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Los «conversos» del chándal

Chávez se declara ferviente católico al tiempo que acosa a la Iglesia venezolana. Su amigo Fidel pasa del ateísmo declarado a hablar con el Papa sobre asuntos religiosos. Parece que la enfermedad ha hecho aflorar en ambos un repentino temor de Dios

Día 15/04/2012 - 06.15h
Los «conversos» del chándal

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¿Sigue siendo ateo Fidel Castro? ¿O se ha reencontrado con las enseñanzas jesuitas de su niñez y es ya un católico secreto? Si en su ánimo ha germinado la fe, ¿se la guardará para él o podría salir del armario y rezar en público, como su correligionario (quién sabe si en más de un sentido) Hugo Chávez? ¿En qué cree a día hoy el viejo comandante? ¿Planea el Espíritu Santo sobre el otoño del patriarca?

He aquí la clase de especulaciones que se dispararon con motivo de la reciente visita de Benedicto XVI a Cuba, y más aún de la entrevista fuera de programa que Su Santidad mantuvo con Fidel Castro. Estaban previstos tres encuentros con su hermano Raúl, actual gobernante «de facto». La reunión con Fidel fue hasta el final un asunto lleno de suspense y, cómo no, de morbo. ¿Qué se dirían el representante en la Tierra de San Pedro y el que pretende ser uno de los últimos profetas (retroactivos) de Karl Marx?

Disputa teológica

«¿Qué hace exactamente un Papa?», ha trascendido que le preguntó Fidel a Benedicto. ¿Se lo preguntaba con candor o con retranca? No es ni siquiera nueva bajo el sol la teoría de que el comunismo parte de una raíz utópica semejante a la del cristianismo, del que sería para unos la réplica laica, la versión sin Dios, y para otros el monstruo de Frankenstein, la versión que pone en el lugar de Dios la tiranía. No nos olvidemos además de que los jesuitas que educaron al niño Castro tienen alguna tradición de rebeldía frente a la autoridad papal. ¿Es concebible que Fidel llegara a mantener disputas teológicas con el Sumo Pontífice?

Hay quien corta todas estas especulaciones por lo sano. Por ejemplo Alina Castro, la hija díscola del dictador fugada a Miami, descarta toda posibilidad de conversión «porque mi padre se cree que es inmortal». Un punto de vista interesante que va bastante más allá de los que ven en el acercamiento de La Habana al Vaticano un mero cálculo político.

Es en verdad políticamente llamativo cómo el castrismo pasó en muy poco tiempo de declarar Cuba como un Estado oficialmente ateo a coquetear con la Santa Sede. En 1991, coincidiendo significativamente con la caída de la Unión Soviética y el inicio del «período especial» cubano, se derogó la cláusula que identificaba el país como ateo (ni siquiera laico) y se levantó el veto a los católicos para formar parte del Gobierno. Hoy en día varias personalidades relevantes del régimen ostentan esa fe. Por ejemplo, Eusebio Leal, el historiador oficial cubano que lleva años dirigiendo la restauración de La Habana Vieja.

Peter Kornbluh, director del Cuba Documentation Project en el National Security Archive de Washington, sostiene que la visita en 1998 de Juan Pablo II fue un acontecimiento y una oportunidad para el régimen castrista, ávido de reconocimientos internacionales alternativos y de voces autorizadas que condenaran el embargo de Estados Unidos. Lo condenó Juan Pablo II, y lo ha condenado Benedicto XVI, a la vez que cuestionaban públicamente el marxismo y pedían y obtenían mayor flexibilidad del régimen. Por ejemplo, la recuperación en 1998 de la Navidad como día festivo, y ahora la del Viernes Santo.

Visitas papales

¿Es suficiente compensación para unas visitas papales que a veces han merecido durísimas críticas desde el exilio cubano de Miami, decepcionado porque la Santa Sede no adoptara una actitud de total beligerancia anticastrista, de faro de la disidencia? «De la libertad religiosa provienen todas las demás», ha advertido Benedicto XVI, y los observadores internacionales parecen darle la razón. El Vaticano fue discretamente determinante para la excarcelación de presos políticos cubanos llegados a España en los últimos años. Y ahora podría estar siéndolo, a juzgar por todos los tam-tam, para desbloquear un posible canje de espías cubanos presos en EE.UU. a cambio del contratista norteamericano Alan Gross, preso en la isla.

«En estos momentos la Iglesia católica tiene más influencia en Cuba que Estados Unidos, que España y que toda la UE; no hay otra organización que tenga el peso que ella tiene cerca del poder y sobre el terreno, pueblo a pueblo», constata Kornbluh, quien ve en los líderes católicos en la isla un «eficaz» agente de primer orden para las reformas y la futura transición democrática. De la misma opinión es Alberto Coll, profesor de la DePaul University de Chicago, antiguo asesor del Gobierno del presidente Bush padre: «La Iglesia tiene un papel importantísimo en Cuba, no tanto como lo tuvo en Polonia, pero sin duda es la organización más importante».

Para poner en valor sus opiniones merece la pena conocer la historia personal del profesor Alberto Coll, especialista en Cuba muy a su pesar. Nacido cubano, emigró de la isla con trece años. Hoy en día es ciudadano estadounidense, pero su primer destino no fue Estados Unidos, sino España, donde pasó años interno en un colegio católico, la religión en la que le crió su madre. A día de hoy Coll se declara anglicano, pero conserva el conocimiento del catolicismo cubano y la capacidad de enjuiciar lo que está pasando en Cuba desde una perspectiva no solo política.

Buscando un encuentro

Sin negar los evidentes beneficios políticos que Castro espera obtener de su acercamiento al Vaticano, y de la sutil partida de mus que lleva años jugando con sucesivos Papas (tú cedes en esto, yo en lo otro), Coll está convencido de que en todo este asunto se agita una pulsión espiritual real. Un sincero prurito de fe. «No creo que Fidel se haya convertido, pero sí que se está reencontrando con las inquietudes de su niñez, con la convicción de que no todo se explica por lo material», afirma. Coll cree que los actuales rumores de conversión no tienen fundamento y que no es probable que lleguen a tenerlo. «Pero si Fidel se convierte, lo dirá», advierte.

Para él, el caso se parece y no se parece al del mandatario venezolano Hugo Chávez, él sí, un católico veterano y hasta estridente. Cuando Chávez volvió recientemente a Cuba para tratarse su cáncer coincidiendo de lleno con la visita papal, no faltó quien se preguntara si no estaría tratando de forzar él también un encuentro… que en todo caso no se produjo. Poco ansioso debe de estar el Vaticano de alternar con quien insulta a los obispos venezolanos que le critican, tildándolos de «diablos con sotana». Y es que Chávez será católico y le rezará a Dios que le dé vida, pero vida sobre todo para dar caña a cualquiera que discuta su poder. Y, como nos recuerda Karen Hooper, analista de Stratfor Forecasting Inc, Venezuela y otros países de la región «temen a la Iglesia católica porque ven en ella una fuente de poder externo que puede influir en sus poblaciones, temen que les desestabilice».

¿Por qué Fidel Castro no lo teme? En los últimos años el comandante ha mostrado un gran interés por la llamada teología de la liberación, igual que Chávez. Pero a diferencia de este, al estudio de la vena social de la Iglesia ha superpuesto un elemento más personal y más mesiánico, místico incluso.

Religión y antiimperialismo

Alberto Coll apunta que el comandante «tiene un respeto sincero por la figura del Papa, un interés genuino». ¿Llega ese interés hasta el punto de la identificación, de medirse con él? No olvidemos que en el continente americano el catolicismo es la religión «antiimperialista» por excelencia, la fe de los latinos en contraposición con las variantes de protestantismo que caracterizan a las clases dominantes de EE.UU. Karen Hooper redondea la cuestión con este apunte interesante: «Fidel ha adoptado el rol de sabio consejero para Cuba y para el resto del mundo. Se ha establecido a sí mismo como el gran patriarca de la izquierda latinoamericana. Una conversión religiosa, real o ilusoria, encajaría de lleno en este rol». ¿Sueña el comandante, a su manera, con subir a los altares?

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