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«Juego de tronos»: fantasía de Invernalia

En Invernalia, sus personajes y luchas de poder profundiza el ensayo «Juego de tronos», que Errata Naturae publicará el día 14. El historiador Pierre Blanc, coautor del libro, nos da las claves de este universo cuyos fans se cuentan por miles

Día 03/05/2012 - 14.13h

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Los fans de las verdaderas y falsas Edades Medias de la literatura, el cine y el cómic estábamos divididos ante los sucesivos avances televisivos: ¿qué preferiríamos finalmente: Camelot, la serie de la cadena Starz, con Joseph Fiennes en el papel de Merlin, la extraordinaria Eva Green como Morgana y un James Purefoy increíble, al que adoramos desde Roma, en el papel de rey Lot, o Juego de tronos?

«Juego de tronos»: fantasía de Invernalia
«Camelot»

Para hacernos la elección aún más difícil, algunos fans ponían en la balanza otra serie también «intensa»: Los Borgia, con varios pesos pesados en nómina: Jeremy Irons, Derek Jacobi… y una compleja historia basada en la novela homónima de Mario Puzo, autor de El Padrino. Camelot ofrece tanta fantasía como Juego de tronos; Los Borgia, a su vez, era pura conspiración: Roma, como Desembarco del Rey, es terreno pantanoso.

«Juego de tronos»: fantasía de Invernalia
«Los Borgia»

Pero quizá ya hemos visto y leído demasiadas aproximaciones a la época de Arturo y a los papas de finales de la Edad Media y comienzos del Renacimiento. Y hay, para los fans más acérrimos de la fantasía, algo «muy oscuro», que atrae, en Juego de tronos. Y varios personajes más que seductores (del Gnomo a Daenerys), entre los que destaca uno que, por torturado, despierta tanto nuestras simpatías como, a veces, también, por qué no confesarlo, nuestra irritación: Lord Stark, cuya espada tiene un nombre tan frío como, aparentemente, su carácter: Ice, hielo… forjada, según creemos, en ese mítico acero de Valyria, la antigua, y ya desaparecida, capital del Imperio.

«Juego de tronos»: fantasía de Invernalia
«Roma»

Al actor que da vida en la serie a Eddard Stark ya lo conocíamos empuñando espadas medievales. Como un gran Boromir, en la famosa trilogía El Señor de los anillos. Y como el caballero mercenario Ulric en la mucho menos conocida Black Death, de Christopher Smith: peste bubónica, una Inglaterra medieval, un aprendiz de monje, brujería, muertos que reviven… Sí, podría ser un capítulo de Juego de tronos.

Sean Bean es un Lord Stark «ideal», alguien que encaja a la perfección en una gran obra televisiva que el autor de los textos de base, George R. R. Martin, ha definido de este modo: «La televisión está llena de series de abogados, médicos y sitcoms, pero, en cambio, la fantasía es algo que por mucho tiempo ha quedado restringido al ámbito de los libros. Cuando algo así llega a la televisión se encuentra con un montón de fans hambrientos».

Sí, somos fans de Juego de tronos. Del decano de la Universidad de Stanford, como él mismo ha confesado, a las decenas de jóvenes que ayer mismo, en Beaubourg, se disfrazaban de «hijos de la Casa Stark» para celebrar su particular fiesta de Halloween. También lo es el propio Bean: «Acepté este papel después de leer el libro. Era excitante, lujurioso, peligroso, arriesgado… Me encanta interpretar este tipo de personajes que pasan su tiempo montando a caballo y blandiendo grandes espadas, que lucen impresionantes barbas y visten ropajes impecables. Puedo asegurar que el tamaño y la ambición de Juego de tronos no tiene nada que envidiar a El Señor de los anillos. El detalle, los decorados, el vestuario, todo en esta saga tiene tal exquisitez, que las comparaciones serían absurdas».

Invernalia. Allí vivían todos los Stark cuando eran felices. Incluso el taciturno bastardo (otro personaje fascinante) Jon Nieve. Invernalia es una fortaleza y una Casa. Su escudo es un lobo huargo gris sobre fondo blanco.

El Muro de Adriano

Cualquier lector de Martin (y en la serie lo vamos averiguando poco a poco) sabe que los Stark descienden de Brandon el Constructor, quien alzó el Muro (ese «sosias» del Muro del emperador romano Adriano) y colocó la primera piedra de Invernalia.

Es muy interesante ese papel de viejos y nuevos héroes, esa Tradición. Jacques Le Goff ha reflexionado sobre ella en Héroes, maravillas y leyendas, un ensayo que sirve de perfecta apoyatura para leer «desde dentro» el mundo de Juego de tronos.

Para Le Goff «lo imaginario desborda el territorio de la representación y es arrastrado más allá por la fantasía en el sentido estricto de la palabra. Lo imaginario construye y nutre leyendas y mitos. Puede ser definido como el sistema de los sueños de una sociedad, de una civilización que transforma lo real en visiones apasionadas de la mente. Lo imaginario también tiene que distinguirse de lo simbólico».

¿En quiénes pensamos cuando pensamos en la Mano del Rey a quien cortarán la cabeza? Hasta ese momento, hasta esa tragedia, habremos recordado al Roldán de Francia, al Cid de España, al Lancelot, u otros caballeros de la Tabla, de Gran Bretaña. Y habremos visto lobos cuando pensábamos en zorros y unicornios. Como en Arturo y Carlomagno… Nuestro bagaje de niños grandes, crecidos en el territorio de la fantasía, se mezclará con nuestros conocimientos de la historia real.

Le Goff subraya la importancia de lo imaginario en la historia, y muestra que si bien la Edad Media creó héroes y maravillas destinados a hacer soñar durante mucho tiempo, casi siempre sublimó las realidades sociales y materiales de la época: caballeros, amor, juegos y espectáculos, mujeres excepcionales.

¿No recordáis a Isolda? ¿Cuánto hay de Isolda en la Daenerys enamorada del bruto Khal Drogo? No son Tristán e Isolda, más bien Cleopatra y Marco Antonio. O, mejor, una postCleopatra del Tiempo de los Dragones, de la Sangre del Dragón.

¿Y cuánto hay de Guillermo de Aquitania en algunos de los reyes y señores más cuerdos, más cabales, de Juego de tronos? Incluso los salvajes al norte del Muro recuerdan a los vikingos a los que tuvo que enfrentarse en Aquitania y Auvernia. René Poupardin y Allen Mawer nos han contado esa época de modo magistral.

Como también lo hiciera Umberto Eco en otro de los textos que parece haber servido de referencia a Martin: El nombre de la rosa. Y no sólo por las peripecias de investigaciones y misterios de ambas obras, sino porque uno y otro (Martin siguiendo a Eco) parecen invertir el sentido de La ciudad de Dios de san Agustín, donde «se enfrentan» la Ciudad Celestial y la Ciudad Pagana: en Juego de tronos, como en la novela de Eco, la justicia, el amor y la paz, «la verdadera vida», parecen estar en el lugar menos esperado: Invernalia, «lugar oscuro», como lo define uno de los Lannister.

Sin embargo, el jefe del clan Stark actúa más como guerrero que como erudito. Y no hay libros (al menos no en la serie televisiva) en Invernalia. Solo espadas y palabras.

Un guerrero, un soldado

Los fans hubiéramos deseado que la Mano del Rey Stark fuera un poco Guillermo de Baskerville (protagonista de El nombre de la rosa) para sus hijos. Pero es, más bien, un guerrero. O un soldado. O, mejor dicho: un caballero preso de su honor. Que solo mancillará para tratar de salvar a sus hijas. Y el honor, según escribiera Oscar Wilde, no deja pensar con claridad…

De Baskerville, sin embargo, es un hombre culto, en realidad un «detective». No en vano su nombre procede de la novela holmesiana de Arthur Conan Doyle El sabueso de los Baskerville. Un detective, alguien que indaga y averigua, según Borges y Bioy, y luego revela.

Y aunque Stark consigue saber que Joffrey es heredero ilegítimo del rey Robert y consigue saber también quién es el bastardo que debería, paradójicamente, heredar el Trono de Hierro, se equivoca al revelar la verdad. Es, como casi siempre, inoportuno… Aunque ahí (perdonad la broma) por última vez.

No ha leído, seguramente, las historias de Beowulf, ni la Biblia ulfilana. Ni las sagas germánicas. En todos esos relatos habría aprendido a no errar así. Él, Eddard Stark, ha sido concebido como un héroe trágico más, como un verdadero personaje de saga, pero se le ha negado la vida más allá de las primeras páginas, más allá de los primeros compases de una historia que presuponemos muy, muy larga.

Eddard Stark no conoce a Sigfrido ni conoce la historia de Hildeburh, princesa de Dinamarca cuyo marido, rey de los frisios, mata a su hermano, que a su vez ha dado muerte a un hijo de los dos, según nos recuerda Jorge Luis Borges. De haber conocido esta historia, habría sabido «mejor» cómo sobrevivir en los Siete Reinos.

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