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Los tres tenores de la gran banca española o lo que quede de ella; Emilio Botín, Francisco González e Isidro Fainé, actuaron como cómplices necesarios del Gobierno para descabalgar a Rodrigo Rato de su última aventura financiera. Pero ni con esas es seguro que el Banco Santander, el BBVA o La Caixa vayan a repartirse los despojos de Bankia, una vez se haya culminado el plan Goiri de nacionalización en siete días que ha puesto patas arriba a la cuarta entidad de crédito en España. No es que el Ministerio de Economía tenga cargo de conciencia para no pagar a traidores. Simplemente ocurre que Luis de Guindos se plantea también otros objetivos.
Sin comerlo ni beberlo, sino más bien por imperativos de la interminable reforma financiera, el Banco de España ha ido reuniendo una pequeña familia de hijas adoptivas que con el tiempo van a exigir importantes dotes de recursos públicos si es que el FROB quiere vestir bien a la novia antes de colocarla en el altar de una subasta al mejor postor. La venta del grupo catalán Unnim al BBVA y la sonada operación de salvamento de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) como condición indispensable para su traspaso al Banco de Sabadell de Josep Oliu han dejado los fondos de rescate bancario más secos que la mojama y las entidades que a duras penas mantienen estables sus constantes vitales no quieren seguir pagando el electroencefalograma plano de los zombis que todavía deambulan por el sector.
El Gobierno está cansado de poner paños calientes y el ministro ha alertado al presidente Rajoy acerca de un eventual cambio de timón que puede dar un giro de 180 grados a toda la estrategia de la gran reforma financiera. La idea que acarician los responsables de la política económica se fundamenta en la necesidad de restaurar el canal del crédito, colapsado desde hace años en nuestro país. Para ello nada mejor que un instrumento de financiación oficial capaz de cebar el mercado incorporando un nivel de competencia hasta ahora impensable. La solución está dentro de casa, pues no en vano el Estado tutela actualmente tres entidades, como son Bankia, Catalunya Caixa y NovaGaliciaBanco, que bien saneadas podrían hacer las delicias de una flamante y mucho más rica oferta de servicios financieros. Si Mahoma no va a la montaña será la montaña la que acuda a Mahoma.
El peregrinaje del Partido Popular hacia un modelo temporal de banca pública supondría la creación de un imponente líder en el mercado de crédito español, una institución de 450.000 millones de euros en activos que daría capones con la cabeza a todos esos banqueros sistémicos impacientes por sacar tajada de la crisis. Ni qué decir tiene que José Ignacio Goirigolzarri con José Sevilla, Antonio Ortega y demás jubilados del BBVA llevarían la manija de la entidad resultante previo ajuste de cuentas con Adolfo Todó y José María Castellano.
El bueno de Goiri pidió a los amigos de Rato que no vendieran más acciones
La cotización de la entidad nacionalizada se desangró peligrosamente el día 17 provocando la reacción airada de Rajoy que esa mañana presidía en el Congreso de los Diputados la habitual reunión que todos los jueves celebra la comisión delegada para Asuntos Económicos. El presidente pidió encarecidamente a Luis de Guindos que apagara el fuego antes de que la situación pasara a mayores. El ministro hizo lo propio con Goirigolzarri y el presidente de Bankia no tuvo más remedio que dar un toque telefónico y de atención a algunos de esos empresarios de la plutocracia autorizada y demás profetas de salón que se dedican a repartir octavillas en power point para difundir un optimismo barroco sobre el futuro de España.
Los más conspicuos representantes del autoproclamado Consejo de la Competitividad, en concreto los que se hicieron accionistas de Bankia por la gracia de Rato, fueron llamados a capítulo para enderezar el rumbo del valor en Bolsa. Sólo así se pudo sofocar una crisis que amenazaba con llevarse por delante a más de un político metido a banquero. Ahora lo único que queda es echarle un carro de miles de millones al problema y asunto concluido.
El Gobierno ha abierto la barra libre y Gorigolzarri, así se las ponían a Fernando VII, se ha subido a la parra, de modo que la salvación de Bankia y demás tropa tendrá un precio escandaloso de 24.000 millones en números redondos o, lo que es igual, cuatro billones de las antiguas pesetas. Está visto que el keynesianismo es la única solución para lograr que el crédito fluya en la economía española. Claro que entonces la idea de crear el gran banco público tampoco es nada descabellada.







