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Un enigma llamado Francisco Tario

Francisco Tario ha escapado de antologías e historias de la literatura. Un autor enigmático que rehuyó la vida social y amó a los fantasmas. Atalanta recupera su obra

Día 13/04/2012 - 16.07h

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Francisco Tario es el nombre de pluma de Francisco Peláez Vega (México, 2 de diciembre de 1911-Madrid, 1977). Con motivo del centenario de su nacimiento se ha reeditado en México gran parte de su producción, y en España, en la extraordinaria (en varios sentidos) editorial Atalanta, una de sus primeras obras, la reunión de cuentos La noche (1943). A pesar de su notable valor como escritor, será casi inútil que el lector lo busque en antologías e historias de la literatura hispanoamericanas.Pasó inadvertido, salvo para unos pocos (por ejemplo, para los críticos e historiadores de la literatura José Luis Martínez y Christopher Domínguez Michael). Fue amigo y vecino de Carlos Fuentes (de quien admiraba sus primeros títulos) y de Octavio Paz, y este último escribió sobre la pintura de su hermano, Antonio Peláez; pero a Tario solo lo menciona una vez a lo largo de su obra.

¿Quién fue este escritor un poco enigmático? Hijo de un propietario de una tienda de ultramarinos (ignoro datos sobre su madre), Tario tuvo una formación autodidacta. Fue un hombre apuesto, alto, deportivo, naturista; portero en su juventud del Club Asturias (hasta 1934), un equipo de Segunda; entusiasta de la astronomía, pianista y empresario de salas cinematográficas en Acapulco. Estuvo casado con una bellísima mujer, Carmen Farell, fallecida en 1967. Fue, sobre todo, autor de cuentos, novelas y teatro. No hizo apenas vida social ni acudió a las muchas tertulias literarias de México. No estuvo cerca del poder ni se benefició de becas y otras canonjías del Estado mexicano (lo que ya es decir). Pasó muchas temporadas en Llanes (Asturias), de donde era originaria su familia y donde le hicieron un par de entrevistas, al parecer las únicas existentes, recogidas con acierto al final de La noche.

Un poco dandi

¿Algún dato más? Le gustaban los toros, pero dejó de ir después de la muerte de Manolote; amaba el mar y vestía un poco a lo dandi; se afeitó de joven la cabeza (adelantándose a la moda actual) y no tocaba los metales ni el dinero. No parecía interesarle muchos los problemas sociales y tenía una percepción algo pesimista del tiempo que le tocó vivir, aunque él hubiera rectificado esta afirmación diciendo que su visión de la vida era simplemente «alucinante y melancólica».

Creyó, como Novalis y otros románticos alemanes (o franceses, como Nerval), que los sueños constituyen una segunda naturaleza. Afirmó que los temas de su literatura eran la poesía, la muerte, el amor y la locura. Siempre se planteó lograr «que lo inverosímil resulte verosímil» con audacia y simplicidad, y a veces lo logró. Amó los fantasmas y su obra puede incardinarse dentro de esa vasta tradición que desde el siglo XVIII no ha cesado. Pensó que un hombre vulgar era alguien que jamás será fantasma.

Además del que hoy lo trae a este espacio, es autor de, entre otros libros, la novela Aquí abajo (1943), Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952) y Una violeta de más (1968). Tras su muerte se publicaron sus obras teatrales bajo el título de El caballo asesinado (1988), la novela Jardín secreto (1993) y sus Cuentos completos (2003).

Mundo desalmado

Aunque también escribió en España, algo que a veces olvidan los mexicanos, Tario escribió una obra fantástica en un México fundamentalmente inclinado al realismo. Cierto, está el gran Juan José Arreola, y Juan Rulfo firmó una historia de fantasmas que muchos pretenden detalladamente realista; pero el tono general de la literatura mexicana es ajena al mundo de Tario. Sus cuentos carecen de cualquier color local, localización geográfica o histórica. Sin embargo, su literatura pueden leerse, en parte, como una alegoría de un mundo desalmado, con personajes marcados por la imposibilidad de reconocer la realidad como otredad y con una percepción del yo delirante que proyecta sobre la realidad sus propios laberintos encadenados e insustanciales.

Además, como observamos en los cuentos de La noche, algunos de ellos extraordinarios e inquietantes, hay también una animación de los objetos, atribuyéndoles sentimentalidad y psicología, siniestras tantas veces, en la mejor tradición de la literatura gótica. Su tradición es la de Horace Walpole, cierto Edgar Allan Poe, Villiers de L’Isle-Adam, Barbey d’Aurevilly, Huysmans, Arthur Machen, Kafka y Borges. Es decir, un mundo algo ajeno a las letras de lengua española, pero no a los lectores de nuestra lengua.

Partida de ajedrez

Entre los cuentos de La noche podemos destacar «La noche de los cincuenta libros», una verdadera encarnación de la histeria en la cual la literatura misma opera como venganza, o uno de mis preferidos, «La noche de Margaret Rose». Su narrador, que es invitado en Londres a una partida de ajedrez con la bella, melancólica y enigmática dama, acaba descubriendo, cuando sospecha que su imbatible compañera de juego está muerta, que en realidad él es un fantasma, solo visible para ella. Este es uno de los temas de su obra: el mundo invisible, la presencia de la fantasmagoría, o bien: el alma de lo que creemos únicamente un objeto.

Es curioso que todos los datos biográficos de Tario apunten, desde su aspecto mismo apolíneo, a una fisicidad del mundo, a una suficiencia de las apariencias. Su amor a la naturaleza, a los deportes, a la vida sana, a la familia, incluso a los aspectos cotidianos y anecdóticos de México o de Llanes, pedirían un realismo analítico y tal vez complaciente; pero su obra es una visión del otro lado: de lo intangible, de lo sumergido, de las imágenes que nos hacen y habitan en una continua inconsistencia. Si el fantasma es un recuerdo a punto de ser olvidado, como nos sugiere Alejandro Toledo, ¿a qué corresponden nuestros recuerdos? Francisco Tario o la invisibilidad inquietante.

«La noche»

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