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La nueva hornada de 22 cardenales recibió ayer un regalo especial: una homilía perfecta en la que Benedicto XVI trazó el perfil del purpurado ideal y les explicó el modo positivo de evangelizar: «Vuestra tarea es testimoniar la alegría del amor de Cristo». Era la continuación del discurso del cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, a todos los cardenales el pasado viernes: el mensaje cristiano es «buena noticia» y debe ser presentado con una sonrisa amable, sobre todo en las sociedades post-cristianas.
Impresionaba ver al nuevo cardenal español, Santos Abril, acompañando al Santo Padre en el gran altar de la Confesión, que se levanta sobre la tumba del pescador de Galilea en una línea vertical que continúa con el baldaquino de Bernini y la magnífica cúpula de Miguel Ángel, visible desde toda la ciudad.
El Papa honró a los nuevos cardenales y a los purpurados de todo el mundo que asistían a la ceremonia con una homilía de fina orfebrería, elaborada de su puño y letra de la primera a la última palabra. Dirigiéndose a los purpurados y a toda la Curia, el Santo Padre recordó que «la Iglesia no vive para sí misma, no es un punto de llegada, sino que debe reenviar hacia lo alto, por encima de nosotros. Debe mostrar al Otro, con mayúscula». Es decir, debe mirar a Dios en lugar de mirarse el ombligo, complaciéndose en su propia estructura.
El cardenalato no es un puesto de «poder y gloria» sino un puesto de servicio a todos, en sintonía con el sucesor de Pedro, cuyo magisterio se celebraba ayer en la fiesta de la Cátedra de San Pedro, anticipada a este domingo pues el 22 de febrero es el miércoles de Ceniza.
Simbolismo
El Papa lo explicó mediante el simbolismo del majestuoso grupo escultórico levantado por Bernini en el ábside de la basílica. Como estudioso del arte y de la historia, Benedicto XVI comentó que «la gran cátedra de bronce contiene una silla de madera del siglo XI, que fue considerada mucho tiempo la cátedra del apóstol Pedro, y por eso se coloco ahí».
La cátedra, de donde viene la palabra «catedral» para referirse al templo donde enseña el obispo, no es el trono del prelado sino el trono de la verdad que, en el grupo escultórico de Bernini sostienen Juan Crisóstomo, Atanasio, Ambrosio y Agustín.




