TV / presentadora de telecinco

Ana Rosa Quintana: «Mis domingos son la familia, la huerta y la mesa»

Día 26/02/2012 - 07.43h
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Madre de familia, hortelana y cocinera. Eso dice que es Ana Rosa Quintana los domingos, cuando se dedica a «proteger mi entorno y mi mundo» de los embates del estrellato televisivo

Aunque ella insiste en que está muy lejos de considerarse una estrella: «No lo soy dentro de casa ni fuera». Califica su proyección mediática de mera «circunstancia» de la que sus hijos mellizos de siete años, Juan y Jaime, no son ni conscientes. Asegura que de no ser por los enanos, ni aparato de televisión tendría en la casa de campo en la Vera extremeña a la que se retira muchos fines de semana. Y en la que no hay teléfono ni Internet.

Allí se levanta a las nueve de la mañana en lugar de a las cinco y media, como los días de diario suele. No sería ella si no empezara saltando sobre los periódicos mientras desayuna «absolutamente de todo, tostadas con aceite, jamoncito, huevos revueltos, café…» A veces estira tanto el desayuno que se le pega con el almuerzo, en la tradición anglosajona del brunch. Aunque tampoco siempre, pues eso limita las opciones de lucimiento culinario.

«Yo hago unas croquetas estupendas y en verano es mítica mi ensaladilla», se enorgullece, «pero ahora mismo estoy con los platos de cuchara, como el cocido madrileño». Le tira lo tradicional pero también lo experimental, por ejemplo versionando platos y sabores que la intrigan en los restaurantes, y que después trata de reproducir en su cocina, a ser posible a solas -«no me gusta que entre nadie cuando estoy cocinando, es un momento de gran intimidad y relajación»- y paladeando una copita de vino.

Que su amor por «comer y dar de comer» no es una pose improvisada lo acreditan infinidad de pequeños detalles. Tales como la huerta de plantitas aromáticas que cultiva en la Vera, donde también tiene su limonero y unos olivos con los que, atención, produce un aceite de oliva ecológico de uso exclusivamente familiar. Por ahora no se le ha ocurrido comercializarlo. Forma parte de ese dulce búnker que ella mantiene a salvo. Fuera de la vorágine, Ana Rosa no puede ser más de su casa.

Los grandes hitos de su ocio son «jugar a la oca y al parchís con los niños, ir con ellos al cine, estar todos juntos, disfrutar; yo es que soy muy disfrutona, todo me hace muchísima ilusión, salir a dar un paseo, plantar un árbol». Observándola se nota que es una mujer muy de equipo, casi tribal. Sus colaboradores en el programa se desviven por ella de un modo que no se explica, o no solo, por la profesionalidad. Más bien parece que Ana Rosa tenga la capacidad de relacionarse con ellos como con una familia bis.

En el envés de tanta empatía se agazapa una necesidad de intimidad que a veces la empuja a encerrarse una hora a solas. ¿Tiene en casa una habitación propia, como aconsejaba Virginia Woolf? «Qué va, yo me encierro en mi cuarto, en el mismo en que duermo, y ya está», se ríe. Le basta con estar tumbada una hora leyendo, algo que también necesita hacer cada noche al acostarse. «Yo si no leo un poco no me puedo dormir, si me voy de viaje y no me llevo un libro, me empiezo a poner nerviosa», confiesa. Ahora mismo está a punto de hincarle el diente a «Libertad», de Jonathan Franzen.

En resumen, y aunque ande siempre agotada y solo pueda ir a yoga, con lo que le encanta, un día a la semana, Ana Rosa se las arregla bastante bien para conciliar vida laboral y familiar. Cree que tiene mucha suerte con su marido, el ingeniero Juan Muñoz, «que no es que me ayude, es que está al pie del cañón como yo» y no deja de ser consciente de ser una privilegiada: «Las verdaderas heroínas son las mujeres que trabajan diez horas al día y no tienen con qué pagar una guardería o a alguien que cuide de sus hijos». Ojo al dato y a la realidad.

¿Cambiaría Ana Rosa Quintana algo de su vida? Se lo piensa y dice que, como todo el mundo, a veces se arrepiente de cosas, pero al fin «todo forma parte de ti, de todo se aprende, y si no hubieras cometido unos errores, habrías cometido otros». Le comentamos que da la impresión de ser una persona muy feliz, pero también de haber trabajado mucho para serlo. Despliega su radiante sonrisa, esa que es como un póquer de ases, y concluye: «¡Es que aquí nadie te regala nada!»

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