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«Quiero formar el peor coro del mundo»

Makiko Kitago (Osaka, 1972) transmite paz con su voz. Es soprano y también profesora de canto. En sus clases, reconoce ella misma, no hay lugar para la vergüenza ni las malas voces. Porque «todos tenemos derecho a cantar, aunque sea mal»

Día 13/02/2012

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ENTREVISTA

Makiko Kitago

Soprano y profesora de canto

—Desde hace años compagina su trabajo como soprano con la docencia, aunque de un modo un tanto particular. ¿Cómo funcionan sus terapias?

—Bueno, en realidad no planteo mis clases como terapias, porque lo que intento es que la gente se atreva a cantar. Terapia son palabras mayores. Yo enseño a que, para cantar, no hay que estar dotado con ningún don, ni tienes que ser alguien especial. Es un derecho que todos tenemos, ¿quién nos lo prohíbe?

—Su filosofía de vida se basa en compartir sus conocimientos con los demás…

—Sí. En el caso del canto lírico, al que me dedico desde hace más de veinte años, siempre he notado cierto elitismo.

Es un mundo muy cerrado en el que parece que sólo se puede entrar si tienes una voz privilegiada, pero yo creo que un cantante tiene que tener los pies en el suelo y compartir con los demás lo que sabe.

—¿Cuál es el perfil de sus alumnos?

—Uf (risas), pues tremendamente variado. Trabajo con gente desde los 20 a los 80 años. Lo único que por el momento evito es trabajar con niños porque en esos casos no sé si el deseo de cantar proviene de los pequeños o de sus padres. No sé de quién parte la decisión. Por eso digo que no y me quedo con los niños que son mayores de edad (risas).

—Entres sus alumnos hay personas que quieren aprender a cantar pero también otras que buscan mejorar su dicción…

—Sí, algunos quieren aprender a cantar porque de niños les dijeron que tenían mala voz, los echaron del coro y desde entonces se han reprimido. Otros vienen a mejorar su manera de hablar. Por eso doy clases individuales, porque cada voz es un mundo. Una profesora que yo tenían en Japón siempre me decía: «Hablar es como cantar, pero sin música. Habla como si cantaras y canta como si hablaras, de lo contrario, nunca cantarás ni hablarás».

—¿Qué es lo primero que hace cuando recibe a una persona con problemas a la hora de comunicarse?

—Lo primero es hablar lento y sentir lo que se quiere decir. La emotividad es primordial porque la voz está para expresar emociones. También es importante la respiración. Resulta básico concienciarse de lo que uno siente cuando habla y hay que buscar la causa del problema, saber de dónde viene, porque a veces es solo cuestión de corregir un vicio. La gente que se traba suele respirar mal y quiere decir más que el tiempo que la respiración le permite. La voz es un chivato: expresa y comunica lo que queremos pero también nos expresa a nosotros, cómo estamos, cómo sentimos, cómo pensamos…

—En la actualidad vive entre Madrid y Santiago, pero su objetivo es trasladarse a Galicia…

—A Galicia vengo cada dos semanas, pero tengo muchas ganas de quedarme aquí definitivamente. Con Galicia siento una morriña especial porque creo que es un lugar que se parece mucho a Japón. El paisaje y sentir de la gente es el mismo. Además, me asombra que la gente esté tan abierta a técnicas tan nuevas como las que yo pongo en práctica. Cantamos rodando en el suelo y practicamos técnicas que no se hacen en ningún otro lugar. Dicen que los gallegos son reservados pero yo no lo veo.

Puede ir saludando por la ciudad y la gente se abre a crear vínculos. En Madrid la persona desaparecer y todo es una masa de gente. Yo creo que la convivencia de tantos años con el Camino abrió la mente.

—¿No se plantea regresar a su país natal?

—No. Llevo en España desde 1996 y no pienso en volver. Japón era bonito pero ahora la sociedad ha cambiado. Todos se comportan como robots, todo el mundo piensa lo mismo, todo está muy manejado. Desde que nací me encontré incómoda allí. Que no pueda decir «no» porque soy mujer es algo que no entiendo. Además, es un país tan obediente… siempre quise irme. Aquí se vive; en Japón se sobrevive. Lo sacrifican todo por el país, pos sus empresas, incluso a la familia.

—Pero no pierde sus raíces. Uno de sus proyectos más inmediatos es montar una coral japonesa en el espacio cultural en el que trabaja…

—Las clases las doy en la librería Aenea de Santiago y allí estamos montando una coral japonesa, que queremos dar a conocer a la gente. La idea es que sus miembros se atrevan a cantar, pero en japonés. Eso les ayudará a mejorar su técnica y a perder sus miedos. No pedimos que las personas que se apunten sepan cantar, eso se desarrolla con la práctica y si el resultado va a ser el peor coro del mundo en japonés, ¿por qué no?

—También ofrece seminarios dirigidos en exclusiva a maestros…

—Tenemos un seminario vocal para maestros de infantil y primaria. Son gente que viene en un porcentaje muy alto porque su trabajo es muy duro; siempre tienen que ejercer de autoridad y eso se nota en la voz. Lo importante es concienciarlos de que la voz es su herramienta primordial y solo tienen una. Además, la voz repercute en los niños. Los niños se paran más en la sonoridad que en el contenido de lo que dices. Es como amamantar con la palabras.

Makiko Kitago colabora con el centro compostelano Aenea con distintos talleres centrados en la voz y en su cuidado. Durante 10 años fue miembro titular del coro del Teatro Real. En la actualidad se dedica con entusiasmo a la docencia y a la labor terapéutica. Más información en la web www.aenea.es o en el teléfono 981 572 567.

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