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ANÁLISIS
Esta crisis está dando carta de naturaleza en el debate público a términos y acepciones hasta ahora proscritos por la corrección política y el temor, de quienes deberían esgrimirlos sin miedo, a convertirse en el pimpampum de todos los demás. El término «copago» ya ha descendido al terreno de las propuestas y recientemente le ha tocado el turno a una nueva concepción del voluntariado.
Sin duda, en una primera mirada, estas propuestas levantan sorpresa, irritación o ansiedad, pero hay muchas otras maneras de verlas. El voluntariado puede convertirse en un «copago en especie» a cambio del cual, quienes lo prestasen, podrían recibir contrapartidas como, por ejemplo, evitar el copago en metálico propiamente dicho u otro tipo de ventajas. Mirando al voluntariado como un copago en especie, o como una instancia de coproducción de bienes públicos por parte de los beneficiarios de aquellos, más allá de su asociación con la idea más compleja y controvertida del copago en metálico, ¿podríamos seguir considerando esta concepción del voluntariado meritoria en sí misma?
Veamos algunos supuestos más. En una pequeña ciudad de un país nórdico, países que tantos españoles dicen admirar, un jubilado de 70 años realiza tareas auxiliares en un centro de acogida municipal para inmigrantes tres tardes a la semana. A cambio, recibe «créditos de servicio» que le permiten viajar con rebaja en el tranvía municipal o acceder en condiciones privilegiadas a otros servicios públicos. En una ciudad cercana, una trabajadora desempleada dedica tres mañanas a la semana a cuidar niños en una guardería pública de su barrio, a la que sus dos hijos pequeños asisten todos los días, viéndose compensada con una rebaja de las cuotas mensuales que venía pagando.
Los voluntarios, debidamente encuadrados, pueden ser prestadores de servicios sencillamente fabulosos, contribuyendo a crear valor social, tangible, muy sencillo de distribuir entre la comunidad de interesados, especialmente con el concurso de las actuales tecnologías de la información.
Desgraciadamente, el sustrato social español, todavía poco «civil», poco «comunitario», enrarecido además por la frustración y el dolor que la crisis está causando en la ciudadanía y con amplio margen de mejora en materia de representatividad, parece que no está en las mejores condiciones para hacer fructificar en nuevas direcciones las semillas que caen de vez en cuando en él, a veces arrojadas por manos inexpertas o antes de tiempo. Sin embargo, la ya relevante tradición de voluntariado que se practica en nuestro país, bajo formas convencionales, tiene la oportunidad de ampliar sus campos si evoluciona hacia estos nuevos horizontes.
El potencial de los voluntarios organizados como coproductores de servicios comunitarios es inmenso. Sólo necesita, para materializarse, líderes inteligentes capaces de escuchar las propuestas o, simplemente, ver lo que millones de personas serían capaces de, y desearían, hacer si se les facilitase un marco estimulante. El «modelo de negocio» de esta modalidad productiva no es difícil de diseñar y poner en marcha, pero sus formas están ya expresándose de la mano de innovadores sociales, nuevos líderes comunitarios y nuevos empresarios.
La temida expulsión de los trabajadores regulares o funcionarios de sus nichos de actividad por parte de voluntarios, como si muchos de esos nichos fuesen viables en condiciones de mercado, es un mito que las organizaciones del siglo pasado, se empeñan en alimentar, insensibles al cambio de los tiempos. Estas organizaciones operan, por lo general, sobre una base bien intencionada, pero, casi siempre, cegadas por una lectura errónea de las tendencias de fondo que se mueven bajo sus mismos pies.
¿Cuántos problemas de conciliación, atención a personas con discapacidad o enfermas, gestión de recursos colectivos, promoción de valor comunitario, cohesión social y sostenibilidad podrían resolverse si fuésemos más inteligentes e imaginativos (dos cualidades que no siempre van de la mano) en la motivación y recompensa de un voluntariado masivo y bien encuadrado, apoyado decididamente desde el mundo empresarial? Los beneficios de un avance decisivo en esta dirección serían innumerables. Pero, a lo mejor, eso es para sociedades más sofisticadas. Al fin y al cabo, la nuestra sólo es la que corresponde a la decimotercera economía mundial.
Francisco Abad Jiménez, Tom Burns Marañón, José Antonio Herce San Miguel, Manuel Pimentel Siles, Rafael Puyol Antolín, Pedro Rivero Torre y Francisco Salinas Ramos. Miembros del Grupo de Reflexión y Propuestas de la Fundación Empresa y Sociedad (www.empresaysociedad.org)






