconocido (Diario de la cárcel, 1944)

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