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En 2014 cumplirá cinco décadas de existencia el Odin Teatret, uno de los nombres de referencia del teatro mundial. En torno a su fundador, el italiano Eugenio Barba (Brindisi, 1936), este grupo radicado en Holstebro (Dinamarca) ha ido conformando un estilo mestizo a partir de la ardiente austeridad propugnada por el gran Jerzy Grotowski –de quien Barba fue colaborador– y amalgamado a base de experiencias propias, apropiaciones de los códigos expresivos de otras culturas (el kathakali del sur de la India, por ejemplo), recreaciones de diversos lenguajes y técnicas teatrales y, también, del producto de su intensa actividad como laboratorio escénico internacional.
«La vida crónica», su último montaje, es un producto ciento por ciento Odin, con sus estereotipos estilísticos y sus epifanías. Eugenio Barba, tan abierto al mundo como maestro ensimismado en el vaivén de su camino, mira al futuro y plantea un horizonte de desolación en el que quiere hacer brillar una brizna de esperanza.
El gran hechicero de la tribu «odinesca» –¿o será mejor «odínica»?– introduce en el caldero humeante de su propuesta: humor y tragedia, folclore y canciones modernas, un tapiz de vidas cruzadas en el límite de las fronteras, la desesperación de los emigrantes y los desposeídos, el racismo y la buena conciencia occidental bien alimentada, el caos y la llamita de la solidaridad. Todo en un tono una pizca naif y colocado sobre la perspectiva de una Europa que en 2031 acaba de salir de una gran guerra.
En memoria de Politkovskaya y Estemirova
El espectáculo, dedicado a la memoria de las escritoras rusas asesinadas Anna Politkovskaya y Natalia Estemirova, sorprende y confunde a ratos, atrapa y desconcierta con su mezcla de estímulos, lenguas, revelaciones, formas de expresión, deslumbramientos... Como brújula para no perderse en el laberinto de incitaciones, conviene leer una tarjeta que se entrega junto al programa de mano, en la que se detalla la nómina de personajes convocados a la ceremonia: «una Virgen Negra, la viuda de un combatiente vasco, una refugiada chechena, un ama de casa rumana, un abogado danés, un músico de rock de las islas Feroe, un joven colombiano que busca a su padre desaparecido en Europa, una violinista de calle italiana y dos mercenarios».
El público se acomoda en las gradas que flanquean una pasarela de madera donde se sitúa la tierra de las maravillas, ese occidente –simbolizado por la gran bandera de Dinamarca que cubre el escenario en un momento de la función– donde la gente come aunque no tenga hambre y bebe aunque no tenga sed, como dice uno de los personajes que intenta acceder a esa engañosa prosperidad en esta fábula futurista que apuesta por el valor innegociable de las víctimas.




