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En un vídeo de quince minutos, el líder somalí Ahmed Godani jura lealtad a Al-Zawahiri
Nuevos galones para el conflicto de Somalia. El líder de la red terrorista Al Qaida, Ayman al-Zawahiri, anunció ayer la adhesión a su «cruzada yihadista» de la milicia somalí Al Shabab. En un vídeo de casi quince minutos de duración, Al-Zawahiri reconoció que el objetivo del acuerdo es «apoyar al bloque yihadista que se enfrenta a la campaña cruzada y sionista en Kabul, Bagdad y Mogadiscio». Por su parte, el líder de los rebeldes africanos, Ahmed Godane, juró lealtad a Al-Zawahiri «con el libro de Dios y la “sharia” de su profeta».
Dislexia poética al margen, el interés real de esta unión parece claro: lamer heridas comunes. Como asegura a ABC el ex ministro de Seguridad somalí, Abdisalam Xaji Adan, el anuncio por parte de los rebeldes de Al Shabab tan solo es «un grito desesperado» ante sus últimas derrotas. Para Adan, la reciente campaña bélica iniciada por el Ejército keniano en territorio somalí ha hecho especial daño a las fuerzas rebeldes, quienes «venderán su alma al diablo si es necesario para sobrevivir».
Disensiones internas
Salida a la desesperada o no, en los últimos meses, el grupo islamista parecía haber entrado en su rubicón particular. Primero, tras la muerte el pasado mes de junio de Fazul Abdullah, presunto líder de Al Qaida en Somalia, y sobre todo, ante el debate interno abierto en las filas de la milicia sobre la idoneidad o no de continuar el bloqueo hacia la ayuda humanitaria. No en vano, durante los meses más cruentos de la hambruna, varios de sus generales entablaron negociaciones —desoyendo al propio líder Godane— con organizaciones internacionales para permitir la llegada de suministros de urgencia a los afectados por la crisis. «Al Shabab no es un solo grupo homogéneo, sino muchos. Algunos más extremistas que otros», destaca el ex ministro.
Las cifras le otorgan razón. En la actualidad, el núcleo ideológico de la facción islamista tan solo está conformado por cerca de 500 combatientes (cerca de un 20%, de origen extranjero), el resto (poco más de 10.000 milicianos) simplemente son rebeldes desencantados con el actual funcionamiento del Gobierno de Transición Federal. Eso sí, en esta bicefalia, las luchas de poder se suceden. A mediados del pasado año, Naciones Unidas filtró un informe que acusaba al Gobierno de Eritrea de financiar en la sombra al grupo somalí. En el documento, realizado por un el Grupo de Supervisión de la ONU, se inculpaba directamente a altos funcionarios de su embajada en Kenia de realizar pagos mensuales a la organización por valor de 80.000 dólares, así como de la planificación de un atentado durante la cumbre de la Unión Africana celebrada en Etiopía en 2011.
«Ya en 2008, un buen número de miembros de Al Shabab se encontraba bajo la protección de Eritrea. De igual modo, algunos de los rebeldes detenidos reconocen haber sido entrenados en su territorio en el manejo de explosivos y la realización de atentados suicidas. La mano negra existe», corrobora Adan. Y armas, a buen seguro, no faltarán en su empuñadura. Según un reciente informe del Stockholm International Peace Research Institute, la compra de armamento por parte de grupos paramilitares y rebeldes se ha disparado en Somalia —se calcula que Al Shabab genera cada año entre 70 y 100 millones de dólares solo en impuestos ilegales—.








