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Si Chaves Nogales hubiera vuelto anoche a Bakú, su avión habría sido un bombardero. Salvamos a Engelbert Humperdinck, aunque tuviera el aire loco de Antonio Molina en ‘Andalucía Chica’. La actuación del británico remitía a un Festival de Eurovisión ya extinto. Solo queda la sintonía de Charpentier. Se ha convertido en un festival fastuoso de escenario ‘cecilbedemilliano’, casi un espectáculo de luz y sonido en las Pirámides. Y lleno de chicas que han donado a la ciencia su cuerpo en vida, como diría Guillem Martínez.
Con los gritos de Castafiore de Rona Nishliu, la albana que le ha quitado el pelo a Toni Morrison y se ha hecho un recogido, empezaron las ganas de apuntar. Pero las rusas, con su estética entre David el Gnomo y el festival de la OTI, despiertan ternura. Con ellas me pregunto por qué no mandamos nosotros en su día a Triana Pura.
Mientras el fútbol sigue siendo el arte de lo imprevisto, hace mucho que en Eurovisión está todo el pescado vendido, salvo sorpresas y votaciones. Antes, solo los comentaristas sabían cómo serían las actuaciones. Ahora, con semifinales y ensayos, lo conocemos todo. El entretenimiento está en Twitter. Pero una sabe lo mucho que le va a gustar Nila Pizzi, que no necesita disfrazarse de Winehouse. Al final, el Big Four (ese absurdo G4 donde somos ricos) manda lo más razonable a un festival que un día cruzó el espejo de acero camino del Este y lo musulmán. Hasta el representante noruego es de origen iraní. Y la sueca, de origen marroquí. Loreen tuvo una actuación (ganadora) entre Nuria Espert en ‘La tempestad’ y Celine Dion con espasmos. Para exégetas de lo alucinógeno y la penumbra. Dejó la sueca el ventilador caliente y las luces encendidas para una enorme Pastora Soler que salió vestida de Deborah Kerr en ‘Quo Vadis?’. Los entusiasmos españoles se volvieron a estrellar. Por suerte para RTVE, que es vieja, hidalga y pobre









