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Argentina, antes de YPF y de la guerra de las Malvinas

Se acaban de cumplir treinta años de la segunda guerra de las Malvinas. De la primera escribió Samuel Johnson en el siglo XVIII. Fue su «Panfleto contra la guerra» (Fórcola)

Día 02/05/2012 - 12.06h

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«Tras muchos titubeos por mi parte y no pocas vacilaciones por parte del gobierno, por fin he puesto en circulación mi panfleto en torno al asunto de las Malvinas.» Eso contaba Samuel Johnson el 20 de marzo de 1771, tras concluir un texto cuyo título original fue Sobre las recientes negociaciones en torno a las islas de Falkland. Con su legendario oportunismo, en este caso inducido por el gobierno que le retribuía con una pensión nada desdeñable pero siempre insuficiente, el «doctor Pomposo» tocaba una vez más las narices (en su caso prominentes) a casi todo el mundo.

El hecho de que se tratara de un encargo propagandístico, o que la obra apareciera con carácter anónimo, reforzó su autoría en vez de disminuirla, pues todos, amigos y enemigos, supieron al instante que se debía a su inconfundible pluma. El estilo de Johnson, quintaesencia del ingenio literario inglés, tan incisivo en sus argumentos como transparente en su forma literaria, poseía, según señaló el ilustrado español Juan Francisco Masdeu, esa cualidad que conciliaba de manera armónica la expresión con el contenido.

La excelente edición española a cargo de Daniel Attala de este texto de Johnson tiene el enorme mérito de poner en valor a un tiempo Historia y literatura. De manera harto curiosa, supone una verdadera apología historiográfica del gobierno español de Carlos III, tanto en lo que respecta a las líneas maestras de la defensa imperial en el Atlántico sur y la Patagonia, como a la contención en el uso de la fuerza que mostraron ministros y oficiales de la Real Armada.

Ante una invasión británica en toda regla (otra más), en este caso en las islas Malvinas, donde colocaron un destacamento –puerto Egmont– en 1765, el gobernador del Río de la Plata actuó en consecuencia, sin prisa pero sin pausa. No italiano como se presume, sino sevillano, el teniente general Francisco de Paula Bucareli y Ursúa sabía bien cómo se las gastaban los ingleses cuando se aposentaban en alguna parte.

Dejado de la mano de Dios

Su método de ocupación había sido patentado por la muy pulcra y londinense Royal Society, una entidad de sabios científicos, en el siglo anterior. Contaban la milonga de que un territorio que les interesaba (quién hubiera allí, daba lo mismo), estaba despoblado, inculto y desaprovechado, dejado de la mano de Dios. Por eso les correspondía quedárselo y ponerlo en explotación.

Si una real cédula de 1766 creó la gobernación de Malvinas, el gobernador Felipe Ruiz Puente se aposentó en Puerto Soledad al año siguiente. En 1769 se produjo el choque naval que precipitó la intervención armada y la recuperación de las islas, encargada al capitán de navío Juan Ignacio de Madariaga. Entonces, bien lo señala Johnson, falló como tantas veces en la Historia española del siglo XVIII la alianza dinástica francesa. De ahí que los ministros de Carlos III hicieran una gestión de crisis, consistente en la forzosa aceptación de la presencia británica sin reconocer su soberanía, en espera de una oportunidad para el desquite.

Este llegó pronto, pues en 1774 abandonaron tan insostenible emplazamiento. Seis años después fue destruido por los españoles. La Guerra de Independencia estadounidense constituiría la esperada (y trabajada) derrota británica. En realidad, la posesión de las Malvinas formaba parte de una estrategia múltiple que el virreinato del Río de la Plata, fundado en 1776, consolidó de manera definitiva. No es casual que fuera el apostadero de Montevideo, una ciudad imperial y marítima, el punto de partida de la expedición de recuperación de las Malvinas.

Gibraltar insular

También desde allí partió la comisión que tomó posesión de la Guinea española, o se dio cobertura naval a los proyectos de colonización que el marino Francisco de Viedma impulsó desde 1782 en la Patagonia y en cumplimiento de las órdenes del ministro Floridablanca. Este quería evitar a toda costa que los británicos se establecieran en el continente y controlaran el cabo de Hornos. En este sentido, logró un completo éxito y la Argentina actual tiene un Gibraltar insular, pero no uno continental, como los enemigos de Johnson hubieran querido.

En la parte final del panfleto, cuando alude a negociantes que promueven la guerra y a la carnicería que esta supone, o critica los excesos imperialistas, se adelanta a su tiempo y se convierte en nuestro contemporáneo. Por eso el «doctor Pomposo» es un clásico.

«Falkland-Malvinas. Panfleto contra la guerra»

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