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Emiliano «La leyenda blanca»

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Primer español reconocido fuera, ganó cuatro Copas de Europa con el Madrid

Día 05/03/2012

En la presentación de «La historia del Real Madrid contada por ABC», le señalé a mi nieto dos figuras: «Son Sevillano y Emiliano: los dos hicieron grande al Real Madrid de baloncesto». Le hablé de aquellos partidos en el Frontón Fiesta Alegre, cuando los blancos fintaban y los rusos o checos se estampaban contra las paredes, tan próximas...

Emiliano Rodríguez nació en el pueblo leonés de San Feliz del Torío, en 1938. De chico, en Vizcaya, vio a Zarra y Gaínza y quiso jugar en aquel mítico Athletic: «Me descartaron porque no había nacido en Bilbao. Era casi un niño, fue una decepción muy grande».

Pasó a jugar al baloncesto, con los Salesianos y en el Águilas. Kucharski se lo llevó al Aismalibar. Fue luego al Madrid, de 1960 a 1973, con entrenadores como Pedro Ferrándiz y Díaz Miguel.

El Madrid de baloncesto vivió entonces una época de oro, con un equipo titular: el base Sainz, los aleros Emiliano y Sevillano, los anotadores Luyk y Brabender.

Emiliano ganó doce Ligas, nueve Copas, cuatro Copas de Europa: la primera, aprovechando la ausencia de los rusos, en Fiesta Alegre. En sus 175 partidos con la selección nacional, marcó 2.834 puntos. También formó parte de la selección europea en seis ocasiones, fue declarado mejor jugador de Europa en 1963 y 1969: un palmarés único. A imitación de don Alfredo Di Stéfano, le llamaron «La saeta del baloncesto».

Jugaba de alero, con el número 10; medía 1'87. En los años sesenta, el baloncesto español intentaba asaltar el trono ruso: «Tratabas de ganarles con picardía y velocidad. Ellos se imponían por su poderío físico». En los primeros viajes a Rusia, los jugadores soviéticos querían cambiar las camisetas por rublos; los polos, por discos de música clásica. Luego, los españoles descubrieron el caviar, y los rusos, los dólares. Matías Prats finalizó una transmisión vitoreando a España y a Franco, ante el susto de don Santiago Bernabéu...

Vivió la famosa anécdota de la autocanasta. En 1962, en los cuartos de final de la Copa de Europa, jugaba el Madrid el primero de los dos partidos contra el Ignis, en Varese, en una cancha pequeña , muy ruidosa. A falta de dos segundos, consiguió empatar, pero estaba diezmado por las lesiones, los jugadores eliminados y las personales (Emiliano tenía cuatro). Ferrándiz pidió tiempo muerto. Al concluir, sacó el Madrid: ante el asombro de todos, Alocén marcó... en su propia canasta. No dio tiempo a más: perdimos 82-80, pero se evitó una prórroga que podía haber sido desastrosa. (El astuto Ferrándiz comentó después: «No se les podía entregar la pelota porque... ¿y si fallaban?»). En el partido de vuelta, el Madrid remontó fácilmente la eliminatoria. Y la Federación Internacional prohibió lo que hasta ese momento había sido legal...

Emiliano era alto, no muy corpulento. (En comparación con los «armarios» actuales, casi un alfeñique). Tenía brazos y dedos largos, una poderosa zancada, fácil regate, un gran tiro en suspensión, mucha astucia para estar en el sitio justo y coger rebotes. Con velocidad, sin esfuerzo, llegaba a la canasta para dejar bandejas a ras del aro. Volaba con la facilidad y armonía de un bailarín de ballet. Y era ejemplo de caballerosidad, en la cancha.

Su amigo Nino Buscató, otra leyenda, define su juego: «Cuando extendía los brazos, parecía alargarse indefinidamente. Hacía rectificaciones en el aire como nadie que yo haya visto. Siempre se esperaban de él los treinta puntos que tenía de promedio.Unía de manera natural la efectividad y la elegancia».

Recuerda Emiliano sus tiempos de jugador: «Era un baloncesto más romántico, con menos recursos técnicos y físicos, pero al que nos entregábamos en cuerpo y alma. Todos los de mi generación tenemos carrera: yo, ingeniero técnico. No era el dinero de ahora. Ni mucho menos pensaba yo que llegaría a lograr las cosas que he conseguido. Me siento muy feliz».

Ya retirado, trabajó en su profesión. Hizo una incursión en la política: fue teniente de alcalde en Pozuelo, portavoz de UCD en la Diputación madrileña.

Es ahora Presidente de Honor de la Asociación de exjugadores de baloncesto del Real Madrid. Para él, el Madrid ha sido «el mejor club del siglo XX». Y quiere que siga siéndolo, en el XXI. Ha declarado, hace poco: «No somos inferiores al Barcelona en talento»: ese talento —y ese amor al Madrid— que Emiliano siempre ha tenido.

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