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El BNG salió dividido de su último congreso y el PSOE no tiene mirlo blanco que borre el pasado
EL BNG salió dividido, quizás escindido, de su último congreso. No hubo debates de fondo ni búsqueda de explicaciones de la decadencia electoral. Solo importó la elección de las tendencias organizadas a quienes confiar el poder. Ganó la UPG, la rama fundadora, la guardiana de las esencias. Un partido comunista muy especial; más táctico que estratégico, concesivo con las minorías en tanto que se mantengan como minoritarias, sin análisis propio de modelo económico para Galicia en la era de la globalización, carente de visión del cambio social en las sociedades actuales y enquistado en el dualismo de los enemigos culpables de todos los males: la crisis financiera yanki y el PP. A falta de nuevas ideas, la defensa monolítica del gallego, la reivindicación de lo público y la demonización del PP, continúan como los únicos asideros programáticos del espectro nacionalista. Todo lo demás es etéreo, coyuntural y muy simple. Escaso bagaje para recuperar la credibilidad como fuerza de gobierno.
El PSOE hará congreso en Galicia el próximo marzo. El precedente nacional ha sido más de lo mismo ya conocido, elección del mal menor y alternativas de matiz a la acción económica del gobierno. Quedan a la espera del derrumbe del PP, a que se agrave y la hecatombe les dé alguna oportunidad. En Galicia se refuerza su líder, el conductor de las últimas derrotas electorales, el dirigente contestado por todos —unos en público, otros en privado— y cualquier candidato alternativo tendrá que sopesar el riesgo de quemarse a la primera de cambio. Porque el problema del PSOE radica en la memoria ciudadana de su desastrosa gestión, tanto durante el Bipartito como en el Gobierno de España. No hay mirlo blanco que borre el pasado.
Al PP se le puede criticar, y se debe hacerlo, pero hay que reconocer que actúa y gobierna. En España ha propuesto tres cambios de calado en dos meses y en Galicia nunca se ha detenido la política de austeridad pública y cambio institucional para facilitar las reformas estructurales necesarias. La última, esta misma semana, con el Plan Acuícola. Esto lo convierte en la única formación metida en la historia concreta, la que atiende a los desafíos de los nuevos tiempos.
El crecimiento económico y la prosperidad no son logros automáticos ni supuestos de partida. Siempre requiere de innovación y cambios activos y creativos. No de retrocesos dirigistas, despilfarros públicos y pelotazos privados, nihilismo en los valores y vuelta a modelos superados por el tiempo y el fracaso. Y eso ha sido lo que tuvimos estos últimos años con la experiencia del binomio izquierda más nacionalismo: una regresión generalizada a la picaresca, al derroche con deuda, juegos de poder entre los nuevos señores de la democracia, y manos muertas laicas que montaron chiringuitos masivos. El pasado ya no volverá, sus destrozos lo han enterrado. Por debajo del desánimo, del profundo malestar de la gente, hoy subyace la convicción de que no superaremos los desafíos de este momento crucial sin grandes respuestas. Los ciudadanos lo saben; ven que el resto del mundo se mueve y para que no quedemos perdidos en un rincón, debemos abordar lo nuevo y lo extraordinario. Las instituciones públicas han de acompañarlos.




