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Los nuevos tiempos en el Calderón han invertido la tendencia. El Atlético ya no sufre cuando el viento sopla a su favor. Se ha clausurado la tradicional cita con la calamidad y el equipo rojiblanco franquea obstáculos sin agobios. La ventaja del Olímpico (1-3) se convirtió en una noche de normalidad y victoria. Simeone dio minutos a los suplentes y el desenlace no le proporcionó argumentos para la preocupación. El Atlético jugó bien otra vez y en los octavos de final de la Liga Europa se medirá al Besiktas.
Simeone ha creado el molde y el resultado de la receta varía por los ingredientes, que no por las manos que deconstruyen el plato. Tiene el Atlético una idea común y ayer ante Lazio representó la obra sin sus estrellas, con muchos reservas sobre el campo y con experimentos de todo tipo.
Sin Diego lesionado, sin Falcao en conserva y sin Tiago o Arda Turan a la espera de mejora, el Atlético apenas desentonó respecto a la partitura que viene representando desde hace semanas. Empleó otros registros para deshilachar a un Lazio en plena tormenta interna, con su entrenador dimitido en su último servicio.
Participó Salvio al sprint, adelantó unos metros Juanfran su ubicación, se desplazó Domínguez hacia el lateral izquierdo y fabricó juego Assunçao desde la posición nuclear. No le faltó de nada al Atlético, salvo esa electricidad inherente a la emoción del resultado. El 1-3 de la ida y la actitud insípida del Lazio anularon unos cuantos circuitos.
Echó más en falta a Falcao que a nadie. El colombiano desempeña más funciones de las que aparenta por su elocuencia en el campo: no es solo saltar y rematar cochinillos llovidos del cielo. Se desmarca, fija a los defensas, genera huecos y provoca una inquietud superlativa en sus rivales. Cualquier balón que circunde el área es punto de abastecimiento para el suramericano.
La nueva personalidad del Atlético le sirvió para desterrar las típicas espantadas de otros tiempos. El Lazio apenas se aproximó al ecosistema de Courtois en la primera parte y la grada no vivió ese desasosiego tan característico del equipo cuando todo lo tiene de cara. A nadie le hubiera extrañado un gol del Lazio nada más saltar al campo para establecer la zozobra en el estadio durante noventa minutos. Defendió bien la tropa del Cholo y el partido se volcó hacia el ex madridista Bizarri. Salvio, dos veces —una al poste—, Adrián y Juanfran tuvieron el gol en el borceguí.
El Lazio no enseñó por ningún lado su perfil italiano, ese que instaura el espíritu de supervivencia en cualquier equipo de aquella nacionalidad. Ni por asomo se adivinó una posibilidad de remontada. El Atlético no se la concedió y el grupo de Reja tampoco la buscó. La tranquilidad total llegó a las tribunas a la vuelta del descanso. Gabi lanzó un córner como mandan los cánones y Godín cabeceó fulminante. Un gran gol que desterró cualquier desazón, siempre de ronda en el Manzanares.
El Atlético gestionó la eliminatoria con una propiedad desconocida. El gol no le obligaba a más y el Lazio tampoco le exigió florituras en el repertorio. Simeone dosificó las energías de su gente con el 4-1 a favor y el equipo perdió unos gramos de intensidad. Salieron Falcao, Arda Turan y el portugués Silvio para refrescar a sus compañeros. Fueron ya los minutos de la basura. El Lazio no supo qué hacer con el partido y el Atlético ya miraba con catalejo al Barcelona.







