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75 años del desastre del dirigible «Hindenburg»

Día 24/03/2015 - 18.23h

El 6 de mayo de 1937 se produjo un hecho que cambiaría la forma de entender los viajes aéreos, la explosión del zepelín nazi más grande que nunca había surcado los cielos

Fue el mayor objeto volante de su época, lujoso y práctico, permitía atravesar el Atlántico en sólo pocos días. Sin embargo, un 6 de mayo hace 75 años, el dirigible Hindenburg se quemaba en los cielos mientras atracaba en el que era su destino, Lakehurst (Nueva Jersey) acabando con la vida de un tercio de las personas que iban a bordo y con los sueños de una aviación comercial basada en los zepelines.

El desastre, fue grabado por las cámaras situadas en tierra: gente lanzándose desde las ventanas intentando salvarse de las llamas, otros huyendo del lugar en el que el coloso iba a caer… sin duda, la del Hindenburg es una historia que sigue sin pasar desapercibida en nuestra época, a pesar de que otras como la del «Titanic» copen el imaginario colectivo. De hecho, ambas historias comparten multitud de similitudes.

El Hindenburg

Este dirigible, que se convertiría rápidamente en el orgullo del régimen nazi, se construyó en 1935 por la empresa Luftschiffbau Zeppelín, que había decidido ya integrar los dirigibles en la aviación comercial. La LZ, llevó a cabo la fabricación de dos aparatos similares, el Hindenburg, y el Graf Zeppelín II, ambos de unas dimensiones extraordinarias.

«Fue el artefacto volador más grande de la historia junto a su dirigible gemelo, el Gran Zeppelín II», explica Jesús Hernández, periodista e historiador catalán especializado en la II Guerra Mundial. «Medía 245 metros de largo, más que tres Boeing 747 juntos, y 41 metros de diámetro». Es decir, una extensión de 3 campos de fútbol y una altura de 16 pisos, unas medidas similares a las del colosal «Titanic», pero sobre el cielo.

Sin embargo, no todo en el camino de los alemanes fue sencillo a la hora de dar forma a este gigante volador, ya que desde el principio hubo problemas a la hora de encontrar materiales. Un claro ejemplo fue la dificultad para encontrar el gas que se utilizaría para elevar el aparato y que éste pudiera viajar a través de los cielos.

«Los alemanes diseñaron el Hindenburg para contener helio, pero los norteamericanos, que disponían de la casi totalidad de las reservas mundiales, no quisieron vendérselo porque no se fiaban de las intenciones de Hitler» determina Hernández. Sin embargo, finalmente recurrieron al hidrógeno, un material más inflamable que, algunos piensan, pudo sentenciar al dirigible, teoría que no comparte el historiados, «aunque este gas es inflamable, los alemanes nunca habían sufrido antes ningún accidente con él» sentencia.

Concretamente, este zepelín fue bautizado con este nombre en honor de Paul Von Hindenburg, el que fue el último presidente de la República de Weimar apenas pocos años antes de que Hitler tomara el poder en Alemania. Así, y habiendo nacido a expensas de lo que se convertiría en el régimen nazi, el Hindenburg pasó a convertirse en el orgullo del Führer.

En aquella época, y pudiendo alcanzar hasta los 130 km por hora, el Hindenburg era sin duda la forma más rápida de cruzar el Atlántico, al tardar aproximadamente dos días y medio en completar el trayecto. Por el contrario, la alternativa para los deseosos de sobrevolar este territorio eran los barcos de pasajeros, los cuales prorrogaban su viaje entre 6 días y unas emana completa en llegar a su destino.

Otro «palacio flotante»

El Hindenburg fue sin duda lo que se puede denominar todo un «palacio flotante» para la época, cual «Titanic» volador, ya que, aunque no podía contar con el lujo de un transatlántico, si disponía de más comodidades que otros medios de transporte aéreo como pueden ser hoy en día los aviones.

De hecho, el Hindenburg, que podía albergar a unas 100 personas, contaba con varias cabinas de pasajeros (las que incluían una cama, un pequeño armario y un lavabo), baños, salones desde los que se podía admirar el paisaje e incluso una sala de fumadores, todo un lujo si consideramos que cualquier chispa no prevista y controlada podía hacer peligrar la nave.

Un símbolo del nazismo

El Hindenburg, gracias a sus grandes dimensiones y la expectación que levantaba, pronto fue utilizado por Hitler como elemento propagandístico. « Hitler utilizó el Hindenburg profusamente para sus exhibiciones de poder, incluso lo hizo aparecer en los multitudinarios congresos del partido en Nuremberg» explica Hernández. «Para el resto de países suponía un objeto de admiración, al igual que el Graf Zeppelín, que despertaba entusiasmo allí donde llegaba»

Sin embargo, no hay que olvidarse de que, en aquellos años en los que el Hindenburg inició sus primeros vuelos (1936), la II Guerra Mundial aún no había estallado oficialmente y las relaciones entre los países, aunque tensas, no era todavía de beligerancia. «El Hindenburg era la cara amable del régimen nazi» afirma en este sentido el periodista español, «servía para ganar adeptos en el extranjero, sobre todo en el continente americano»

El desastre

Con más de 300.000 km de vuelo a sus anchas espaldas, el 6 de mayo de 1937, el Hindenburg, con 97 personas a bordo, se dispuso a atracar en la Estación Aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey. El dirigible, había realizado un vuelo de casi tres días desde Alemania y, en una noche tormentosa, se dispuso a tomar tierra para dar por finalizado su viaje, el cual, fue el último.

La maniobra de atraque de los zepelines no era sencilla, desde el globo, se tiraban maromas a tierra desde el morro, las cuales eran cogidas por los trabajadores, que, tirando de ellas, las fijaban al mástil de amarre. Este proceso, además de tedioso, era muy peligroso, ya que en ocasiones los cabos se elevaban junto con los trabajadores que los sujetaban y éstos morían tras caer varios metros. La maniobra para fijar al Hindenburg comenzó aproximadamente a las 19:25, y contaba con unos 248 obreros de tierra.

Sin embargo, justo cuando el Hindenburg había lanzado los amarres, repentinamente, los trabajadores observaron una chispa en la popa del dirigible (la parte trasera del mismo). En cuestión de segundos, y para asombro de todos los presentes, el zepelín se incendió y el fuego se extendió por todo el globo.

El desastre era inminente, el Hindenburg cayó a tierra en aproximadamente 40 segundos. En este desastre, además de las imágenes grabadas, nunca perecerán las palabras de uno de los reporteros que se encontraba allí en el momento del suceso, el americano Herbert Morrison, que no pudo contener su congoja y asombro y formó una frase recordada desde siempre «¡Oh, la humanidad!» («Oh, the humanity!»)

Desde tierra, también se pudo ver a los pasajeros y la tripulación intentado salvarse saltando al suelo desde una altura de 15 metros. De las 97 personas que viajaban abordo (36 pasajeros y 61 tripulantes) murieron 35 personas (13 y 22), todo un milagro para la magnitud del desastre.

El fin de una era

Después del desastre, se abandonaron los viajes en dirigible, lo que significó el fin de una era para la aviación. En palabras de Hernández, «se cancelaron los vuelos en dirigible con pasajeros. Tan sólo el Graf Zeppelín II llegó a hacer algunos vuelos de prueba con personal de la compañía a bordo».

«Fue un golpe muy duro para Hitler. El Hindenburg era un símbolo del poderío de la Alemania nazi y su destrucción puso en entredicho ante todo el mundo la avanzada tecnología germana, de la que el Tercer Reich hacía ostentación» sentencia el historiador.

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