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Lo que menos importa ahora es su nombre, pero pudiera haber sido héroe en tiempos antiguos o un superhéroe de cómic en tiempos actuales. Aunque los acontecimientos de Europa, y menos los de España, no eran los más propicios para prestar demasiada atención a este toledano, cuya memoria probablemente no irá más allá de ser referencia en un libro de Martin de Riquer u objeto del presente texto.
De él ignoramos todo: su principio y su fin; sus antecedentes o su familia. Eso si, disponía de unas condiciones físicas que lo hacían incombustible. En el Génesis se narra cómo hubo un tiempo sobre la tierra en el que vivían gigantes. Compitiendo con ellos, también ocupaban esa misma tierra hombres y mujeres, en constante lucha contra la naturaleza y entre ellos mismos. Se le llamaría con el paso de los siglos «homo sapiens». Y sucedió que los gigantes se unieron con las hijas de los hombres y, tras yacer juntos, estas alumbraron hijos de aquellos. Aparecieron así seres de unas cualidades excepcionales que serían héroes universales.
Una narración similar existe en las tierras de Egipto para explicar la ascendencia de los faraones. Gentes, según la versión del Nilo, de condiciones especiales tanto materiales como espirituales que les convertía en aptos y selectos para el gobierno de aquel imperio.
Por la Mitología conocemos cómo los dioses del Olimpo, en Grecia, aburridos de permanecer una o varias eternidades entre diosas tornadizas y caprichosas, (la divinidad, deshumaniza), buscaban el amor, mediante trucos y engaños, con mujeres de la tierra, más apasionadas y menos veleidosas. De su unión nacieron los héroes y semidioses de la Grecia clásica. ¿Es posible que en Toledo, a finales del siglo XVIII, permaneciera aún algún gigante superviviente de la expedición de Hércules o de Túbal? ¿Y que se casara con una toledana y tuvieran un hijo con las peculiaridades de un individuo especial?
Varios de los superhéroes de cómic actuales obtienen su condición extraordinaria por la acción mutante de una alteración genética. Es el caso de X-men, de Spiderman, Hulk, Daredevil o Watchmen. ¿Qué alteración se pudo producir en este toledano para que fuera incombustible? ¿Qué elementos múgatenos desencadenaron unas condiciones que le permitían soportar hierros candentes, fuego de velas o ácidos corrosivos?
Es julio de 1803 en un París revuelto como casi siempre y confiado como siempre. Para muchos españoles, París es ese espacio irreal al que se mira con la esperanza de encontrar un mundo mejor; o para huir de las persecuciones políticas tan frecuentes por aquí; o para esperar que los principios de la Ilustración, allí triunfantes, nos libren de la opresión y el desconcierto borbónico; o para salir de la incultura de unas doctrinas que promueven gentes de la condición de Fray Gerundio de Campazas. En su Escuela de Medicina se muestra a los científicos del momento el caso de un joven de 23 años, español, de Toledo, que es incombustible. Lo cuenta el periódico «Journal de Debats» y lo ratificará, en escrito dirigido al diario y publicado en el mismo, el médico forense y experto en medicina y cirugía, doctor Burard.
Según la crónica del día 18, el toledano está dotado de una especial insensibilidad física. Resiste el fuego y la corrosión. Los antecedentes, según traducción del intérprete, descubren que en Toledo fue introducido en un horno cerrado y calentado a 70 grados donde permaneció diez minutos. Se encontró tan a gusto en aquel cálido regazo que no quería salir. ¡Alhaja!
Las pruebas a las que se le somete, siguiendo el texto del «Journal de Debats», consisten en sumergir pies y manos en aceite hirviendo a 85 grados, sin quemarse. Incluso parece ser que se lavó el rostro con ese aceite. Hacerle pasar ambas extremidades sobre un hierro ancho y al rojo vivo, sin que quede señal. Tomar y hacer circular por su boca ácido muriático, nítrico y sulfúrico, también sin huella. Soportar el deslizamiento de una vela encendida durante un cuarto de hora sobre piernas y pies, sin atisbo de dolor o quemazón.
El doctor Burard ratificará la autenticidad de esas pruebas en un escrito posterior en el que asegura que «es imposible suponer ninguna especie de superchería por parte de este español». Además de los científicos asistentes y testigos oculares del fenómeno, el aceite, los instrumentos de hierro y los ácidos fueron calentados y preparados por miembros de la propia Escuela.
Este toledano hubiera podido ser un superhéroe de cómic actual, si alguien le hubiera prestado una historia que narrara las aventuras prodigiosas que pudiera haber protagonizado con sus condiciones excepcionales. O también si le hubieran dado los trazos precisos para ser dibujo de cómic. O, si en lugar de ser real, hubiera sido personaje imaginario. Los acontecimientos, sin embargo, aparcan cualquier elucubración. Cinco años más tarde de aquellas pruebas en París a un toledano desconocido, los españoles luchaban desesperadamente contra los franceses y su emperador Napoleón. Suficiente para dar al traste con cualquier proyecto. Suficiente para que la Historia empujara hacia el olvido a este toledano incombustible con las características de un personaje de cómic moderno.
Es probable, solamente probable, que, desde entonces, no haya existido en la ciudad un ser tan excepcional.






