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Rodrigo Rato rechazó la fusión de Bankia pese a que la oferta de la caja catalana le aseguraba la titularidad de la entidad resultante al cabo de cuatro años de copresidencia con Isidro Fainé
A Rodrigo Rato eso de ir a despachar con Luis de Guindos le empieza a producir verdaderos sarpullidos. El ex ministro de Economía es de piel sensible y no termina de entender que su sucesor se le quiera subir a las barbas para meter en vereda a Bankia. Por eso cada vez que tiene que acudir a rendir cuentas hasta sus antiguos aposentos de la Plaza de Cuzco, el banquero madrileño se da una vuelta previa por Moncloa, Génova o donde quiera que pare Mariano Rajoy con la intención de obtener la oportuna dispensa del presidente del Gobierno.
El puenting de Rato está basado en ese derecho especial consuetudinario que se atribuye a los que siempre han tratado con un solo jefe, un principio que suele funcionar en política cuando el interesado goza de una empatía personal como la que ilustra la hoja de servicios del titular de Bankia. La herencia de la antigua Caja Madrid inflama el espíritu ganador del equipo directivo de la casa, una fuerza de la naturaleza financiera a la que ni el pragmatismo de su presidente puede sustraerse. Rato sabe que lo tiene crudo, pero su liderazgo le honra bajo el síndrome de ese soldado invencible que no conoce el rostro de la derrota ni siquiera admite la superioridad del adversario. De ahí que no haya levantado la voz cuando Luis de Guindos le ha chafado el banco malo que él mismo había pactado con Cristóbal Montoro y por eso también que haya rechazado la oferta promovida por La Caixa y que, a la postre, ha supuesto también un cierto respiro para Juan María Nin en sus legítimas aspiraciones de sustituir, algún día, a su buen amigo Isidro Fainé.
El presidente de la Caixa deslizó ante su colega de Bankia una propuesta de integración con un sugerente acuerdo de gobierno corporativo. La idea era que ambos trabajasen en amor y compañía durante cuatro años ocupando una presidencia conjunta. Al cabo de este periodo, el cetro y la corona pasarían a Rato, pero para entonces la propiedad mayoritaria de la entidad resultante estaría dominada por una relación de canje netamente favorable a la caja catalana, no en vano la primera caja de España.
El presidente de Bankia no quiso sacrificar la independencia de su entidad y tampoco se atrevió a preguntar si la presidencia en lontananza de la Gran Caixa sería realmente ejecutiva. Al final, y antes de que la cosa pasara a mayores, el hombre del milagro económico decidió espantar las tentaciones igual que hizo Manuel Pizarro cuando Ricardo Fornesa le propuso integrar por las buenas la vieja Endesa como paso previo a la opa catalana de Gas Natural.
Convencido de que más vale solo que mal acompañado, Rato está ahora dispuesto a defender la soltería de su ficha bancaria con verdadera pasión de célibe. Dentro del mercado español las opciones de una fusión son muy limitadas ya que de aquí en adelante cualquier integración será por absorción y el pez grande nunca aceptará ser absorbido por un pez chico. El final de la escapada tendría un desenlace mucho más feliz si Bankia pudiera conquistar allende las fronteras el corazón de algún pretendiente dispuesto a respetar la virginidad de la marca española.
La carta secreta de Rato es encontrar un príncipe azul que pueda ser elevado a la categoría de mirlo blanco a poco que la situación pase de castaño oscuro en los próximos meses. La encomienda de una alianza en aguas internacionales se antoja complicada aunque no olvidemos que dentro de la casa trabajan en calidad de administradores dos viejos lobos expertos en el proceloso océano del dinero que, como Claudio Aguirre y Alberto Ibáñez, no dudarán en lanzar sus redes en cuanto suba la marea.
He ahí la gran cuestión que atañe a Bankia y obsesiona al Gobierno porque si algo ha demostrado la crisis financiera es la incapacidad de las instituciones españolas; grandes, pequeñas o mediopensionistas, para levantar capital de inversores extranjeros. En casa del herrero, cuchillo de palo y si no que se lo pregunten a Emilio Botín y su oráculo de Boadilla, cada vez más reacio a dejarse un solo euro en las entidades intervenidas por el FROB. Quizá el Banco Santander, a la fuerza ahorcan, sea el último clavo ardiendo al que tengan que agarrarse José María Castellano y César González-Bueno antes de que el nuevo banco de las cajas gallegas sea definitivamente entregado al brazo secular del Estado.
Como ocurre con todas las reconversiones bancarias no parece factible que esta vez la gran reforma del sistema financiero español pueda culminarse sin un porrón de ayudas públicas guiadas por la manu militari del futuro gobernador del Banco de España. A Fernández Ordóñez le quedan tres meses en el cargo y Luis de Guindos ya está descontando los días. Entonces se empezará a distinguir más claramente el destino de Bankia. Es cierto que Rajoy no ha puesto fecha de caducidad al silencio administrativo que ampara a Rato, pero el ministro de Economía lo es para algo y también tiene su corazoncito.






