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Docenas de turistas aprovechan el día de primavera anticipado, nada tampoco extraño por estas calendas en los Madriles, para pasear por uno de los rincones más hermosos de la capital, el Palacio Real, la Plaza de Oriente, la Plaza de la Armería, la calle Mayor, la Plaza de Ramales (donde estuviera la iglesia de San Juan donde fue enterrado Velázquez, como a la sazón lo eran en tal sitio toda la servidumbre de Palacio), recovecos hermosos de la capital de España y de la que fuera capital de aquel Imperio donde no se ponía el sol.
A los turistas se les cuenta que el Palacio Real es el más grande de Europa, y se les avisa de que fue construido a partir de 1738, cuatro años después de que un pavoroso incendio arrasara el antiguo Alcázar de los Austrias, y antes fortaleza de los primeros reyes cristianos que pasaban temporadas en la Villa y Corte, y antes punto más alto de la medina árabe, metro más allá, metro más acá.
Aquel Alcázar era un gigantesco almacén de nuestra memoria colectiva, y aunque el primer Borbón, Felipe V, no le tenía mucha simpatía (de hecho, la noche del incendio estaba en La Granja, con su esposa, Isabel de Farnesio) no podía albergar aquel Real Sitio más tesoros en su seno.
El Alcázar albergaba muchas obras de Velázquez, Tiziano, Rubens...
Era la Nochebuena de 1734 y cuentan las crónicas que en las estancias del pintor Jean Ranc (al que Felipe V le había encargado la limpieza de cara del Alcázar) saltó la chispa.
Pronto, los cercanos monjes de San Gil tocaron a rebato avisando del incendio... Pero para llegar a las cámaras donde estaban los tesoros había que atravesar numerosas estancias cerradas con llave a cal y canto... Solo el Cerrajero Real podía despejar el paso a través de aquellas cancelas...
Jugándose la vida
Se le hizo llamar (la Cerrajería Real estaba en el llamado Altillo de Palacio, casi en frente de la plaza de la Armería) y jugándose la vida en muchos casos dio vía libre a monjes y ciudadanos que se habían enzarzado en dsegiual pelea con las llamas...
Uno de esos artesanos de la cerrajería (yerno del maestro José de Flores, Cerrajero Real) era Francisco Barranco, quien es, precisamente el protagonista principal de «El cerrajero del rey», primera novela de la historiadora María José Rubio.
Un libro con una trama apasionante sobre unos años (entre 1700 y 1759) no suficiente y verazmente conocidos, cuando España empezó a vivir la renovación borbónica.
En esta aventura acompañan a Barranco por las malas o por las peores, las reinas (suegra y yernas enfrentadas, calro) Isabel de Farnesio y Bárbara de Braganza, esposas respectivamente de Felipe V y Fernando VI, mujeres de armas tomar como la condesa de Valdeparaíso (hembra cultísima que desconocía al parecer la frontera entre la libertad y el libertinaje), artistas como el castrato Farinelli (el cantante que era el único de calmar con su canto al misántropo Felipe), Churriguera, Sabatini, los gremios de artesanos de aquellos Madriles y hasta los Goyeneche, familia de origen navarro, probablemente los primeros empresarios de España en el sentido que hoy lo entendemos.
Baste una última pista. Cuando el Rey viajaba, varias jornadas antes partía el Cerrajero Real para que ninguna puerta fallase, y las cerraduras reales eran cambiadas cada vez que se producía un cambio de monarca.




