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Desenmascarando a José Bretón

Un informe psicológico de la Policía detalla el control de sus emociones y discurso; subraya su incoherencia frente a lo que sucede y tilda su separación de Ruth como un trauma que altera su orden vital con «consecuencias imprevisibles»

Día 06/05/2012 - 10.33h

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Las tres sesiones de interrogatorios que esta semana han vuelto a situar en primer plano la desaparición de Ruth y José Bretón Ortiz han dejado, entre otras, la idea de un padre, José Bretón, en prisión desde el 21 de octubre acusado de ser el responsable de la ausencia de los críos, atrincherado en su versión inicial —la pérdida en el Parque Cruz Conde—. Sin ceder un ápice en su postura, e incluso arremetiendo contra juez y Policía, a los que instó a buscar a sus hijos en lugar de seguir endosándole «mentiras». Y todo ello, pese a la cascada de indicios y contradicciones que desmontan su coartada, pero no terminan de desvelar el secreto: su paradero.

Apenas siete segundos reales ante los objetivos de las cámaras, tras la salida de su tercera comparecencia (más de tres horas) ante el juez que instruye el caso, no tendrían que ser catapulta al foco permanente. Sin embargo, José Bretón (Córdoba, 1973) sigue siendo el foco. Continúa manejando la escena siete meses después y tras más de 5.500 folios de sumario, un centenar de horas de rastreo policial en Las Quemadillas e infinidad de diligencias e investigaciones.

Él lo sabe. Incluso en el afán de solidificar más su versión, el pasado miércoles —ni siquiera su abogado le interpeló para ayudar a rebatir los alegatos de acusación y togado— fue capaz de cuestionar algunos de los detalles aportados por su familia directa, desarbolada y amenazada, pero que desde su anciano padre al hermano más pequeño realizó una defensa numantina de José ante Rodríguez Lainz, el titular del Juzgado de Instrucción 4 de Córdoba.

El hieratismo de su rostro mantiene a la Policía sin parpadear. La instantánea de Bretón en la puerta de la Ciudad de los Niños, con un cartel de sus hijos tras su rostro impenetrable y críptico, en la reconstrucción in situque le obligó a realizar el juez en octubre simboliza una férrea máscara que se antepone a la verdad. Un telón sin fluctuaciones emocionales sobre el que psicólogos y psiquiatras no hallan orificio claro por donde horadar.

No obstante, el meticuloso trabajo policial lo intenta y aporta algunas claves para acercarse a esa verdad.Un ejemplo es el informe que la Sección de Análisis de Conducta de la Policía realizó hace dos meses a instancias de la Unidad de Homicidios y Desaparecidos, tras la segunda declaración ante el juez del padre de Ruth y José el 16 de febrero. También durante más de tres horas y que fue grabada en vídeo por las cámaras de la sala de vistas donde se le interrogó.

Un minucioso análisis de los elementos de comunicación verbal y no verbal del acusado —con limitaciones— que las imágenes permitían por su calidad. La lupa sobre la posición del cuerpo de Bretón en la silla donde compareció tras ofrecer de entrada una actitud colaborativa una vez que lo despojaron de los grilletes y afrontaba el cara a cara con la Justicia. Sobre los movimientos realizados con la cabeza, el tronco, las piernas y las manos e incluso el uso que hizo del espacio propio, pese a que no se pudo despegar de la silla en los 180 minutos en los que repelió más de 400 preguntas. El tono, su volumen, los silencios, la «coherencia entre los factores verbales y los no verbales en relación a la situación y al contenido del discurso», clarifica el informe.

Las conclusiones son tajantes. «José Bretón muestra un comportamiento totalmente incoherente con el esperado en un padre en su misma situación y que no tuviese ninguna responsabilidad en la desaparición de sus hijos, más allá de los sentimientos de culpa por habérsele perdido a él», dice el informe. El pensamiento está en la calle. Ni transmite rabia, ni frustración, ni impotencia, ni su estado de ánimo está afectado... Ni tan siquiera parece inmutarse cuando la tensión alcanza su punto álgido en los interrogatorios y a medida que pasa el tiempo sin noticias de los hijos que dijo haber perdido.

Por contra, estos especialistas policiales sí advierten de una tremenda capacidad de control de su discurso y su limitada expresividad, que sólo se rompe en momentos en los que las contradicciones afloran o le tocan temas y hechos muy puntuales, lo que sí da resquicios por los que entrar a los psicólogos.

Su «punto fuerte»

«Muestra una capacidad notable para integrar en un discurso lógico cuantos elementos van surgiendo en la investigación de los hechos y para hallarles una explicación lógica. Se muestra Bretón así locuaz, hábil y rápido en el discurso lógico, con lo que irle enfrentando a meros indicios no le supone una gran dificultad de superación. Confrontarle con contradicciones no hace mella en sus estrategias verbales defensivas, a la vez que refuerzan su seguridad según va superando las diferentes pruebas», insiste el estudio de la Sección de Análisis de Conducta de la Policía. Este es el «punto fuerte», como dice el propio informe de un hombre de apenas 1,65 metros de estatura y escasos 60 kilos de peso sobre su «capacidad personal y estrategia defensiva».

En aquel interrogatorio del 16 de febrero su tono es siempre monótono, y da lo mismo, a priori, qué se le esté diciendo, qué hechos se le imputen y de qué magnitud (hacerle responsable de la desaparición de sus propios hijos). Tono emocional plano. «Un comportamiento poco natural, forzado o controlado. No es coherente la expresión verbal con el contenido verbal de sus afirmaciones», recoge este análisis sobre aquella comparecencia.

Por ejemplo, ni cuando él mismo llega a decir en ese interrogatorio que «tenía que dar pasos forzados para que la relación no se rompiera» o cuando su esposa Ruth Ortiz le dice que en una visita a un psicólogo se le califica a él de «psicópata» o «lobo con piel de cordero», su rictus es invariable.

La compleja mente de José

Mucho se ha hablado de la psique y la mente de José Bretón. De sí sufría trastornos mentales. Los informes periciales encargados a expertos del Hospital Reina Sofía y el Instituto de Medicina Legal de Córdoba que obran en el sumario, y parcialmente desvelados por José María Sánchez de Puerta, letrado del padre de los niños, apenas si concluían con claridad en un perfil manipulador y de inteligencia superior a la media. Otras fuentes clínicas consultadas por ABC y que han participado en el caso explican que en esos informes sí se recoge que Bretón puede presentar rasgos de diferentes patologías y trastornos, no tal vez con la suficiente entidad de atribuirle una o varias de forma rigurosa. Quizá ese terreno pantanoso no añade sino más sombras que luces a su comportamiento.

El trabajo de análisis de las imágenes sí dan con un pequeño «desliz» en el férreo control emocional de Bretón. El ligero gesto de apretar los labios, introduciéndolos levemente hacia dentro. Un signo «propio de un proceso mental de máxima concentración en lo que se va a manifestar inmediatamente», especifica el documento, que se observa cuando le preguntan sobre su viaje de Huelva a Córdoba el lunes 26 de septiembre y su presencia en la finca de Las Quemadillas sin que nadie conozca el paradero, donde se contradice al negar los hechos; o cuando se le mencionan los peluches que llevaban sus hijos el día de autos o se le refieren las ropas que pudo quemar en la hoguera u otras circunstancias acontecidas en las enigmáticas tres horas que estuvo en su parcelación el 8 de octubre.

La Policía interpreta que este gesto busca concentrarse en las respuestas sobre cuestiones que pueden ser relevantes. Cuando titubea, Bretón baja el tono y alarga las vocales, «en un intento de proporcionarse tiempo para pensar las respuestas», o emplea expresiones del tipo «es muy fácil», «le contesto fácilmente», «lo explico muy fácil»... Tiempo, tiempo para hilvanar, según estos informes, un discurso coherente metiendo incluso elementos que pudieran desmontar su versión.

Pero como parece que apuntaron en su interrogatorio del jueves algunos de los presos de confianza que vigilan a José Bretón dentro del régimen antisuicidios fijado por la Prisión de Alcolea, la «obsesión» con Ruth, su mujer, es otro pivote central de la historia. Así lo muestra el análisis psicológico policial cuando estudia la reacción del imputado ante la separación. Él llega a decir que le «pilló por sorpresa», que le suponía un «cambio radical en su vida» e incluso tilda de «hecho traumático que lo dejen a uno». Aunque estas expresiones siguen el tono plano de toda su intervención, para la Policía sí es llamativo confrontar ese acento sobre esos hechos con la personalidad de Bretón: «un individuo muy controlador de su ambiente y de sus “manías” que pudieran ser incluso obsesivo compulsivas», agrega el análisis psicológico.

«Es muy importante tener en cuenta que en este tipo de personas, las circunstancias vitales que ponen en peligro el orden establecido en sus vidas pueden funcionar como un disparador de todo tipo de conductas encaminada a restaurar el orden o, en caso de imposibilidad, de rebelión contra la causa a la que se atribuye el cambio», concluye en trabajo policial que añade una frase muy significativa. «El desmoronamiento de su proyecto vital puede convertirse en un trauma al que pueden responder de modo imprevisible».

Que tras meses de la desaparición en extrañas circunstancias de sus hijos, y tras otra bolsa de meses en prisión por considerársele responsable, Bretón no muestre impotencia y desesperación como padre al ser señalado, o exprese rabia ante la «imposibilidad de convencer a quien le está acusando»; o hasta incluso verse sumido en síntomas depresivos mientras contempla cómo pasa el tiempo sin que nada se esclarezca, si como sostiene, es inocente, ayuda a la Policía a creer que existe una «destacadísima incoherencia entre su comportamiento, aparentemente colaborador, con las circunstancias reales de la situación». Por el contrario, José Bretón, según sus investigadores, parece adaptarse a la vida en prisión, mostrando una actitud colaboradora siempre desde su versión inicial, que tiene aprendida como si fuera más un discurso que un recuerdo que se extrae de la memoria.

El pasado miércoles, la abogada de Ruth Ortiz calificó su comportamiento de «nervioso», algo agitado. Con ella mantuvo numerosos rifirrafes. Incluso con el juez. Declaró tras permanecer nueve horas en el calabozo de la sede judicial central de Córdoba... Pero no se movió ni un ápice. Y la máscara sigue impertérrita.

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