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¿Reducir el gasto público o garantizar la transparencia democrática? En ocasiones, la decisión no es sencilla. Según estimaciones de la Comisión Electoral Independiente de Kenia, el coste de las elecciones presidenciales del próximo mes de marzo se elevará hasta los 36.000 millones de chelines (algo más de 334 millones de euros). Unos emolumentos que sitúan a estos comicios como uno de los más caros del continente, con un coste por elector superior a los 18 euros.
El desembolso quizá esté justificado. Como destaca a este diario Issack Hassan, miembro de la comisión, el incremento de esta partida presupuestaria era fundamental para no dilapidar la credibilidad de los comicios (no en vano, la organización había requerido 160 millones más). En el recuerdo, la violencia post electoral de 2008 que se cobró la vida de más de 1.300 personas y dejó 300.000 desplazados. En aquella ocasión, y como denuncian desde el comité, el gasto fue inferior a los 170 millones de euros.
El aumento del presupuesto era fundamental para no dilapidar la credibilidad de los comicios
En el caso keniano, y como destaca la comisión, el mayor gasto -cerca de 40 millones- será el dedicado al registro de votantes, mientras que otros once se emplearán en la adquisición de vehículos para garantizar el acceso a las zonas rurales. Cifras ciertamente excelsas, eso sí, para un país cuyo renta per cápita se sitúa en los 628 euros al año (en contrapartida, el salario de los diputados que configuran el Parlamento keniano es de 7.900 euros mensuales, dietas y complementos incluidos).
Experiencia implica menor gasto
Pese a ello, la contradicción entre democracia y coste electoral no es monopolio del continente africano. Ya en 2005, Naciones Unidas reflejaba en un estudio (Getting to the Core) la siguiente tesis: cuanto mayor es la experiencia en la celebración de comicios multipartido, menor es siempre el dispendio. Éste es el caso de Brasil (algo más de dos euros por votante) o India (93 céntimos), en contraste con Rusia (casi siete euros). En España, por ejemplo, el gasto de las pasadas elecciones generales fue de 124 millones, con un coste por elector cercano a los 3,5 euros.
De igual modo, y según el estudio, la llamada a las urnas en países de reciente conflictividad o donde operan misiones para el mantenimiento de la paz suele acarrear un desembolso mayor: caso de Camboya, donde el dispendio electoral se redujo hasta en un 54% entre las elecciones de 1998 y 2003.
Sin embargo, que nadie se lleve al engaño. La transparencia democrática no se consigue tan solo a golpe de euro. En 2006, el gasto electoral en República Democrática del Congo fue de 22 euros por elector (financiados casi en su totalidad por la comunidad internacional). Cinco años después, éste se elevaba hasta los 29 euros. ¿El resultado? El mismo: victoria para el sátrapa Joseph Kabila.










