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El pasado 22 de diciembre a Juan José R. y a Ana G. no les tocó la lotería, pero su día fue tan feliz y milagroso como si hubiesen ganado el primer premio. Una posible ataque cardíaco casi se lleva a Juan José mientras conducía su coche por la autopista A-2, a la altura de Sant Andreu de la Barca (Barcelona). La astucia de Juan José al decidir pararse en el arcén por un mareo que fue a más y el instinto de José Luis, el héroe de esta historia, evitaron la desgracia.
Juan José, de 72 años, y su mujer Ana, de 66, iban de camino a ver a su nieto. Traían malas noticias: venían del ambulatorio de El Prat, donde a él le habían diagnosticado un quiste en el hígado. Los dos iban preocupados. Al poco de entrar en la autopista, él se sintió mareado y comenzó a sudar. Previsor, decidió pararse un momento en el arcén. La cosa fue a peor: los sudores aumentaron, Juan José apenas podía respirar y perdió el sentido. Los camiones y el resto de coches pitaban al esquivar el vehículo de Juan José, pero ninguno se paraba. Ana se puso nerviosa y llamó a todos sus hijos, pero ninguno lo cogió. «No sabía qué hacer. Salía y entraba del coche esperando que alguien parase», cuenta a ABC. Decidió contactar con la grúa. Ni siquiera puso la señal de advertencia. Este detalle motivó al guardia civil José Luis Castiñeira a detenerse.
En esos momentos, José Luis se dirigía, junto a un compañero, a la comandancia de la Guardia Civil en Sant Andreu de la Barca a recoger un coche oficial. Venía del aeropuerto de El Prat, donde trabaja en mantenimiento de vehículos oficiales. Cuando vio el coche de Juan José y Ana, pidió a su compañero que controlase el tráfico y se acercó a ver qué ocurría. Estaba acostumbrado a este tipo de situaciones: desde el 2002 al 2008, año en el que se trasladó a Barcelona por motivos personales, trabajó para la Agrupación de Tráfico en Galicia.
Cuando llegó al lado del conductor se encontró a Juan José con los ojos cerrados, respirando con mucha fuerza, sin responder a las llamadas de su mujer. En esos momentos, ella estaba hablando con la grúa. José Luis le dijo a Ana que no pidiera la grúa y sugirió que, si ella le autorizaba, él podía conducir el coche hasta el centro de salud más cercano, que se encontraba precisamente a unos 7 kilómetros, en Sant Andreu. Entre los dos movieron a Juan José al asiento del copiloto, y José Luis se puso al volante.
Escoltados por el compañero de José Luis, llegaron al ambulatorio, donde atendieron a Juan José al instante. Los dos agentes fueron a cumplir su trabajo. Después de recoger el coche oficial, José Luis seguía preocupado y quiso volver para saber cómo se encontraban ambos. Juan José ya había recuperado el conocimiento. «Me agarró la mano con mucha fuerza mientras me repetía lo agradecido que estaba», cuenta José Luis, emocionado. Se intercambiaron los números, y esa noche José Luis llamó a la casa del matrimonio para preguntar cómo estaban.
Una lotería diferente
Desde entonces, se ha forjado una bonita amistad entre los tres. Se ven a menudo, al menos una vez a la semana, y se llaman con relativa frecuencia. José Luis ha ido en varias ocasiones a casa de Juan José y Ana. Un día, el matrimonio paseaba cuando vieron un coche de la Guardia Civil frente a una cafetería, y se acercaron a ver si estaba el guardia que les salvó la vida.
Efectivamente, era él. «Me abrazaron muy emocionados mientras me llamaban su ángel de la guarda», confiesa José Luis. Los dos pidieron la dirección de la comandancia de El Prat e insistieron en mandar una felicitación por escrito a sus superiores. Precisamente en el puesto de trabajo de José Luis, sus compañeros le llaman cariñosamente «el héroe». A José Luis le hace gracia.
Ninguno de los tres imaginó nunca cómo acabaría ese 22 de diciembre. «Para mí, me ha tocado el Gordo», dice José Luis, satisfecho.





