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José Ovejero: «Los artistas somos
los bufones de la corte»

Día 07/06/2012 - 17.39h
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José Ovejero ha logrado el Premio Anagrama de Ensayo con «La ética de la crueldad». Un recorrido por la violencia convertida en forma de arte. En espectáculo

«Los escritores de hoy son, o aspiran a ser, habitantes de confortables apartamentos con aire acondicionado y conexión a internet, y muchos van a la oficina mientras llega el éxito que merecen.» Empecemos con una frase del prólogo del penúltimo libro de José Ovejero, que acecha como una sombra de la que él rehúye y donde no quiere verse reflejado ni por asomo. Por eso puede que haya tomado el camino menos grato, que sus últimos trabajos sigan el mismo hilo conductor y que este tenga que ver con el deseo de indagar en una cierta anatomía del mal. En Escritores delincuentes repasaba la biografía de unos cuantos autores de cuyas vidas se podría decir que son mucho más que radicales. Sobre ellos pesan hasta radicales muertes, asesinatosy estafas. En el Premio Anagrama de Ensayo, La ética de crueldad, que verá la luz en las próximas semanas, sigue enredado en la misma obsesión. ¿No es demasiado brutal tanta brutalidad? Nunca es suficiente.

Habla de ética de la crueldad, pero también de una estética de la crueldad, no se entiende la una sin la otra. O dicho de otra manera: ¿puede haber belleza en la crueldad?

No es posible separar totalmente el contenido de la forma. Hay una estética de la crueldad también, porque en la literatura, o en el arte en general, uno no se refiere o se dirige únicamente a la parte intelectual, sino también a las emociones. Entonces, desde el teatro de la crueldad o en tantas novelas o en tantas obras artísticas, estás queriendo llegar al espectador no solo a través de aquello que le estás contando, sino de todo aquello que le rodea.

Toda su argumentación parte de la tradición española, apegada a lo cruel y lo cruento. Usted, que vive fuera del país desde hace mucho, ¿se siente ajeno o forma parte de ella?

Yo llevo más de media vida fuera de España y sin embargo, y a pesar de una cierta distancia con la que miro nuestro país, me doy cuenta de que hay cosas en las que soy español. Y quizá una de ellas es la crueldad. En un determinado momento veo que hay gente que reacciona ante muchos de mis libros con cierto espanto: «Qué escena más brutal», «Qué brutal tal libro». Y me doy cuenta de que, en el fondo, formo parte de una tradición. Uno siempre forma parte de una tradición, quiera o no. Y cuando me proponen una conferencia sobre el exceso (de la que parte este libro), me doy cuenta de que está en mi obra, y es parte de toda la escenografía española. Y empiezo a estudiar, a intentar entender esa crueldad tanto en la vida cotidiana –las fiestas populares– como en las representaciones artísticas: Goya, la picaresca, Cela, tantos autores que se ocupan de lo cruel, que lo muestran. Es un intento de respuesta y de tratar de entender por qué seguimos utilizando la crueldad en el arte.

¿Y sin posibilidad de cambio o redención?

No pienso en el destino, ni tampoco en el carácter de las naciones. Hay una tradición que se va forjando debido a determinadas circunstancias históricas, que también pueden imponer una variación y un cambio, de tal manera que la conclusión a la que llego en el libro es que se puede utilizar la crueldad de una manera ética –de ahí el título–, transformadora, que no sea un mero espectáculo o una forma de adoctrinar desde el poder –hablo, por ejemplo, de las representaciones del infierno para asustar a la gente y que sea buena, que se comporte como debe–. Un intento de atacar al lector, al público, para que reaccione y se dé cuenta. Son una serie de cosas que no quiere saber, que esconde. Hay una crueldad creadora que puede ser una manera de rebelión.

Aunque el eje central del libro es la crueldad en sus muchas variantes éticas y estéticas, dedica un espacio a la cultura del espectáculo, de la que tanto se habla ahora. ¿Uno de los males de la sociedad contemporánea es el exceso de entretenimiento?

Creo que cada sociedad tiene sus males, sus puntos débiles. Yo no querría vivir en una sociedad del siglo XVIII o del siglo XIX, aunque no estuviesen tan entretenidos. Con la evolución, con el progreso, con el bienestar, hay muchas cosas que se consiguen y hay otras que se pierden, y creo que en nuestra sociedad tendemos a buscar la sobreprotección; a evitar el riesgo; a estar entretenidos; a no estar ni muy bien ni muy mal, porque estar muy bien significaría arriesgarse también a que pasasen cosas. Equivale a estar encerrados en nuestras casas viendo la televisión, con el mando a distancia en la mano, y evitar cualquier cosa que duela. Yo estoy convencido de que no puedes llegar a ser feliz sin aceptar también esa parte negativa, el dolor, etcétera. Y tendemos a vivir en esa apatía un poco tibia en la que nada nos puede pasar.

Otra vuelta de tuerca: ¿la crueldad, la violencia, también se convierte en una forma de entretenimiento?

Sí, en una forma de espectáculo más, que siempre ha existido. Hace no tanto tiempo, la gente iba a ver las ejecuciones, o sea, que no estamos peor que antes. Ahora lo que sucede es que asistimos a todo eso desde nuestra casa, a través de la televisión, y esa violencia espectacular lo que hace es procurarnos las emociones que no nos procura nuestra propia vida.

Convivimos con la violencia y los medios de comunicación siempre se debaten, y debaten, sobre si deben bombardear al público con imágenes de una violencia explícita. ¿Qué opina?

Mostrar o no mostrar es siempre una decisión difícil. Por ejemplo, cuando mataron a Gadafi, hubo un debate también: ¿deberían haber mostrado esas fotos o no deberían haberlo hecho? ¿Son parte de la información o no lo son? Está claro que atraen a un público, más que si no las muestras. Y aunque tú tomes la decisión por razones profesionales, porque te parece que son parte de la información, está claro que al mismo tiempo eso se está convirtiendo en espectáculo. Y además es inevitable: las mismas informaciones sobre el 11-S, todas esas imágenes que vimos, son información y son espectáculo. Es inevitable que se conviertan en espectáculo, debido también a su repercusión.

Habla de que mucha violencia muchas veces repetida narcotiza. ¿Estamos ya narcotizados por los siglos de los siglos?

Lo que cuento es que si ves treinta veces las imágenes del 11-S, dejan de afectarte. Si en su momento te asustaron, te produjeron dolor, al cabo de un tiempo la repetición pasiva –porque no es solo que lo veas varias veces, es que además estás en tu casa, no intervienes, no puedes influir en ello– hace que esa información se convierta en parte del espectáculo. Es inevitable, a mí no se me ocurre ninguna opción, salvo negarte a mostrar. Estamos en una época demasiado visual como para que ningún director de periódico se atreva a no mostrar imágenes de un acontecimiento de ese tipo.

En esta sociedad de espectáculo y entretenimiento, señala directamente a los escritores que, en buena parte, han perdido ese interés por generar reacciones, por querer actuar en el mundo.

De manera bastante radical, hay un pasaje del libro en el que digo que la literatura es el opio del pueblo, la famosa frase de Marx sobre la religión. Desde el fracaso de las grandes ideologías, desde el triunfo de la posmodernidad, parece que la literatura ya no tiene ninguna relación con lo real, y yo me niego a aceptarlo. Me niego a ese vivir en la superficie, a que la literatura sea mero juego, mera seducción. No tengo nada en contra, pero me niego a que solo pueda ser eso. Yo también juego, tengo libros más amables, más divertidos, pero no quiero verme limitado a eso. Lo que hago es buscar qué camino nos queda después del fracaso de la novela –digamos– didáctica, ideológica. Cómo puedes seguir hablando sobre lo real y discutiéndolo desde la literatura. Y creo que la crueldad es una de las formas. E intento hacerlo. Me inscribo en esa corriente de la literatura que aún busca un compromiso con lo real, pero no compromiso como adscripción a una ideología política, sino como el intento de cambiar algo desde el arte.

Cultura zombi, estética «gore», series de televisión de violencia desatada… Fenómenos de fans que frivolizan todo el imaginario y la imaginería en torno a la violencia y la crueldad que han dado el cine y el arte.

Es una banalización, un tipo de cine que en el fondo se comporta como la pornografía se comporta respecto al sexo. Está hecho para, de alguna manera, extraer toda emoción de algo íntimo y convertirlo en mera forma para nuestro entretenimiento, quitarle cualquier contexto. De todas maneras, este tipo de películas violentas ha existido siempre, y la sociedad lo busca como una especie de espectáculo catártico que permita volcar hacia el exterior la violencia que hay en la sociedad. Unas páginas del libro las dedico a esa imagen del bárbaro que aparece en nuestra literatura, aquel que nos puede atacar, que está fuera, que es peligroso, y al que destruimos: antes eran los indios, luego los negros; pero aquello empezó a estar mal visto y nos buscamos nuevas víctimas, extraterrestres, zombis, que podemos destruir sin ningún tipo de complejo. Entonces, las películas de zombis están muy bien en un sentido, porque nos permiten ser absolutamente violentos y brutales con ellos; al fin y al cabo, no son humanos.

El libro concluye con un capítulo dedicado a siete libros crueles y sus autores: Bataille, Elfriede Jelinek, Onetti, Cormac McCarthy, Canetti, Luis Martín-Santos. ¿Por qué estos y no otros?

José Ovejero: «Los artistas somoslos bufones de la corte»
Cormac McCarthy

Podría haber escogido más, pero quería tomar una serie de libros que me parecían de gran calidad todos ellos, que cada uno en sí merece la pena ser leído, independientemente de lo que queramos descubrir, pero que además muestran que cuando hablamos de crueldad no tiene que ir aparejada a la sangre y a la brutalidad física, sino que hay también una crueldad emocional… A veces, cuando se habla de libros crueles, algunos se mueven en los bordes del tabú y utilizan el sexo desaforado o la violencia brutal; y de lo que se trata, y lo que es esencial para mí, es que esa crueldad, esa ética, pretende desmantelar nuestras creencias, nuestros hábitos, nuestras formas de ver el mundo, a las que nos hemos acomodado sin pensar mucho, y poner en duda nuestra fe, que nos hagan pensarnos otra vez.

En esta lista hay autores cuya selección no sorprende, como Bataille o Jelinek, pero otros sí, como Onetti.

José Ovejero: «Los artistas somoslos bufones de la corte»
Juan Carlos Onetti

En Onetti no hay ningún tipo de violencia, ni nada por el estilo; pero si uno lee El astillero, lo que él hace es eliminar toda esperanza ficticia. En su caso va más lejos: yo diría que quita toda esperanza, sin más. Cualquier paso que da el personaje es un paso más que hace entender que la vida es una ficción; que nos engañamos a nosotros mismos; que engañamos a los otros; que el amor es una ficción. Está diciéndonos continuamente: «No te engañes, tu vida es una mentira». Hacer que se nos tambalee aquello a lo que nos aferramos es una manera de crueldad. También está la violencia puramente física de Cormac McCarthy y su Meridiano de sangre. Toda la ética de Estados Unidos la desmantela y la muestra como una pura historia de sangre y de codicia. Alguien dirá que es una exageración, que la gente no es solo así, pero es una manera distinta de mirarlo. Estamos acostumbrados a mirar las cosas desde un determinado punto de vista, y lo que hacen estos libros crueles es mirarla desde otro. Mirar la realidad por un microscopio y ver todo eso que a menudo no vemos en ella.

Solo elige un español, Martín-Santos y su «Tiempo de silencio», cuando podrían surgir muchos otros ejemplos más radicales.

José Ovejero: «Los artistas somoslos bufones de la corte»
Luis Martín-Santos

Tiempo de silencio tiene una mirada cruel sobre la España de la posguerra, absolutamente irónica, pero mostrando toda su miseria moral. Y eso es lo que me interesa, porque creo que los libros crueles son aquellos que van contra las convicciones de quienes piensan como el autor. Es muy fácil reírse del enemigo, de quien piensa de manera distinta. Lo emocionante es buscar los puntos débiles, lo ridículo, en las propias ideas, en la propia vida. Luis Martín-Santos, un hombre de izquierdas, mira la miseria moral del franquismo, pero a la vez no cae en el buenismo de tantos libros en que los obreros son buenos y generosos. No, mira a los pobres como mira a los ricos. La miseria moral está también en esa clase obrera que se supone que debería defender Martín-Santos. Ridiculiza su dolor y su brutalidad, y en ese sentido es mucho más cruel que si sencillamente se dedicase a criticar el franquismo, lo que sería mucho más fácil.

Cada uno de estos perfiles se corresponde con el de un «outsider», alguien incómodo para el sistema. ¿Usted se metería en este mismo saco?

José Ovejero: «Los artistas somoslos bufones de la corte»
Elfriede Jelinek

Los artistas somos como los bufones en la corte: caemos muy bien porque hacemos reír a una determinada parte de la sociedad, entretenemos. Cuando no lo haces, no eres aprovechable, no te pueden mostrar.

Pese a la dureza de los argumentos, no le veo como un pesimista radical.

José Ovejero: «Los artistas somoslos bufones de la corte»
Elias Canetti

Pesimismo no significa inacción. Hay un pesimismo de la fuerza, de la rabia, del no querer aceptar las cosas; de que primero, antes de construir nada, hay que destruir todo lo que es falso. A veces me preguntan: «¿Por qué eres tan pesimista?» Es pesimismo en el sentido de mirar todo aquello que no funciona, que es falso. Solo a partir de ahí puedes construir algo que no sea un mero maquillaje.

«La ética de la crueldad»

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