En Vídeo
En imágenes
Me temo que el asunto del terror y el horror escritos no pasa por su mejor momento. Así como en su momento el éxito e impacto sociológico de la novela y filme El exorcista impulsó a un muy joven Stephen King a probar si le salía bien eso de asustar porque, de pronto, había un buen mercado para el escalofrío; ahora el huracán George R. R. Martinha empujado a nuevos escritores a los terrenos de espadas y brujerías del fantasy, del mismo modo que hace años Thomas Harris convirtió y obligó a muchos narradores al culto al asesino en serie. Y, ah, abunda la carne podrida de tanto zombi descerebrado. Por lo demás, los monstruos ya no son lo que eran y, como bien dijo King, las novelas de la saga Crepúsculo no tratan de vampiros, sino «de la importancia de tener novio».
Más allá de lo anterior, caben detectarse y celebrarse «brotes negros», y el éxito de la muy claramente influida por King –pero acaso un tanto extrema y descontrolada en su constante proliferación de espantos– serie televisiva American Horror Storyquizá clave una estaca en esa tontería que es True Blood y posea a toda una nueva generación de futuros terroristas. De ser así, espero que tengan presentes las enseñanzas de King. A saber: «Terror es ese calculado crescendo camino de ver al monstruo. Horror es ver al monstruo». Es decir: 90 por ciento de terror y 10 por ciento de horror.
Joe, el hijo
Mientras tanto y hasta entonces, algunas recomendaciones… El nórdico John Ajvide Lindqvist, quien se hizo merecidamente célebre con Déjame entrar y continúa firme y seguro con Descansa en paz y El puerto. Los horrores latiendo en el espanto de la Gran Depresión de Robert Jackson Bennet en Mr. Shivers, The Company Man y The Troupe. Glen Duncan muestras los dientes con El último hombre lobo. Los policiales diabólicos de John Connolly protagonizados por el sufrido detective Charlie Parker. Las variaciones sobre el aria de lo siniestro de Kelly Link. Y Joe Hill –seudónimo del hijo de Stephen King– como el un tanto derivativo pero aún así encomiable heredero de los trucos y magias de su padre.
Estamos a la espera de «Dr. Sleep», la continuación de «El resplandor»
Y hay muchos otros, claro. Hay tantos ojos en el bosque como árboles. Pero los árboles no dejan ver al bosque. Por lo que quizá lo mejor sea seguir el mapa de un especialista a la vez que maestro de la cuestión que nos evite tantos enanitos y nos lleve directamente a las fauces de los mejores y más felices hombres-lobo.
Máxima influencia
El inmenso Peter Straub –autor de Fantasmas y de la Trilogía de la Rosa Azul, socio de King a la hora de firmar El talismán y Casa negra, y en más de una ocasión maliciosamente definido como «un Stephen King para seres pensantes»– ha ido elaborando a lo largo del tiempo varias antologías decisivas: sus American Fantastic Tales para The Library of America (divididos en dos volúmenes: Poe to the Pulps y 1940s to Now, incluyendo dosis de Richard «Soy Leyenda»Matheson, a quien King considera su máxima influencia) ofrecen un buen y amplio y sólido espectro de la especie en Estados Unidos.
The New Fabulists (encargo de la revista/libro Conjunctions para su número 39, en 2003) proponía un listado de firmas consagradas que incluyen a John Crowley, M. John Harrison, Jonathan Lethem, Joe Haldeman, China Miéville, Gene Wolfe y Neil Gaiman, entre otros. Y Poe’s Children: The New Horror (2008) combinaba contraseñas para exquisitos como el turbulento Brian Evenson y el casi realista Dan Chaon con próceres escondidos como Thomas Ligotti y patriotas omnipresentes como, sí, Stephen King, quien sigue insistiendo en que «la clave de todo pasa por dedicar seis horas al día a leer y escribir» y continúa siendo el ayer y el hoy y el mañana de casas embrujadas y amenazas fantasmas.
Straub ha sido definido como «un Stephen King para seres pensantes»
Un capricho, una alegría
Allí, el melancólico pistolero Roland Deschain (Javier Bardem ha sido elegido para protagonizar una adaptación en largo trámite al cine y a la televisión con la Warner y la HBO asociadas: tres largometrajes y dos temporadas para funcionar como nexo entre los filmes) cruza dimensiones y, cerca del final, en un pliegue metaficcional, se encuentra, en 1977, con un escritor llamado Stephen King. Un Stephen King que no es exactamente el King Stephen que todos conocemos pero que, aún así, ya es deus ex machina y divinidad indisoluble de su creación. Alguien tan todopoderoso que se regala así un capricho y nos obsequia una alegría. El comprobar y probarnos que Stephen King puede ser, también, un gran personaje de ese gran creador de personajes que es Stephen King. Se lo tiene bien –muy bien– merecido.




