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Cataluña / PUNTO DE FUGA

¿Qué es ser conservador?

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Día 12/02/2012 - 13.41h

Montañas, centenares y centenares de muy sesudos tratados se publicaron en el difunto siglo XX sobre cómo tendría que producirse la transición del capitalismo al socialismo. Pero nadie pensó en escribir uno solo que indicase el camino de vuelta, a la postre el único que hubiera resultado útil. De forma análoga, aquí se han despilfarrado litros y litros de tinta a propósito de si resulta compatible decirse de izquierdas y comulgar con el micro-nacionalismo. Tedioso debate bizantino con el que gusta entretener los ratos de ocio la crema de la intelectualidad doméstica de varios lustros a esta parte. Sin embargo, tampoco a nadie se le ha ocurrido plantear la cuestión contraria. Esto es, la nada impertinente pregunta de si el nacionalismo identitario —valga el pleonasmo— resulta compatible con la filosofía política conservadora.

Y es que, de pensamiento, palabra, y obra, nuestros presuntos conservadores locales no pierden ocasión de certificar lo inviable de tal matrimonio. Verbigracia, la consejera Rigau, de Educación. Una señora que, en la mejor tradición antisistema, ansía adoctrinar a los escolares en el desprecio a los más altos tribunales del Reino. Así, postula Rigau que la nueva asignatura de Educación Cívica y Constitucional se convierta en un programa de adiestramiento para pequeños militantes contra el orden democrático español. Platón, el pionero de todos los doctrinarios que en el mundo han sido, propuso eliminar a los púberes mayores de diez años al objeto de edificar luego la sociedad ideal. Acaso un poco menos ambiciosa, Rigau parece conformase con proceder a lavarles el cerebro una vez alcanzada esa edad. Un afán, ése suyo, que concuerda con el obsesivo maximalismo que tiene por norma la derecha local y localista.

A cuenta del asunto que nos ocupa, escribiría Oakeshott, el genuino padre putativo del conservadurismo contemporáneo: «Ser conservador es preferir […] lo efectivo a lo posible, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto». O sea, el «peix al cove» tan denostado, ¡ay!, por nuestros «conservadores».

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