Padres e Hijos

Padres e Hijos / DEPRESIÓN INFANTIL

Difícil de detectar

Día 28/03/2012 - 10.52h

Aunque tiene poca prevalencia en la población escolar, sus efectos en niños yadolescentes resultan demoledores

Entre el 2 y 4% de lo niños sufre esta enfermedad

Está demostrado: Los niños se deprimen. Y los adolescentes más. A quien le pueda parecer increíble, o excesivo, no le quedará más remedio que aceptar que es una realidad que pasa por las consultas de pediatras, psicólogos y psiquiatras. Eso sí, no es habitual. De hecho, entre estos profesionales se acepta que la prevalencia de esta enfermedad es de un 2-4% en niños menores de 12 años, y de un 6-8% a partir de esa edad. Sin embargo, se trata de una patología a tomar muy en serio pues puede interrumpir el desarrollo emocional, el aprendizaje escolar y la adaptación social de niños y adolescentes, además de generarles un gran sufrimiento. Por no decir que los trastornos depresivos en los niños están asociados a otros cuadros psiquiátricos infantiles como trastornos por déficit de atención, de conducta, de aprendizaje, de alimentación, hiperactividad... En adolescentes, la depresión puede ser el origen de conductas violentas y de adicciones a las drogas y al alcohol.

Pero muchos se preguntarán ¿cómo un niño puede llegar a caer en una depresión? «Tienen que interaccionar diferentes factores», explica Montserrat Graell, médico adjunto del servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid. Desde los puramente biológicos, como una alteración en los niveles de serotonina (un neurotransmisor presente en varias regiones del sistema nervioso central relacionado con el estado de ánimo) o una predisposición genética (padres también que hayan sufrido la enfermedad), hasta el entorno escolar, social y familiar del pequeño. Incluso su propio carácter influye.

Las negligencias influyen

Puede afectar a «niños en cuyo cuidado se roza la negligencia, hasta los que tienen unos niveles de exigencia muy altos en la escuela, o niños con baja autoestima o muy perfeccionistas o pesimitas», dice Graell. En este servicio de Psiquiatría, la ansiedad y depresión es la segunda causa de consulta.

Y la crisis económica de estos tiempos no ayuda. «La crispación, el alto estrés y tensión en la familia, las peleas y discusiones rebotan en el niño. La pérdida de la capacidad económica conlleva cambios: niños que cambian de colegio, de amigos... Eso supone una pérdida que puede estar por debajo de un cuadro depresivo. Puede que haya un aumento de las consultas en psiquiatría por las dificultades que están atravesando las familias», señala Graell.

Episodios pasajeros

Pero se impone la cautela, como apunta el doctor Josep Cornellà, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Infantil. «Hay que distinguir los síntomas depresivos de la enfermedad en sí. Un niño puede estar más llorón, más triste, más irritable, comer poco o mucho, o dormir más o menos, por una regañina de los padres, por un suspenso o por la muerte de su mascota. Pero ante un hecho positivo, esos síntomas desaparecen. Sin embargo, si el niño tiene la enfermedad siente que todo a su alrededor se hunde. Y hay un síntoma de alarma muy importante: hay que observar una inflexión en el rendimiento académico».

Los cambios, por muy pequeños e insignificantes que nos parezcan a los adultos, pueden desencadenar una serie de síntomas depresivos o la enfermedad en sí.

«Lo importante es cómo lo vive el niño», dice el doctor Cornellà, que aconseja «vigilar y observar siempre el desarrollo de estos síntomas, que en el niño no siempre se presentan como en el adulto. Los niños pueden estar muy agitados, hiperactivos o, por el contrario, apáticos y tristes».

El verdadero problema es detectar cuándo nos encontramos ante un episodio pasajero o cuando al borde de una enfermedad que produce un enorme sufrimiento psicológico. «La depresión infantil es la gran desconocida, porque además es difícil de diagnosticar», señala María Dolores Domínguez, presidenta de la Asociación Española de Psiquiatría del Niño y el Adolescente. «La depresión se caracteriza por una tristeza patológica —añade— que lleva consigo una incapacidad para disfrutar, para tomar decisiones, iniciativas, faltan energías.... Esa tristeza a veces no la vemos en un primer plano en el niño.

El adulto sabe expresarlo, sabe que no tiene energías, que lleva un tiempo sin ánimo, pero al niño le cuesta mucho decir cómo se siente. Son sus padres y los profesores quienes leen su conducta. Por eso, es tan difícil de diagnosticar».

Una enfermedad curable

Ante cualquier sospecha («el niño siempre emite una señal de alarma», afirma la psicóloga Isabel Menéndez Benavente, de la Escuela de Familia de la asociación de padres Concapa), es el pediatra en contacto con el niño y su familia quien derivará, si lo considerara necesario, a los servicios de salud mental para iniciar un tratamiento psicoterapéutico, de orientación familiar y, muchas veces, con psicofármacos. «No hay que tenerles miedo —dice el doctor Josep Cornellá—. La gente debe confiar en esta medicación. Hay que tener en cuenta que una depresión es muy importante siempre, porque una complicación de esa enfermedad es el suicidio».

No dan la voz de alarma, por el contrario los expertos llaman a la calma, porque aseguran que la depresión tiene cura.

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