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Galicia / la garita de herbeira

Transparencias

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En Galicia tenemos misterios insondables como la asignación del tesoro eólico, el Gaiás o Club «Campeón»

Día 26/03/2012

UNO de los males endémicos de la España eterna es la proliferación de leyes, agravado ahora por la hipertrofia autonómica. El asunto no es nuevo. Ya Tácito consideraba la multiplicidad de las leyes como señal cierta e infalible de un mal gobierno y de un pueblo corrompido.

Ahora, el gobierno pretende instaurar una Ley de Transparencia que acaso disimule la falta de voluntad real de luchar contra el despilfarro, cuando no mera corrupción, que es consustancial a nuestra política. Ahí está el caso de la aventura sediciosa de Cataluña, donde la casta nacionalista campa a sus anchas y pretende blindarse de la influencia de la leyes y tribunales españoles, incluido el Supremo, con la aquiescencia hasta ahora del «gobierno de España» y del acomplejado partido que lo sustenta.

Que no solo no hace nada contra la subversión y sedición catalanas consintiendo una mafiosa vacatio legis en esa parte de España, sino que para mayor INRI cuando si acaso algún prócer nacionalista resulta condenado, lo indulta. En Galicia, sin llegar a tales extremos, también tenemos misterios insondables como la asignación del tesoro eólico, la ciudad del Gaiás o el famoso Club «Campeón» con políticos centrales o autonómicos, concejales, empresarios, ediles...

Pero muchos políticos españoles de todas las taifas y colores consideran que basta con la promulgación de nuevas leyes sin proveer recursos para hacerlas posibles. Y así Soraya declara que ellos sí que son muy serios y buenos mientras su esposo casualmente es colocado junto a Urdangarín y la mujer de otro prócer socialista en una lucrativa poltrona telefónica. Sin olvidar a los poco austeros Gallardón, Camps, Matas, que han dejado a sus instituciones arruinadas, con o sin corrupción.

En esa Biblia española que es El Quijote se explica la misma idea ya citada de Tácito. Cuando el caballero aconsejaba a Sancho algunas técnicas para el buen gobierno de la Ínsula Barataria, que la oligarquía española se digna prestar para su mayor solaz y mejor diversión, le explica cosas que debe hacer y otras que no.

Don Quijote alecciona al flamante nuevo gobernador contra la excesiva proliferación de leyes: «Si las hicieras procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y se cumplan, que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que si no lo fuesen, antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad de hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen».

La credibilidad institucional está en juego con la nueva Ley de transparencia. ¿Seguirá el camino de otros buenos propósitos como los de ZP? Vamos a ver qué sucede con los casos de políticos en apuros. Pero es de temer que pasada la romería sea preciso reclamar lo de siempre: más voluntad y menos leyes.

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