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Galicia / entre brumas

De maltratos

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Pudiera pensarse que en la Galicia postmoderna, la crónica agria y negra del maltrato debería haber pasado a la historia hace mucho tiempo

Día 20/02/2012

CUANDO uno lee cosas como «Un hombre trata de suicidarse en La Coruña tras agredir a su mujer», lo primero que puede pensar es que, ya que se produce a la tremenda, bien podría el sujeto invertir los términos y optar por quitarse la vida sin marear a sus semejantes; nunca es así, la épica machista precisa de víctima y dominación. Tratar de poseer la independencia, la libertad de los demás es mal asunto, hacerlo sobre las mujeres que han decidido, vaya usted a saber porqué, compartir su vida con un maltratador es una canallada imperdonable.

Pudiera pensarse que en la Galicia postmoderna, la crónica agria y negra del maltrato debería haber pasado a la historia hace mucho tiempo, lejos de ser así, el fenómeno resulta recurrente, ensombreciendo el café y el diario mañanero del común. No hay más que interesarse por el asunto para descubrir cifras realmente preocupantes, tres mujeres brutalmente asesinadas a manos de sus parejas en el pasado 2011, 61 en el conjunto de España, más de 1300 órdenes de protección dictadas en Galicia en el mismo período, 4.490 consultas al teléfono autonómico de atención a la mujer… ¿A qué seguir?

Presumimos de poseer a las generaciones mejor educadas de nuestra historia y todavía no hemos aprendido lo más esencial. Vivimos rodeados de seres atávicos, elementales, incapaces de contener los aluviones de frustración que arrastran, individuos mostrencos y malencarados de los que las mujeres deberían prescindir más pronto que tarde. Esto implica libertad e independencia económica, no hay otro camino, todo ello conjugado con una educación que merezca tal nombre. Elementos difíciles de obtener en todo tiempo y más en medio de una crisis sin horizonte como la que se nos obliga a vivir.

Y aún, todavía, hay algo más, denostamos el dolor físico, la crueldad, el asesinato de personas desamparadas. Pero hay otra forma de indefensión, la perversa dominación psicológica ejercida a menudo sobre sus parejas por los sujetos de este perfil, que usan mil argucias para esclavizar a quien ha tenido la gentileza de querer compartir su vida con ellos. Puede ser el poder económico, puede ser una dialéctica agresiva y humillante, a menudo todo a la vez. El caso es que obtienen resultados, vivir bajo el acoso permanente, convierte a las víctimas en harapos humanos, juguetes rotos que, si consiguen un buen día salir de ello casi no pueden explicarse a sí mismas la alienación personal a la que se hallaban sometidas.

Esto lo explica muy bien el viejo Paul Auster en Brooklyn Follies, un pasaje de palabras ya eternas, que lo aclara todo: lo que ocurre cuando crees que el otro es mejor que tu: «—Todo ha sido culpa mía —empezó—. Hace tiempo que lo veía venir, pero estaba demasiado débil para hacer frente a la situación, demasiado nerviosa para defenderme. Eso es lo que pasa cuando crees que el otro es mejor que tú. Dejas de pensar por ti misma, y cuando te quieres enterar ya no eres dueña de tu vida. Ni siquiera te das cuenta, tío Nat, pero entonces ya estás jodida. Verdaderamente jodida…».

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