Internacional

La ola que arrastra a todos

Día 06/05/2012 - 22.45h
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Hollande ha vendido con éxito un imposible: que Francia podrá conservar su mullido Estado del bienestar

Da igual el color político del mandatario. En esta azorada Europa, presentarse desde el poder a unas elecciones equivale a hacer las maletas. La ola de pesimismo que carcome la UE los va tumbando a todos como fichas de dominó. Berlusconi se vio forzado a dimitir; el PSOE naufragó con su peor resultado; el socialista Papandreu no resistió la purga de la intervención… Ha perdido también el presidente Sarkoky, dando crédito por una vez a la tambaleante ciencia demoscópica. El carismático hiperactivo que iba a renovar el pensamiento conservador, el reformista que pretendió sincronizar la hora de Francia con la de Estados Unidos, se va tras un único mandato. Jubilado a los 57 años, con Carla de la mano y el glamour de los soberbios trajes de Prada apolillado. Demasiado terrenal y polvorilla para el molde de efigie distante que dio empaque a las presidencias de la V República.

Nos asola una ola de desconcierto. La sensación de que Europa viaja hacia la irrelevancia, de que la prosperidad se ha mudado a Asia, pues les hemos cedido la iniciativa fabril y pronto, la creativa. Nos inquieta la certidumbre estadística de que a Alemania se le ha ido la mano con la ducha escocesa, que tonifica su potente anatomía, pero deja pulmonías severas en los enjutos cuerpos sureños (6,7% de paro alemán, frente al 10% de Francia y al 23,6% del enfermo español). Las generaciones del baby boom constatan perplejas que sus hijos vivirán mucho peor. La galerna es tal que hasta se puede aparcar la democracia por un rato para agarrarse a salvavidas engorrosos: los gobiernos tecnócratas de Italia y Grecia no han sido más que la educada resurrección del despotismo ilustrado.

Hollande, también de 57 años, es un aparatchick gris, un fajador tesonero con nula novedad teórica. Se divorció de Ségolène, adelgazó diez kilos, se cortó mejor los ternos y se puso institucional. Le llamaban El Flan, por su poca consistencia. Pero acaba de ganar, porque ha vendido con éxito un imposible: si volvemos al viejo recetario socialdemócrata, si le enseñamos un poco los dientes a la Alemania, se podrá conservar el mullido colchón del Estado del bienestar francés. Austeridad y keynesianismo a la vez. El círculo cuadrado, que acabará, lo veremos, en un lampedusiano y estéril «todo tiene que cambiar para que nada cambie». Una huida hacia delante frívola, porque en una Europa en recesión y endeudada hasta las cejas ya no hay dinero para pagar tanta munificencia social.

Pero los votantes se han aferrado a una ilusión. Valerie Triewiler, la novia periodista de François Hollande, podrá cambiar las cortinas de Bruni en el Eliseo. Francia resistirá el experimento socialista. Superó hasta las majaderías económicas del primer Mitterrand. Aún hoy, en la cuesta abajo, siete multinacionales galas figuran entre las mayores cien empresas del planeta (Total, Paribas, Axa, GDF Suez, EDF, Sanofi y Societé Generale). España solo tiene tres (Santander, Telefónica y BBVA). Cuentan con una población respetable (65 millones), unida entorno a sus valores patrióticos y con un modelo educativo único, de Biarritz a Lille. Pese al sarpullido de la inmigración, tan presente en la campaña, sus problemas endémicos resultan livianos comparados con el pulso territorial que tensiona España, o con la tómbola de nuestros 17 reinos de taifas.

Francia cree en Francia. Tiene orgullo de Francia. No es ajeno a la caída de Sarkozy el hecho de que S&P rebajase en enero la nota del país. Lo que aquí se ha vivido como una anécdota, allí supuso una conmoción nacional. Tampoco ha gustado el cortejo sumiso de Nicolás a Angela, antítesis de la periclitada grandeur. Anestesiada por Hollande, Francia seguirá ahora con su dulce declinar. La regeneración que prometía Sarko se quedó en poco: sobreactuación, muecas enérgicas, escenografía Camelot con la modelo-cantante. Nunca se atrevió a aplicar el recetario liberal por el que fue elegido. Las medias tintas sin crecimiento no han llegado para sostener un caudillaje efectista, que en su epílogo se tornó cargante para muchos galos. Reagan era un actor que fue un gran presidente. Francia buscaba un gran presidente y se topó con un actor.

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Agustinito

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