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Si para cualquier ciclo musical la merma de apoyos constituye un problema serio, en el caso lucense puede resultar mortal
Está otra vez en marcha, y no sin esfuerzo, la Semana de Música del Corpus lucense, rebautizada modernamente de festival, quizá por influencia publicitaria de Benidorm o de Eurovisión, e interrumpida su tradicional continuidad por silencios, calderones y fechas en blanco. Con todo, ha cumplido ya cuarenta ediciones, algunas de muy alto nivel y otras con el mérito, nada desdeñable, de evitar que se quebrase la continuidad de una cita musical que durante varios años fue la más importante de Galicia y gozó del privilegio, ahora impensable, de estrenos absolutos e intérpretes de rango mundial (Zabaleta, Iturbi, Lorengar, Caballé, entre otros varios).
Después de un largo paréntesis de arrendamiento a un comisionista foráneo, la organización de la Semana vuelve a recaer ahora en la benemérita Sociedad Filarmónica Lucense, entidad que desde hace cerca de setenta años soporta la onerosa carga de organizar una temporada musical en medio de la sordez general de la ciudad de Lugo. El rigor de la crisis se hace sentir crudamente en el sostenimiento del ciclo que mantiene viva la afición de los escasos melómanos locales. Las subvenciones institucionales son cada vez más reducidas e incluso algunos copatrocinadores se han visto impelidos a la retirada de ayudas. Si en cualquier ciudad y para cualquier ciclo musical la merma de apoyos económicos, públicos o privados, constituye un problema serio, en el caso lucense puede resultar indefectiblemente mortal. Porque, no nos engañemos, en Lugo la afición a la música (ahora hablamos de lo que convencionalmente se llama «música clásica») es muy raquítica, prácticamente testimonial, hasta el punto de que los escasos abonados a la Sociedad Filarmónica constituyen un grupo marginal, insuficiente para cubrir el aforo de una sala pequeña. Esa es la realidad, espejismos aparte y dejando fuera acontecimientos excepcionales que pertenecen a lo meramente anecdótico.
Se suma a la escualidez de la parroquia el hecho de que las instituciones lucenses (Concello y Diputación, principalmente) jamás han entendido algo tan elemental como que las actividades musicales solo tienen sentido si se integran en una política cultural completa, coherente y planificada. Un concierto no es mercancía de escaparate para ganar prestigio o votos, sino un hecho que se inserta en lo que Adolfo Salazar llamó «la responsabilidad cultural de lo público». En 1935, a cuento precisamente de La música actual en Europa y sus problemas, uno de los libros esenciales de Salazar, escribía Bal y Gay, el gran musicógrafo y compositor lucense, una queja que sigue vigente: musicalmente, España se halla en una situación «con todo por hacer… más la triste experiencia de lo mucho que cuesta hacer algo». Ochenta años después de la pesimista reflexión de Bal, las cosas apenas han cambiado. Y en Lugo, la tesitura parece inamovible.





