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A Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), creador de intrincadas ficciones y especialista en desdoblarse en mil y un personajes, los 65 años le han recibido en pleno proceso contemplativo, mirándose a sí mismo y reflexionando sobre su pasado en un intento por indagar lo que ha supuesto vivir encerrado en su cuerpo.
O, dicho de otro modo, tratando de averiguar qué diablos ha supuesto vivir siendo Paul Auster. “Hacer este libro me ha permitido comprender que hay un empate entre las cosas buenas y malas”, ha asegurado el escritor estadounidense durante la concurridísima presentación de “Diario de invierno” (Anagrama), colección de recuerdos en la que que el creador estadounidense, expuesto y sin careta, se adentra en el invierno de su vida con un puñado de recuerdos y otras tantas experiencias.
«El lector se puede identificar y descubrir conmigo el misterio de estar vivo»
Aún así y más allá de ese nexo común con el resto de la humanidad, “Diario de invierno”, como ya ocurriera antes con “La invención de la soledad” y “A salto de mata”, añade un nuevo punto cardinal, quizá el más valioso, a la cartografía austeriana. Y es que gracias a este libro sabemos que el escritor estadounidense no ha vuelto a coger un coche desde que tuvo un aparatoso accidente de tráfico en Brooklyn, tenemos una lista detallada de sus dolencias y de todos los lugares en los que ha vivido en estos 65 años, le vemos deambulando por París en busca de compañía femenina y nos adentramos en la intensa relación que tenía con su madre.
«Sigo pensando que no ir a Turquía es una forma de protestar por sus políticas»
Auster ha aprovechado su paso por Barcelona para abundar también en la polémica que protagonizó hace unos días con el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, después de que el autor de “La trilogía de Nueva York” airease su negativa a viajar a Turquía mientras existan tantos periodistas e intelectuales presos en el país. “Todos los países del mundo tienen problemas, y todos trabajamos duro para mejorar nuestras sociedades, y una de las maneras es dejar que la gente se exprese libremente. Sigo pensando que no ir es una forma de protestar por sus políticas”, ha defendido el autor.



