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El barcelonismo asume con resignación que el Real Madrid tiene la sartén por el mango y que sólo una debacle histórica puede impedir que Mourinho ponga fin a tres temporadas de hegemonía azulgrana en la Liga. El tropiezo en Pamplona mina la moral de la afición, aunque Puyol sacó ayer a relucir los galones en un intento de levantar el ánimo con un discurso de manual: «Si una cosa tiene este equipo es que nunca baja los brazos». El capitán dejó abierta la esperanza al asegurar que «la Liga no está perdida», pero advirtió que «hay que ser realistas». No le falta razón al defensa internacional porque en la la historia del campeonato nadie ha remontado una desventaja de diez puntos con el líder.
La derrota ante el Osasuna ha colocado ahora a Guardiola en una encrucijada que el técnico y el vestuario parecen tener muy clara. Aunque Puyol no tiró la Liga —«seguiremos luchando»—, la hoja de ruta diseñada para esta temporada cambia ahora el orden de las prioridades. Sin renunciar al «milagro», defender el título en la competición continental y levantar la Copa del Rey que el pasado año le arrebató el Madrid, aparecen como objetivos.
El Barcelona era consciente de que caer ante Osasuna suponía decir prácticamente adiós a la Liga y la tensión pudo con Mascherano. Víctima de la impotencia, vio la segunda amarilla por protestar después de que el árbitro hubiera pitido el final. Guardiola había dejado minutos antes una de las imágenes del partido al acercarse a un monitor de televisión tras un gol anulado a Alexis. Después de ver la repetición de la acción, se dirigió al linier y le realizó un comentario al oído.
El Barça viaja hoy a Leverkusen con 22 jugadores, incluido el lesionado Busquets, para afrontar mañana el partido de ida de los octavos de final de la Liga de Campeones.







