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«Deprisa, sigue a esas ratas»

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Día 04/03/2012

En la mina, la madera es seguridad. Por eso se utiliza con tanta frecuencia en su construcción. Los expertos saben que en caso de peligro —un movimiento de tierra, el grisú, la amenaza de deflagración, por poner algunos ejemplos—, el interior de la galería suele ser mortal. Pero la madera, con su crujido, pone en alerta a los trabajadores. Su ruido es especial y una bendición para los mineros porque les avisa del peligro, lo que les permite ganar un tiempo crucial para salir al exterior.

La piedra es más traicionera. Por eso, las minas que solo llevan piedra, sin una protección de madera, elevan el riesgo. La roca, aseguran los ingenieros de Minas, tiene un crujido prácticamente imperceptible para el oído humano. No lo nota. Las ratas sí. Por eso, cuando los mineros veían a los roedores salir corriendo en bandadas, sabían perfectamente que acechaba algún peligro. Había que seguirlas, tomar el mismo camino que ellas cuanto antes si se quería salvar el pellejo.

Algo muy similar pasa con el grisú (mezcla de gas metano y aire que provoca una deflagración). Antaño, cuando no existían medios fiables de detección del grisú, los operarios que trabajaban en las minas utilizaban pequeñas mascotas para descubrir cualquier escape de ese gas por pequeño e inapreciable que fuera. Bastaba con vigilar su comportamiento para percatarse del peligro. No fallaba.

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