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Toda familia esconde un esqueleto en el armario, una momia en el desván, un espanto (espantajo a veces) en ese viejo arcón que antes o después acabará en rastro o almoneda. En el caso de la obra teatral que acabamos de ver en el Teatro Rojas y que itinera esta primavera por diversas localidades de CLM dentro de la programación de la Red de Teatros, una urna con las cenizas de la madre muerta es el catalizador de una trama donde nunca aparecen claros los límites entre la farsa y la tragedia, entre la socarronería y la ternura, entre el amor y el miserable interés. En un escenario minimal, que gravita como elemento vertebrador sobre un aparador sesentón saturado de objetos variopintos, con sólo dos personajes se ofrece todo un espejo que radiografía las miserias y grandezas de una familia de clase media, tirando a baja, de manera inversa a los legendarios espejos deformantes de la calle del Gato (en realidad, del poeta Álvarez Gato), puesto que este en lugar de desenfocar reenfoca y desvela la terrible trastienda de una estructura donde manda y une el egoísmo de la herencia.
Un hijo de 30 se reencuentra con su padre, un sesentón alcoholizado, tras la muerte de la madre en el piso familiar que ambos habían abandonado previamente: el hijo expulsado por el padre, el marido expulsado por la madre. A partir de ahí la trama sumerge al espectador en un mundo reconocible pero salpicado de constantes sorpresas, donde la acedía se alterna con el gag cómico (a veces, en el límite del esperpento) y nada es lo que parece. De hecho, se produce un doble arco de transformación en equis, lo que los retóricos clásicos denominaban «quiasmo», que nos desvela una inversión de roles entre el villano y el bueno. ¿Quién es el miserable en esta historia? ¿Cuál de los dos personajes? ¿Acaso la madre muerta, que flota en el espacio y en los diálogos desde una urna funeraria omnipresente y de la que escuchamos un parlamento grabado en el clímax de la obra? ¿Acaso todos o ninguno? Hay que verla, y ocasiones no van a faltar a lo largo de 2012 e incluso en el 13, en que recalará en Madrid.
Para que funcione una obra de estas características, se precisa un texto bien escrito y construido desde la perspectiva de la dramaturgia, donde la información se dosifique convenientemente y los puntos de giro aceleren periódicamente la trama. En este sentido, el texto del albacetense José Pascual Abellán es eficiente y revela perspicacia dramatúrgica y vida vivida. Quizá queda un poco en el aire el porqué de la expulsión del hijo del hogar diez años atrás. Los chistes, gags y comentarios cómicos descongestionan la gravedad de la trama, y se injertan en la obra con acierto, aproximándola a registros tan nuestros y a la vez universales como lo «valleinclanesco» o lo «berlanguiano». La dirección, codirección en este caso, la firman el propio autor y otro gran nombre del teatro español, muy vinculado en su trayectoria al legendario grupo Els Joglars, Lluis Elías. Contención, ritmo y eficacia podrían sintetizar este apartado.
Y sobre un buen texto, que lo hay en Cenizas, es fundamental el trabajo actoral. Guillermo Montesinos es un clásico de la escena y del audiovisual español desde los años 80. No es fácil hacer de alcohólico, un alcohólico además cordial y con buen vino (vino reforzado con la fiel petaquita de vodka, desde luego), en el caso que nos ocupa devoto también del coleccionismo: fascículos, infusiones, trofeos, maletas, platos de ciudades y despertadores, ante todo relojes de cuerda que alimentan su inútil pretensión de gobernar un tiempo que hace, o más bien, deshace con nosotros lo que quiere.
La réplica, el papel del hijo, proviene de un actor joven, como el autor y como el productor también castellano-manchego, el albacetense Antonio Campos. Antonio impone por su presencia escénica pero sorprende aquí por su registro cómico y ácido, que se entrelaza con la bonhomía bufonesca que destila la interpretación de Guillermo Montesinos. A priori, podría pensarse que un monstruo escénico como Willy se comería a un actor relativamente neófito. Más no es así. Toni Campos ha crecido mucho como actor en estos últimos años. Lo conocí, como al productor Carlos García Navarro, a comienzos del milenio, dedicados por aquel entonces prioritariamente al cine, en un par de proyectos escritos y dirigidos por el gran novelista Jesús Ferrero. Ya apuntaba maneras el entonces joven actor y modelo albacetense, pero es que ahora su autocontrol, su gestualidad y su dicción se han desarrollado hasta complementar en una sinergia constante de antagonismo con un actor del nivel y la experiencia de Willy Montesinos.
Unas palabras finales para ese promotor cultural, ese hombre del espectáculo, llamado Carlos García Navarro. Fundador e impulsor de Albacity Corporation, este albaceteño es un ejemplo de empresario cultural en sintonía con lo que en Europa se está ahora mismo desarrollando en el campo de las industrias culturales. Con un pie en Albacete y otro en Madrid, sin perder de vista desde luego a Toledo, desde Albacity está promoviendo productos culturales y espectáculos con gran sentido del arraigo, esto es: generados en y desde Castilla-La Mancha, pero con proyección nacional, sin incurrir nunca en un terruñismo que hoy día carece de sentido. Entre otros innumerables trabajos y proyectos, ha conseguido llevar a escena en años pasados dos producciones del nivel de Los cuentos de Canterbury y Los celuloides de Jardiel, previos a este Cenizas, con el que ratifica que en Castilla-la Mancha no sólo hay cantera para el cine y el teatro sino realidades granadas, cargadas ya de presente y ante todo de futuro.
Hoy que la precariedad disfrazada de economía predomina en casi todos los discursos, es oportuno recordar que las industrias culturales constituyen no sólo una prioridad estratégica sino un compromiso vinculante a nivel europeo. Producciones como Ceniza y proyectos como Albacity demuestran que es necesario y rentable a todos los efectos brindar apoyo a la cultura.





