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El país de pandereta

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Lo que es imposible que nadie entienda no es ya lo gordo de este país, sino lo escuálido y birrioso de los funcionamientos cotidianos

Día 31/05/2012 - 09.38h

No puedo estar más de acuerdo, y sin que sirva de precedente, con la chaqueta que llevaba el político y economista Xavier Sala i Martí cuando hizo esas declaraciones en las que veía a España como «un país de pandereta». No tanto con la camisa y la corbata con las que pretendía estar a juego. En realidad, más que un país de pandereta, a España se le podría considerar un país de tuna entera, y si alguien quisiera hacer música de cámara con la situación que se vive aquí, en cualquier nivel o clave, sea económica o política, lo más que conseguiría es que le saliera algo así como «Clavelitos». Tal vez haya alguien preclaro que entienda lo de Bankia, lo de Rajoy, lo del PSOE, las Cajas, las Autonomías, lo de los mercados y la prima de riesgo..., en fin todo eso que ha pasado, de golpe, a instalarse en nuestras vidas como ese tío soltero, arruinado y bien bronceado por la buena vida.

Lo que es imposible que nadie entienda no es ya lo gordo de este país, sino lo escuálido y birrioso de los funcionamientos cotidianos, para los que no tiene uno ni nadie el más mínimo signo de criterio. Dice, por ejemplo, Duran i Lleida que en algunos sitios de España están siempre de fiesta, y mira para otro lado, porque, por ejemplo, el lunes pasado hubo una fiesta aquí en Barcelona, y no en otros sitios, que sólo una persona supo decirme a qué se debía; al parecer, era la Segunda Pascua, pero de la Pascua ya no quedan ni por pagar los gastos de la visa crédito... Toma fiesta... Toma puente... Toma pandereta... Y leo que al periodista Salvador Sostres le ha condenado la Audiencia Provincial de Barcelona a pagar por proferir insultos al director de e-notícies. Ni conozco a Sostres ni conozco al insultado, al que llamó cosas como «miserable, chorizo o indeseable». Sin duda, expresiones vejatorias e inapropiadas, aunque no lo parecen tanto como las que se gritaron y gritan contra Esperanza Aguirre, o más certeramente, contra su madre, a las que tampoco conozco. Es inquietante no saber nunca en este país de pandereta cuándo los insultos salen gratis y cuándo te cuestan una pasta.

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