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Andrew Toney tenía la particular habilidad de destrozar a los Boston Celtics
Existió en los años 80 un hombre que aterrorizó a una ciudad entera. Un criminal de maneras poco ortodoxas pero cruelmente efectivas. La mera sombra de sus cerca de 190 centímetros de altura sembraba el pánico. Se llamaba Andrew Toney, pero todos le conocían como «El estrangulador de Boston».
ocos bautizos mejor ceñidos se han hecho en la historia del deporte. Inmerso en un equipo nutrido de leyendas como Julius Erving, Moses Malone o Maurice Cheeks, Toney tenía la particular habilidad de destrozar a los Boston Celtics. Quizá por la mística que desprendía el parqué del Garden, o sólo por el divertimento de someter al equipo con más historia, este escolta anotador forjó su mito a costa de los verdes.
Su efectividad desde la media distancia y en los lanzamientos tras bloqueo recuerda a la que más recientemente han mostrado jugadores como Ray Allen o Rip Hamilton. Poco que ver, sin embargo, en la mecánica. Pecho hacia delante, brazos estirados y balón impulsado a la altura de su rostro. Y aun así era el terror de los defensores.
«Siempre que tenía el balón sabíamos que nos iba a meter canasta. Es el mejor jugador que he visto jamás a la hora de anotar en los momentos cruciales. No teníamos a nadie que pudiera estar cerca de frenarle. Nadie», recordaría años después Larry Bird, una de sus tantas víctimas.
En 1981, la rivalidad entre Boston y Philadelphia (que se remonta a los primeros días de la liga, cuando los Sixers aún se llamaban Syracuse Nationals) vivió un episodio para el recuerdo. Los Celtics, en plena reconstrucción de su grandeza, lograrían remontar las Finales de Conferencia después de haber perdido tres de los cuatro primeros partidos. Una gesta memorable para sus aficionados... y para un competidor implacable como Andrew Toney.
Aunque de carácter discreto, este escolta salido de Luisiana no ocultaba su instinto asesino una vez el balón pasaba por sus manos. Por eso la venganza se desató cuando un año más tarde los playoffs volvieron a cruzar el camino de los dos equipos.
Tras perder el choque inicial, Toney guió a los Sixers a tres victorias consecutivas gracias a un promedio de 29 puntos por noche. Llegado el quinto partido de la eliminatoria, Philadelphia estaba en la misma posición de ventaja que un año antes. Sentenciar la eliminatoria en Boston fue imposible y el Garden, que veía cómo la historia de la temporada anterior se repetía, despidió a su rival de la cancha con una profecía. «See you on Sunday! See you on Sunday!» («¡Nos vemos el domingo!»).
Efectivamente, los Celtics ganaron el sexto partido a domicilio y forzaron el regreso a Boston de la eliminatoria para el séptimo y definitivo encuentro. La prensa jaleó a los vigentes campeones y menospreció a unos Sixers que, de nuevo, se deshacían ante el orgullo verde. Cuando los jugadores saltaron a la pista, vieron cómo algunos aficionados correteaban por las gradas disfrazados de fantasma. Eran los espíritus del año anterior.
Pero en un escenario que ni siquiera les quiso tener en cuenta, Philadelphia clamó venganza. Al frente, un anotador con el cuchillo entre los dientes. «Temía más a Andrew Toney que a Michael Jordan», confesaría Danny Ainge. Y tuvo razones. El 22 de los Sixers anotó 34 puntos para hacer mayor justicia que nunca a su apelativo de «El estrangulador de Boston».
Con los Lakers esperando en la final, el Garden despidió en pie al enemigo con el mejor homenaje posible, dedicándoles su grito de guerra, quizá el más carismático que ha conocido el baloncesto. «Beat L.A.! Beat L.A.!».
Philadelphia tendría que esperar un año más para ganar el anillo, pero su mensaje quedó escrito en piedra. «Estoy orgulloso de esos doce hombres porque se mantuvieron unidos cuando todo el mundo nos había enterrado», sentenciaría el técnico Billy Cunningham en vestuarios.
Con idéntica mentalidad colectiva, los Sixers de este 2012 tratarán de ganar otro séptimo partido a los Boston Celtics. La rivalidad está servida.






