Cultura / LIBROS DE VINO Y ROSAS

«Dickens enamorado. Un ensayo biográfico»

Día 22/02/2012 - 11.00h

Amelia Pérez de Villar. Editado por Fórcola, consta de 181 páginas

ABC
Charles Dickens, por Frith (1859)

Para festejar el mes de los enamorados por excelencia, nada mejor que embaucarse y enfrascarse en la excelsa lectura de «Dickens enamorado» (Fórcola ediciones), un libro y un ensayo biográfico que estudia y detalla la serie de cartas de amor de juventud, pasión y ruptura del mago literario inglés. La correspondencia llega gracias a los excelentes desvelos literarios el editor Javier Jiménez, que puso las cartas en manos de la mejor estudiosa dickensiana posible, Amelia Pérez de Villar.

Charles Dickens, como David Copperfield, tuvo su Dora. Se llamaba Maria Beadnell. Era una Dora subida en un pedestal; él se esforzó por alcanzarla como si fuera lo único que le importara en el mundo. Pero ni él lo consiguió ni ella murió feliz. Y así en la verdad como en la ficción, en la vida como en la tierra, la historia proporcionó al idólatra unos días insustanciales de felicidad y locura, y a su idolatrada una espinita en el corazón.

El acceso de Charles Dickens al universo Beadnell lo retrata magistralmente Amelia Pérez de Villar en esta imprescindible joya por la que brindamos hoy con vino y rosas, «Dickens enamorado» (Fórcola ediciones). Nos situamos en el año 1830, cuando el barbilampiño escritor trabajaba como corresponsal del Parlamento y empezaba a ver los frutos de su esfuerzo en lo profesional. Los Beadnell simbolizaban la estabilidad social y familiar a las que él aspiraba y, en un momento de su vida en el que comenzaba a establecerse como periodista, su carácter, apasionado y previsor al cincuenta por ciento, le impulsó a buscar –tal vez de manera aún inconsciente– una compañera de travesía.

Dickens se enamoró perdidamente de Maria Beadnell en mayo de 1830. Fue un amor a primera vista con apenas dieciocho años, que duró hasta mayo de 1833, cuando Maria le rompió el corazón definitivamente a Dickens.

Se conservan dos series de misivas entre Dickens y Maria; una pertenece a la segunda parte del idilio; los padres de Maria Beadnell no querían que el romance prosperase y la enviaron a una escuela de París desde otoño de 1831 hasta principios de 1833. Pero Dickens no la olvidó, y en marzo de 1833 comienza la historia de «Dickens enamorado», paradójicamente, de ruptura, cartas estudiadas, detalladas, mimadas pulso a pulso, suspiro a suspiro por Amelia Pérez de Villar.

Se conservan 5 cartas de Dickens a Maria y una a su amiga, Mary Ann Leigh, que según parece «se metió por medio»: coqueteó con Dickens, tal vez esperando que Maria le rechazara definitivamente, y sembró algo de cizaña. Una de las cartas a Maria es una nota donde pide permiso para poner a esta amiga los puntos sobre las íes. La segunda serie comienza con una carta que Maria, ya casada y de apellido Winter, envió a Dickens a modo de saludo. Se escribieron veintidós años después, en 1855, entre febrero y junio: Dickens tenía ya 43 años y nueve hijos. Hay otras 6 cartas, alguna de ellas dirigida al matrimonio Winter, no sólo a María.

Las flechas de amor de Dickens eran más sinceras que las de Maria; él estaba más enamorado de ella que ella de él. Cuantos hablan de Beadnell la definen como una mujer simplona, tanto de joven como en la madurez, que le gustó jugar con los sentimientos de Dickens, porque así podía reafirmar su autoestima. En un momento dado se cansó, o entendió que sus padres tenían razón: no era un pretendiente adecuado para ella. Amelia Pérez de Villar cuenta que al encontrarse con un Dickens dos años menor, sin un empleo estable y aficionado al teatro y a la vida social... no peleó por su amor. Acató las órdenes de sus progenitores y le dejó marchar.

«Hace algunos años (justo antes de David Copperfield) comencé a escribir mi biografía con la pretensión de que alguien encontrara el manuscrito entre mis papeles cuando el tema de su objeto llegase a término. Pero a medida que me acercaba a esa parte de mi vida [la historia de Dickens y Maria] me faltó valor y prendí fuego a lo que quedaba». Ese fuego iluminó los alrededores la casa de Dickens en Gad’s Hill Place, en Kent, un 3 de septiembre de 1860.

Gracias a las cartas que Charles Dickens intercambió con Maria, y que se publican en «Dickens enamorado», se ha podido revelar que los amores de Copperfield y Dora son, en realidad, los de Dickens y la menor de las Beadnell: ahí fue donde el escritor plasmó sus sentimientos y donde cuenta los detalles de su enamoramiento, y ahí también donde recreó al objeto de su admiración en la joven Dora, con todas las características que, a sus ojos, adornaban a Maria.

Amelia Pérez de Villar realiza un magistral retrato de un joven romántico que, en el umbral de la mayoría de edad, accede casi de súbito al mundo al que siempre sintió que pertenecía, y en el que se afanó por entrar contra viento y marea: sin abolengo, sin una formación académica rigurosa y con una experiencia vital ingente y variopinta, inusitada para un chico de su edad, que gozaba además de una sensibilidad extraordinaria y una gran capacidad de observación y plasmación de lo observado.

Sostiene Amelia Pérez de Villar que el idilio con María Beadnell ha sido el gran ninguneado en las biografías de Dickens. Se estima que, de no haber sido Dickens rechazado, el maestro no hubiera sacado en aquel momento los arrestos necesarios para lanzarse a la conquista del mundo, que se hubiera aburguesado y no estaría hoy entre los más grandes.

Dickens murió de un derrame cerebral el 9 de junio de 1870, jueves, a las seis de la mañana. Una semana antes, el 2 de junio, había estado en Wellington Street trabajando, comió con Dolby, amigo inseparable desde 1866, se reunió con sus hijas para asistir a una obra de teatro, regresó a Wellington Street y su hijo le encontró allí, enfrascado en la redacción de Drood, a la mañana siguiente. Por la tarde regresó a Gad’s Hill. Pasó los días trabajando, paseando y escribiendo cartas... Dickens murió una clara mañana del mes de junio, de las que le gustaban a él. Reposa en el Rincón de los Poetas de la catedral de Westminster.

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